Salvados los osos, cada vez más abundantes, ahora lo que urge es un plan contra la extinción de los asturianos. Los urogallos lo tienen crudo en Asturias, pero peor lo tenemos los humanos, que vamos desapareciendo poco a poco, como demuestran año a año los deprimentes datos demográficos.
Asturias lleva muchos años con la natalidad más baja de España y la mortalidad más alta, sin que el problema preocupe lo más mínimo a su clase dirigente y a su misma población, cada vez más escasa y envejecida. Es objetivamente el problema más grave que afronta la sociedad asturiana, pero en los debates políticos, en los análisis científicos, en los medios de comunicación y en la misma calle, las preocupaciones parecen otras. El paro, las infraestructuras, la industria o las rentas son aquí más importantes que la misma existencia. Estamos tan alienados, como decían los marxistas, por el dinero y el consumismo, que en Asturias nos olvidamos de vivir, como en aquella canción cursi de Julio Iglesias.
El materialismo histórico de Marx ya tiene muy pocos seguidores, pero este otro materialismo grosero que padecemos sí que ha triunfado y hecho estragos en las masas. El otro día, con el premio de la lotería, la euforia inundaba un centro comercial de Oviedo, donde muchas jóvenes dependientas de tiendas habían resultado agraciadas. La mayoría consiguieron premios insuficientes para abandonar sus trabajos, de salarios tan bajos, que no las convierten siquiera en mileuristas. Pero la felicidad era tan desbordante como la expectativa de los vendedores de coches, tan agraciados como ellas. Verse con un volante nuevo era la primera ilusión de las premiadas, en muchos casos la única que podrán hacer realidad con el dinero que cobrarán.
Como el dinero y el consumo que permite son el centro de las vidas de la gente, todo se mide en euros y hasta los hijos son una inversión. Y desde luego jamás una prioridad, por delante del coche, del piso y hasta de las vacaciones. José Antonio Marina lo expresa con toda crudeza:
-Con demasiada frecuencia consideramos que un embarazo es el «efecto colateral» de un buen rato, y un recién nacido un problema.
Pero el mundo ya no está en manos de los filósofos, como el humanista José Antonio Marina, sino de los economistas, que son los grandes gurús de la modernidad y el poscapitalismo.
En Asturias no hay ningún problema económico ni lo ha habido en las últimas generaciones, aunque se desplomaron todos los sectores tradicionales a la vez. Uno de cada cuatro asturianos tiene más de una vivienda, los parados conducen su coche y los atascos de la opulencia ya son habituales casi a diario en carreteras y centros comerciales. Los peor parados son los mileuristas explotados con enormes jornadas y escasos salarios, los universitarios condenados a la emigración y los desempleados de larga duración, pero el estado del bienestar les garantiza gozarlo también a todos ellos. Pero en general se vive tan bien que sigue totalmente vigente aquel genial diagnóstico de Jerónimo Granda, que le espetó al entonces presidente Pedro de Silva esta respuesta, a una pregunta sobre la situación de Asturias:
-Ta todo mal, pero ta todo lleno.
Sin embargo, el diagnóstico oficial, el del pensamiento único economicista, insiste en todo lo contrario, con la aburrida cantinela del IPC, la renta per cápita, el I más D más I o el PIB.
El problema de Asturias es cultural, no económico. Es el hombre (y la mujer, pero no la cito para ahorrar palabras, que para eso sí que tiene sentido la economía) el que explica los números y no los números los que explican al hombre. Si en Asturias no se genera riqueza, ni aparecen ideas ni emprendedores, ni hay la actividad que en otros lugares, no es porque falte capacidad, sino autoestima y confianza en nosotros mismos. El asturiano es un excelente empresario en la emigración porque fuera de su tierra no encuentra el recelo y el ambiente hostil que aquí nos convierte en verdaderos enemigos de nosotros mismos. ¿ Es nuestra geografía con nuestros valles angostos lo que provoca la exaltación del localismo y la imposibilidad de encontrar metas comunes? ¿O es simplemente complejo de inferioridad?
De estas frustraciones viene nuestro ancestral pesimismo, esa enfermedad paralizante, sobre todo para la economía.
Pero no hay razones importantes para ese pesimismo, ni siquiera con la demografía desastrosa, que no quieren ver ni atajar los gobernantes, que en la Junta General acaban de rechazar de nuevo las sensatas propuestas fiscales de la oposición a favor de los nacimientos, en vigor en casi toda España. Tanto hacer cuentas y les falta la más elemental: la falta de partos ya es un problema económico que amenaza a las jubilaciones y a la financiación autonómica.
Desapareceremos los asturianos, pero Asturias será poblada por extranjeros y nacionales que aprovecharán nuestros recursos y nuestro paraíso natural, donde salvamos a los animales pero perdemos a los humanos. Ya empiezan a llegar los norteamericanos ricos; esos sí que triunfan en economía, porque de confianza propia andan tan sobrados como de armamento y de espíritu invasor. Aquí, pacíficamente, ocupando las tierras que dejan los últimos aborígenes, han comenzado la colonización en Los Oscos. Santa Eulalia tenía hace 50 años 3.000 vecinos y ahora no llegan a 1.000. El alcalde Marcos Niño, que tiene un nombre paradójico para un concejo donde apenas hay nacimientos, está entusiasmado con un proyecto de una empresa de Estados Unidos que repoblará el concejo, rehabilitando las casas abandonadas, con 1.200 residentes en diez años.
En este periódico, con mucho ingenio, ya llaman al proyecto The Oscos. El primer concejo de The Asturias.

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