El fin de un dictador
En mis tres largas décadas de trabajo de corresponsal he asistido a las honras fúnebres del rais egipcio Gamal Abdel Naser, de su sucesor Anuar el Sadat, del rey Husein de Jordania, del presidente sirio Hafez el Asad y de Yasir Arafat, que dirigió la precaria Autoridad Nacional Palestina. Fueron poderosos estadistas que marcaron la historia contemporánea poscolonial de sus pueblos. El ex presidente iraquí Sadam Husein ha sido el primer gobernante ajusticiado por un tribunal de su país, bajo dominación extranjera, en esta región del Oriente Medio. Su entierro humillante, su entierro de vencido de la historia, será conmovedor para millones de árabes.
Este hombre nacido en 1937 en la pobre aldea de Aewja, cerca de Tikrit, patria del legendario Saladino, conquistador de Jerusalén, quien, con Nabucodonosor, el que expulsó a los judíos de Babilonia, constituyó uno de sus heroicos mitos; este hombre que, sin duda, empujó a Iraq hacia el desarrollo, con la nacionalización de sus yacimientos de petróleo en la década de los setenta, hacia la modernización con sus programas agrarios, culturales y también de industria de armamento, fue además el que condujo a su pueblo a guerras interminables en Irán, en Kuwait, con Estados Unidos y sus aliados, y lo sometió a la cruel dominación de sus omnipotentes servicios de seguridad, que se ensañaron con los rebeldes chiíes y kurdos de la república.
Sadam Husein al Tikriti, nombre de su potente clan suní, fue un niño pobre que iba con los pies desnudos a los campos del ejido, un niño huérfano al que educó su tío paterno, que le envió a Bagdad. Sus biógrafos narran sus años de adolescente, perdido por las calles de la capital, ganándose el pan como vendedor ambulante o servidor de cafeterías, antes de convertirse en matón de barrio, en jefe de bandas armadas, en duro militante del Baas. "Sadam Husein como persona puede ser única, quizá diabólica - ha escrito Said K. Aburish- pero ha sido un verdadero hijo de Iraq".
La antigua Mesopotamia es una tierra de bárbaras luchas tribales, de costumbres sanguinarias y de venganzas ancestrales. Si, por ejemplo, los golpes de Estado de Egipto, de Siria, no fueron mortíferos, los que se perpetraron en Iraq se convirtieron en baños de sangre. Sadam Husein, que fue nombrado presidente de la República en 1979, sucediendo a Al Bakar, ha dominado sobre su heterogénea población de suníes, chiíes, kurdos, cristianos, durante casi tres décadas con la fuerza de sus terribles agentes o mujabarats,con el poder de su clan, que mantenía como superestructura ideológica un Baas originalmente laico, socializante y panarabista, hasta que fue derrocado por la invasión del invierno del 2003.
Difícil será esclarecer, valorar con independencia, su acción de gobierno, condenada sobre todo por los chiíes y kurdos, víctimas de su represión cruel, de sus genocidios y crímenes contra la humanidad, y combatida por EE. UU. y las naciones aliadas, que le acusaron de acumular armas de destrucción masiva y de desafiar la seguridad del mundo, para emprender su guerra de invasión. Con creces se demostró que estos argumentos fueron completamente falsos. El régimen de Sadam Husein no escondía armas atómicas ni bioquímicas, ni se había aliado con la organización terrorista Al Qaeda como pretendía la Administración Bush.
Quizá el tema más polémico de su política fue la malhadada invasión de Kuwait en agosto de 1990, que destapó la caja de Pandora de todas las calamidades y horrores que se han ido precipitando sobre el inocente pueblo iraquí. La ocupación de Kuwait ha sido siempre justificada por los anteriores gobernantes de Bagdad, tanto por el rey Gazi en 1931 como por el coronel Kasem en 1958, por considerarla una reivindicación nacional de un territorio arrancado por los colonialistas británicos. El drama de Iraq es haber sido un Estado artificial, configurado como otros países de Oriente Medio, en la época colonial británica y francesa, tras la derrota del imperio otomano. La invasión del rico emirato petrolero convirtió a Sadam Husein, hasta entonces aliado de EE. UU. y de naciones de Occidente como Francia en su larga y mortífera guerra de ocho años con la República Islámica de Irán, en su peor enemigo, que había que destruir. Después de la imposición de las garantías internacionales de la ONU, que aplastaron a la población civil sin hacer gran mella en el régimen, el presidente Georges W. Bush decidió declararle la guerra total, al amparo de su cruzada contra el terrorismo internacional, y concluir la acción armada emprendida por su padre en 1991.
Sadam Husein había sentido gran admiración por Stalin, cuyos libros leía. En sus suntuosos palacios de Bagdad, en el museo dedicado a su gloria, se revelaba su megalomanía y el descomunal culto a la personalidad que había impuesto. Pero también algunos de sus biógrafos han relatado que a menudo dormía en un camastro castrense, rodeado de tratados políticos y de innumerables pares de zapatos relucientes y que evocaba cariñosamente a aquel judío de Bagdad, a aquel portero de una casa de El Cairo que en su juventud le habían ayudado y tratado con afecto. La captura y muerte en manos de los marines estadounidenses de sus hijos Uday y Qusay, y su propia captura y detención de hace tres años en un zulo cerca de Tikrit tuvieron que sumirle en una gran humillación. Pero durante las audiencias de su proceso, de su primer proceso por la matanza de chiíes en el norte de Iraq, Sadam Husein todavía pretendía seguir siendo el presidente de la República. Algún día, no ahora, la historia lo juzgará.

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