«En lo que me queda de vida sólo deseo una cosa: poder matar a Sadam Husein con mis propias manos». Quien pronunciaba estas duras palabras, sentado bajo el porche de su modesta casa, era un hombre mayor y fatigado, con casi 70 años, que vivía en un recóndito pueblo próximo a la frontera de Irán con el sonoro nombre de Rawanduz. Según comentaba durante la entrevista, se había arruinado sobornando policías y funcionarios para saber dónde estaba su hijo, Abdulá Heder, que tenía 22 años cuando un día de mayo de 1988 se lo llevaron detenido junto a varias decenas de jóvenes más. En total, se había gastado 18.000 dinares, cuando el dinar iraquí se cambiaba a dos y tres dólares. Era toda su fortuna pero no había conseguido nada. Su hijo, como otros 12 jóvenes de Rawanduz, jamás regresó a casa.
Eso no quiere decir que el padre de Abdulá Heder estuviera a favor de la pena de muerte. Simplemente exteriorizaba, de forma totalmente consciente, el instinto de venganza contra quien «le había chupado la sangre» al arrebatarle lo que más quería en este mundo. El caso de Abdulá Heder y de los demás desaparecidos de Rawanduz no solamente no es excepcional, sino que ha sido la norma y, sólo en esta región del norte de Irak, habría que multiplicarlo por miles de familias, en cuyo seno se reproducen los mismos sentimientos primarios de revancha. Todo ello, sin tener en cuenta el efecto de los bombardeos químicos sobre casi el 10% de la población del Kurdistán.
Mahmud, un estudiante de Suleimaniya, me decía ayer mismo que, aún reconociendo que en Oriente Próximo la pena capital tiene una aceptación social mayor que en Europa, muchos kurdos, sobre todo jóvenes, están en contra de la pena de muerte, aunque, al mismo tiempo, me aseguraba que no encontraría a nadie que condenara la ejecución de Sadam. Para él se trata de una excepción, como puden ser las de Hítler, Mussolini o Pol Pot. Lo mismo se podría decir de la mayoritaria comunidad chií, incluso entre de los sectores más radicalmente antinorteamericanos, como los que siguen al clérigo Muqtada al Sader.
Por esta razón, Mahmud se aventuraba a pronosticar que, en lo fundamental, la ejecución de Sadam no va a cambiar el panorama iraquí. Solamente profundizará el abismo abierto primero entre árabes y kurdos, y después, dentro de los árabes, entre suníes y chiíes. En su opinión, durante unos días se intensificarán los esfuerzos, mediante sangrientos atentados, para desencadenar abiertamente la guerra civil. Después, la situación quedará tal y como estaba antes del ahorcamiento.
Para Salahatín, igualmente kurdo pero de la región de Kirkuk, la muerte de Sadam tiene una parte positiva y otra negativa. La positiva es que al ser ahorcado por una matanza colectiva de ciudadanos árabes, los kurdos evitan convertirse en el centro de la ira del mundo árabe y musulmán.
La negativa, como piensan la inmensa mayoría de los kurdos, es que los mayores crímenes cometidos por Sadam, en los que han perdido la vida cerca de 200.000 miembros de esta etnia -la Campaña Anfal, el bombardeo de Halabja o la desaparición de miles de Failis y Barzanis-, han quedado en muy segundo plano, constatando de nuevo la hegemonía política de la comunidad chií.
Se trata de una frustración que ya ha levantado protestas entre los kurdos contra sus dirigentes, que ocupan altos cargos en el Gobierno iraquí, por no haber previsto la culminación, primero, de los demás procesos. De estar en sus manos, dice Salahatín, habría terminado los otros juicios y después lo habría condenado a cadena perpetua. Coincide con Mahmud en que pocas cosas van a cambiar, salvo la intensificación de la resistencia dentro de la comunidad suní, aunque, en este sentido, hay que tener en cuenta que ya con el proceso judicial en su fase conclusiva, una veintena de tribus de la provincia Anbar, liderados por el sheikh Abdul Sitar, que tiene su base de acción en Ramadi, han ofrecido a los norteamericanos sus milicias para poner fin a la actividad de los grupos armados.
Manuel Martorell es periodista especializado en el Kurdistán.
© Mundinteractivos, S.A.

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