Miren por dónde, sin ninguna razón especial, el 2007 podría ser un buen año para Catalunya. Porque las principales fuerzas políticas y actores sociales del país parecen coincidir, por encima de discrepancias y tacticismos, en la conveniencia de un viraje estratégico en las orientaciones de la política y la sociedad. Para decirlo en mi terminología, se trataría de pasar de la identidad como resistencia a la identidad como proyecto en el desarrollo nacional de Catalunya, naturalmente en el marco español y europeo donde nos han situado la historia y la geografía. Claro que la resistencia a las agresiones identitarias negadoras de la nuestra (las amenazas contra la normalización lingüística, los penaltis contra el Barça y tantos otros gestos alevosos del españolismo rancio) sigue siendo necesaria. Pero encerrada en sí misma en una sociedad crecientemente multicultural, en una economía globalizada y en una institucionalidad europea, la identidad-resistencia se agota y se agosta. Eso es algo que aparecía ya claramente en la encuesta que hicimos con Imma Tubella en el 2002 a una muestra representativa de la población catalana. Y es algo que definió con precisión Jordi Pujol en su último discurso institucional como president y que también, desde su propia perspectiva, ha formulado recientemente el president Montilla. A partir de esta coincidencia estratégica en el horizonte del gobierno del país, se pueden alcanzar acuerdos sobre bases más sólidas que el cuoteo del poder. Claro que el famoso Estatut, en cualquiera de sus versiones, era y es un instrumento indispensable para ese proyecto nacional, un instrumento para cuya consecución se inmoló generosamente el president Maragall. Pero un instrumento no es un proyecto. O sea: ¿autogobierno para qué? A eso alude otro concepto consagrado de la jerga política catalana: el despliegue del Estatut. Porque el despliegue es a la vez desarrollo de competencias, obtención de recursos y construcción de país a partir de objetivos que lasociedad sienta suyos. Eso es, ni más ni menos, la identidad-proyecto: lo que la sociedad quiere ser cuando sea mayor.¿Y qué quiere esta sociedad, una vez que, aun con sobresaltos, la dejan vivir en sus coordenadas culturales propias? Pues cosas tan razonables como difíciles de conseguir de manera estable si se quiere todo a la vez.

Ante todo se quiere vivir bien, tener un buen empleo y disfrutar de seguridad en la vida. Por eso la consolidación de un Estado de bienestar aún muy insuficiente parece ser la prioridad de la nueva etapa política. Algo que compartió, al menos en el plano ideológico, el nacionalismo moderado catalán, de la mano de su líder, porque Pujol siempre ha sido socialdemócrata en su fuero interno. O, para ser mas exactos, socialcristiano. Y en cuanto al president Montilla, si en Cornellà nevara pasaría por ser el arquetípico socialdemócrata escandinavo, pragmático y firme en su resolución de reformar la sociedad partiendo de los problemas cotidianos de la gente. Que en el fondo es lo que dice Carod cuando habla de construir la cohesión nacional a partir de la cohesión social. Ahora bien, pasar de la ideología a la práctica no es tan fácil. Porque tenemos un 30% de fracaso escolar en la secundaria, porque el 60% de la población de más de 15 años sólo tiene nivel de estudios de primaria, porque los intentos de reforma del sistema de salud son frenados por corporativismos múltiples y porque una población simultáneamente envejecida y transformada por la inmigración plantea problemas nuevos que aún no sabemos tratar.

En segundo lugar, el modelo de crecimiento económico, del que en último término dependen el empleo y el Estado de bienestar, presenta graves deficiencias. Crecemos, sí, y creamos empleo y renta. Pero el turismo, la construcción, la inmigración y la demanda generada por los nuevos catalanes tienen un peso decisivo y poco sostenible en la estructura de nuestra economía. La apuesta por la sociedad de la información, por la innovación y la competitividad mediante el incremento de la productividad hoy por hoy tiene más de retórica que de realidad. Tal como documentamos en el Informe del Consell d´Experts sobre la competitividad de la economía catalana constituido por el conseller Castells en el 2005, la base económica del proyecto de Catalunya en el siglo XXI depende de la transición efectiva al modelo de desarrollo informacional. Y aquí tal vez la conexión entre la universidad y la industria no es tan descabellada.

En tercer lugar, Catalunya debe ser capaz de preservar su identidad propia en las condiciones de multiculturalidad que son las nuestras de modo irreversible. Como ha demostrado el profesor Josep Oliver, la inmigración es un componente esencial del crecimiento económico catalán. Por tanto, tenemos que encontrar la forma de no rechazar socialmente lo que necesitamos económicamente. Si no lo hacemos, lo pasaremos muy mal. Y esto no quiere decir sólo asimilar al otro, sino convivir cuando el otro no quiera perder por completo su propia identidad, ya sea la Feria de Abril o el Ramadán. La Catalunya multicultural también es parte del proyecto de país. Sin miedo a perder la identidad propia sí sabemos actualizarla y articularla al mundo en que vivirán nuestros hijos y nietas.

A partir de una economía productiva, de un bienestar cotidiano y de una convivencia cultural sin pérdida de identidades, tal vez podamos imaginar un proyecto colectivo más audaz, algo todavía por definir. Podría ser una puesta al día de esta extraña mezcla de seny pequeñoburgués y anarquismo utópico que caracterizó, a veces conflictivamente, la Catalunya de la industrialización. Pensar que otro mundo es posible pero con los pies en el suelo. No sé muy bien qué es, pero tal vez a eso se refiriese Bush cuando dijo que no cedería "ante las Barcelonas del mundo". O sea, ante quienes defienden la paz para reinventar la vida.

En fin de cuentas, el proyecto de la Catalunya realmente existente lo tienen que definir sus gentes. Porque, como acaba de proclamar la portada de la revista Time,el personaje del año es usted. Cualquiera de nosotros. Se acabaron las vanguardias. Cada uno puede volver a empezar y comunicarlo autónomamente al resto del mundo.

En ese nuevo entorno comunicativo los buenos políticos serán los que escuchen. No sólo para atender al clamor popular, sino para detectar la innovación allá donde surja. Si acercan el oído y nos hacen algún caso, tal vez volvamos a confiar en ellos. Y, juntos, construir un proyecto que nos haga orgullosos de ser catalanes. No sólo por lo que fuimos, sino por los que somos y, sobre todo, por lo que podemos ser.