Vaya casualidad afortunada, corresponderme el privilegio de felicitarles las fiestas dos veces seguidas. Así lo ha querido el calendario, pues ni el sábado pasado, justo antes de Navidad, ni en el día de hoy, penúltimo del año, hay posibilidad alguna de ir por la tangente. Ni que la hubiera, en las actuales circunstancias es preferible practicar el peligroso, por monótono, ejercicio de las felicitaciones y los buenos deseos que insistir en problemas y desgracias que, no teniendo fácil solución, permiten lucirse a los periodistas de lengua más afilada, en la que me gustaría ser incluido. Por eso, y por respeto al plus de bondad obligado en estas fechas, digo afilada y no viperina. En consecuencia, ahí va el primer deseo para el 07: ¿qué tal si procuramos hablar un poco mejor los unos de los otros? No se trata de ir con el incensario, ni de intercambiar sistemáticos y farisaicos "mecachis, qué guapo eres".
Basta con practicar el no del todo inútil ejercicio de ponerse en la piel del otro por un momento - no fuéramos a invadirle demorándonos en ella-. Eso tan sencillo modifica el punto de vista, induce a la comprensión, y aunque no forzosamente a la indulgencia, pues hay actuaciones, casi siempre de los demás, que nunca la merecerán, sí a la ponderación en el vocabulario crítico, que es donde quería ir a parar. Propósito: disminuir la maledicencia, así en lo público como en la esfera familiar. Parece poco, pero intenten ponerlo en práctica, tomen nota semanal del resultado y que manden una carta al director dentro de un año los que hayan conseguido avances significativos.
Ahora bien, no me hagan trampas apuntándose a la cruel y egoísta tendencia de no meterse con nada ni con nadie. De las cosas debe hablarse. También de las malas, antes si se refieren a los seres queridos que a los que nos caen más lejos. Basta encontrar la manera de enfocarlas sin resquemor, sin resentimiento, nunca con ánimo de avivar heridas sino con el de resultar balsámico. Sí, ya sé, el año que se avecina es el de los fets, no paraules,pero bueno, tampoco hay que exagerar ni condenarnos a un silencio trapense por la sola razón de que disponemos del primer president no parlanchín de nuestra historia (y tal vez de los únicos en la universal, pues triunfar en política sin el don del habla es algo de veras inaudito). Las palabras, bien o mal utilizadas, pesan lo suyo. A veces hasta son causa y origen de hechos, no todos aciagos. Tenga presente el president que en el principio era el verbo, luego vino todo lo demás, empezando por la luz (lo pongo en singular, no vaya nadie a creer que recaigo en la mala costumbre de escribir con retranca u ocultas ironías despectivas).
Ya tenemos identificado y acotado un buen propósito, un propósito en principio manejable, modesto, pero que requiere voluntad, constancia y es evaluable tanto en cada cual como en el efecto sobre los que le rodean. Nada de reformas colosales en uno mismo o cambios de aguja en la existencia, pues los primeros son quiméricos y los segundos suelen darse cada diez o quince años en las vidas ajetreadas, con bastante menor frecuencia en las plácidas. Viene ahora lo más comprometido, sobre todo si uno quiere hacer gala, como es el caso, de su condición de arúspice colegiado (los intérpretes de los signos en Roma, ya saben). ¿Será el 2007 un buen año? Para la inmensa mayoría de nosotros sí - si vuelven a permitir que me incluya, claro-. Con algún que otro tropezón o desengaño para muchos, del que se recuperarán. Con mayores, evidentes, alados logros en el capítulo de la felicidad para unos pocos (que no enumero uno a uno por falta de espacio).
¿Que para esas generalidades no es preciso ser colegiado? No tan de prisa. No pocos de esos pocos están identificados. Todos se han trabajado el aumento de la felicidad. Seguirán sembrando en vez de cosecharla. IZQUI Los demás, incluidos los que están atentos a las trompetas del Apocalipsis y presumen que el Juicio Final puede no ir para largo, incluso esos agoreros tienen el consuelo de no creer que tal evento vaya a suceder en el 2007. El 2001 y el 2002 tenían posibilidad de ser agraciados con el fin de la historia, pero no el 2007. Tengo el honor de anunciarles que el 2007, año condescendiente donde los haya, nos hará el favor de portarse bien, aminorar los efectos nocivos del cambio climático (no el cambio en sí, pues un año solo no tiene jurisdicción para tanto), así como abstenerse de propagar, sin ton ni son ni previo aviso, virus amenazadores para la población mundial como el de la gripe del pollo.
Una pregunta nada retórica, pues cada cual la puede responder, si bien quien la formula no les va a poder oír. ¿Cómo les ha ido el 2006? Por lo poco que he podido observar, son escasos los que se quejan y abundan quienes admiten que no les va nada mal. Por si acaso, habría que tomar ejemplo de los que, teniendo motivos, se abstienen de quejarse. Para todos, en especial para ellos, bon any.

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