Es de prever que el año 2007 conocerá el principio del fin de las corridas de toros. Una desaparición que se verá acelerada más que por respeto a los animales, y a los mamíferos superiores en especial, por motivos económicos, como está escrito que suceda en el sistema capitalista. Pedro Balañá, propietario con abolengo de la plaza Monumental de Barcelona, ha anunciado que piensa cerrar el coso en cuanto acabe la temporada del próximo año. Tiene pérdidas porque las corridas ya no constituyen un negocio. Pero alerta, se trata de una constatación que lleva implícita otra, no relativa al lucro. Si las plazas de toros dejan de producir beneficios es porque la gente va dejando de acudir. Unos cuantos turistas despistados no bastan para mantener abierto el ruedo, y se hace evidente que los autóctonos cada vez detestan más que los animales sean maltratados.

El corolario es, pues, que la única plaza de toros en activo de la capital catalana cerrará porque no genera dinero, pero lo importante es que no lo genera porque la sociedad va tomando conciencia de que los toros sienten y sufren. Nos hallamos ante el triunfo tanto del sentimiento como de la racionalidad. Aunque no fuera cierto lo que las organizaciones antitaurinas denuncian sobre los tormentos a escondidas que se infligen al animal para debilitarlo antes de pisar la arena, y que los aficionados niegan, bastan las perversiones de que es víctima a plena luz para que el espectáculo merezca ser abolido.

Opinión progresivamente arraigada a la que se ha sumado una peregrina propuesta de la ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona. Peregrina por cuanto se trataría de realizar toda la faena sin que al final el toro muriera en la plaza, a la vista de los espectadores, sino en privado. Se supone que arrastrado moribundo para ser descabellado tras un hipócrita telón. Dado que el mayor tormento físico y emocional lo padece antes de que esté preparado para morir, carece de sentido pretender que evitarle la muerte en la arena constituya un acto humanitario. No obstante, los escrúpulos expresados por Narbona se revisten de significado al cuestionar por primera vez, desde un alto cargo de la Administración, una fiesta que, al pretenderla nacional,hace un triste favor al Estado y al conjunto de una ciudadanía que aspira a ser reconocida por otros valores. Un planteamiento inédito que desvela, además, la incongruencia de subvencionar con recursos públicos un espectáculo que la inmensa mayoría de contribuyentes considera denigrante.

Los criadores de toros de lidia ya pueden ir buscándose otros cometidos, sin lamentos infundados puesto que la tierra es ancha y las posibilidades de negocio, también. A lo largo del tiempo, unas actividades humanas han desaparecido para dar lugar a otras. Ya no existen cocheros de calesas ni carboneros repartiendo por las casas. Y las luchas entre gladiadores o la quema de brujas han pasado a la historia, de manera que ninguna tradición o fiesta popular justifica la barbarie. Ya no podemos actuar de forma inmoral respecto de los animales cuando conocemos mucho más sobre sus facultades y sobre su sistema nervioso.

Los toros ya no serán bravos, no podrá camuflarse su tormento final con la excusa de proporcionarles una vida en libertad. A los animales se les sacrifica sin dolor como alimento, se les cría con dignidad ateniéndose a las leyes que los protegen cada vez más ampliamente en más países, o se les tiene cerca para quererlos.