Eso es lo que se arma por estas fechas, desde hace al menos dos años, a propósito de la procedencia o impertinencia de la instalación de belenes en centros escolares y lugares públicos, aunque este año la guerra se ha llevado ya a otros enfrentamientos, como el de Papa Noel o los tres Reyes, y el del árbol o el nacimiento. Las navidades son unas fiestas altamente calóricas, no solo por los excesos de proteínas animales y de esos bombazos de azúcares que nos metemos, sino también por el fuego que ponen en su defensa sus fans y la pasión de quienes las aborrecen. Sin embargo, poco importa lo que piensan al respecto las niñas y niños. Si los guerreros se interesaran en averiguarlo, se enterarían de que les siguen gustando las canciones y los cuentos y, como esa población no está contaminada aún por la política y la religión, ni es de derechas ni de izquierdas, ni católica ni atea ni musulmana, por mucho que lo sean su madre y su padre, es capaz de disfrutar franciscanamente tocando la pandereta que es un instrumento de pobres villanos y cantando villancicos que son poemas populares y no el credo de Nicea ni hablan de si en Cristo hay dos naturalezas y una sola memoria, sino de un recién nacido desnudo y morado de frío, al que hay que darle de comer miel y manteca, o que tiene sueño y hay que dormir con una nana; y puede asombrarse ante un pueblo de corcho, plástico o barro, con sus lavanderas, sus pescadores, su río de papel de aluminio, sus pastores, sus carneros, sus cerdos, sus ángeles, sus magos de Oriente y su bebé en la cuadra, y descubrir la verdad oculta que, a cada uno, le cuentan esa figuras que narran algo muy simple: la llegada al mundo de un niño que fue un gran contador de historias que no se llevó el viento, porque muchas personas, incluso sin creer en su divinidad, tienen fe en la fuerza de sus palabras. "No envenenéis a la infancia" era una máxima de la FAI durante la guerra. Dejad que las niñas y los niños se acerquen a los belenes, si quieren, y que toquen a la virgen y a la estrella. Lástima que no sean de mazapán y pudieran comérselas.
Carmen Gómez Ojea. Escritora.

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