Julià Guillamon escribía el pasado jueves en las páginas de Cultura una columna sobre la pérdida de vigencia de los valores que hasta hace poco han dominado las relaciones familiares y sentimentales. El crítico sostiene que todo se ha transformado en "un puro formulismo" y añade que "existe el riesgo de que de un día para otro la convención pierda sentido y deje a la vista lo innombrable". Detrás, como siempre, nos espera "el vacío". Un cuento de Quim Monzó, con el día de Navidad como telón de fondo, le servía para ilustrar esta tesis sobre los espacios festivos como territorios de fractura blanda. Allí donde simulación y fingimiento son capaces de edificar una second life nada virtual. Tan habitual que ya no la reconocemos como artificio, hasta que algo la pone en crisis momentánea. Hasta que se produce - propongo- un desconcertante error de racord,como en algunas películas de dudosa calidad.
Quizás sólo la Nochevieja pueda escapar a estos riesgos, precisamente porque, para muchos, se sitúa lejos de la esfera familiar, allí donde funciona sólo la elección, no el parentesco. La noche de Fin de Año es una carrera libre que muchos ven como una ruptura sana, necesaria, terapéutica después de la obligada travesía en esa gran balsa que es la mesa doméstica de los ágapes navideños. También hay formulismos a la hora de cruzar el umbral simbólico que separa un año de otro, por supuesto. El seguimiento de las campanadas de medianoche a través de la tele, por ejemplo, se ha convertido en un ritual tan previsible como sofisticado, en el que la experiencia real y la vicarial se funden en un momento de comunión mediática: somos una audiencia tragando uvas. No sólo en las casas, también en los locales de fiesta se conecta con una u otra cadena para que los asistentes se sientan dentro del gran círculo. La familia ya no son unos pocos, es todo el país que se acerca a la retransmisión para inaugurar un tiempo nuevo, conducido por el presentador y la presentadora de turno.
Con todo, y a pesar de las bragas rojas y otras horteradas, la Nochevieja acaba siendo una venganza más o menos encubierta. Con San Silvestre en el papel de cómplice, nos vengamos del día de Navidad, del celofán que ahoga y del peso de la sangre. Así ponemos el marcador a cero después de asomarnos a esa foto familiar que nunca ha sido como alguien dijo que era. Fiesta de amigotes y de apuestas, de viajes y de fronteras que se cruzan, la del 31 de diciembre es una representación que, en lugar de rellenar el vacío, lo afronta de cara y sin miedo. Éste es el oculto atractivo de las uvas, que nos invitan a mirar el precipicio como si la caída no fuera con nosotros. Como si el tiempo fuera algo que sólo vence a los demás.

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