EL RUNRÚN

Una vez más, el año se nos ha colado por la puerta trasera con la sensación de no haber agotado su caudal de infinitas posibilidades ni de haber descifrado sus zonas oscuras. Apenas ha habido tiempo para disecar los mejores recuerdos como trofeos de caza, o para congelar las penas en cubiteras de colores. Tal vez se hayan escapado viejos propósitos que nos hicimos doce meses atrás, quién sabe: regresar a Praga, tener un hijo, cambiar de trabajo, adelgazar tres kilos. Otro año será. Las expectativas siguen siendo magníficos puntos suspensivos, minúsculas esferas que representan la aventura de la incertidumbre. Claro que se van acortando, pero incluso tras jubilar un puñado de sueños se produce una chispa sobrenatural propia de la especie superviviente, que se inventa una nueva zanahoria al final de camino y enfila sus pasos con el fin de alcanzarla. Las ilusiones cambian de nombre tras lidiar con las trampas del destino, pero como dicen los gallegos acerca de las meigas, haberlas haylas.

La civilización siempre se ha defendido de la nostalgia con rituales festivos. En los momentos importantes imita el esplendor de las estrellas, la música de los ángeles y la embriaguez de los amantes, aun a costa de montar un simulacro. Sus espectáculos colectivos, como reunirse ante una mesa y atragantarse con doce uvas, resultan una suerte de coraza para acompañarse. El fuego y la jarana, los petardos y los acordeones, las cometas y los globos al aire. El lenguaje de la celebración está cosido de ritos que conmueven por su ingenua poesía. Soplar velas, cortar tartas o alzar las copas, regalar puros o llevar lencería roja para festejar el paso del tiempo, el reino de los vivos. Incluso aquellos que se sitúan muy lejos del cotillón y del espantasuegras me han confesado que sienten pasar de cerca la caricia invisible de la emoción cada vez que estrenan año.

Me reconozco entre los que no formamos parte de esa comunión con la catarsis universal que, cuando suena la última campanada, se abraza como si se hubiera declarado un armisticio. Pero lejos de oponernos, nos dejamos mecer por la fiesta de la fecha; sumamos los años en una construcción de olvidos y revelaciones, los mismos que van escribiendo la historia. El 2006 para algunos habrá sido el año de su boda, en que vistieron su amor de blanco y chaqué, o la luminosa fecha del nacimiento de su hijo, mientras que otros no acabarán de creerse que han enterrado a una persona querida. Las historias personales siempre se esculpirán con más profundidad que la crónica del mundo en el que vivimos y su paso por encima nuestro. "Los hombres se parecen más a su época que a sus padres", sintentizó Guy Debord para definir el sentimiento contemporáneo de una sociedad que parece querer olvidar el pasado sin creer en el futuro. Al fin y al cabo, mientras el poder lucha consigo mismo, nosotros nos cepillamos los dientes en el lavabo de casa.

Miro las últimas listas de los libros de no ficción más vendidos este año. En el Reino Unido y Estados Unidos no falta un libro de cocina entre los best sellers, Coock with Jamie y Bareffot contessa at home, respectivamente. En Francia, tan chic, Diccionaire amoureux du vin,de Bernard Pivot. En Catalunya, Els secrets de la felicitat,de Sebastià Serrano, y, entre el top ten, La cuina de l´Isma.Y en España, número uno El alma está en el cerebro,de Eduard Punset, pero no faltan las 1.080 recetas de cocina de Simone Ortega en el ranking; sí, 1.080. Me admira nuestra bipolaridad: los laberintos de la mente y el micuit de pato. Feliz año.