El presidente del grupo municipal del PP ha querido despedir el año con una bomba de relojería. Pide, como pudieron leer los lectores en la edición de ayer del Vivir, que la ordenanza de civismo de Barcelona ponga cortapisas legales a la utilización de la burka en la calle. Alberto Fernández Díaz al hablar de la burka - esa especie de máscara de tela con una rendija a la altura de los ojos que lucen algunas mujeres musulmanas- conecta con una parte de la población barcelonesa, aquella que manifiesta abiertamente su preocupación por la escalada de los usos y costumbres de ciudadanos de otras razas y religiones que puedan atentar contra los derechos individuales y también con quienes piensan lo mismo pero jamás se atreverán a admitirlo en público. El dirigente del PP ha tenido la valentía de plantear un tema que generará debate, pero en la contundencia de su propuesta lleva adherida la etiqueta de la desmesura. Creo que muchos barceloneses pueden estar de acuerdo en que ver a una mujer con la burka provoca un retortijón en el estómago. Uno puede pensar que quizás lo luce de forma voluntaria, pero ¿y si lo hace obligada por su marido? Intentar poner barreras a algo tan delicado como las costumbres de cada pueblo se antoja complicado. La estructura democrática de nuestro país debe conseguir que quien desee ir con la cara tapada por la calle pueda hacerlo en libertad del mismo modo que quien se sienta obligado a lucir esa prenda por cuestiones morales, religiosas o por temor a las represalias pueda soltarse del yugo de una tradición que, sin ánimo de ofender, me parece vejatoria con la condición humana. Creo que la burka no debe permitírsele a una niña musulmana en una escuela donde a los alumnos se les debe inculcar valores de igualdad de hombres y mujeres. Muchas generaciones han luchado para que hoy ambos sexos puedan mirarse de igual a igual, algo que hasta hace pocos años no ocurría. Basta en fijarse en detalles como, por ejemplo, que una mujer necesitara para mil yuna gestiones la firma de su marido. En cambio, veo difícil una prohibición justa en la calle. ¿Perseguiremos la burka, pero permitiremos que alguien circule con un gorro y una bufanda calada hasta los ojos? ¿Lanzaremos alguna advertencia a los que cubren su rostro con una gran pelambrera de dudosa higiene? ¿Nos parecerá bien que haya en el siglo XXI monjas cuyas normas les impidan comunicarse con el mundo exterior?