El público de la danza, de Xavier Marcé en El Mundo de Cataluña
PRISMA
Los gobiernos, cuando desarrollan políticas culturales tienen una inevitable tendencia a querer resolver los problemas de cualquier sector artístico.
Del mismo modo, hay una parte de los protagonistas de cada sector que exige a la Administración Pública las soluciones que ellos mismos no saben encontrar.
Solo así pueden entenderse las exageradas demandas de protección que ciertos sectores de la música, el cine o el teatro plantean de manera constante a los Departamentos de Cultura, y solo así puede comprenderse la rapidez con la que algunos políticos se prestan a ofrecer producciones y circuitos estables y a coste público a algunos de estos sectores.
Detrás de estas prácticas hay una anomalía social porque en la vida cultural, exactamente igual que en el conjunto de las industrias creativas, sólo se mantienen estables y sostenibles aquellas propuestas que son queridas y apreciadas por un segmento real de la ciudadanía.
La principal regla para determinar la bondad de una política cultural deriva de los esfuerzos que dedica a crear nuevos públicos y eso, que parece obvio, brilla a menudo por su ausencia. Crear público no significa desatender las necesidades de la producción cultural; al contrario, le exige que se plantee un objetivo social y que en la medida de lo posible lo consiga.
En las acciones públicas destinadas a promover un cierto sector artístico siempre hay un momento determinante, una encrucijada en la que deben tomarse decisiones correctas sobre el riesgo de que un exceso de protección comporte un camino sin salida.A mi juicio está es la situación actual de la danza en Cataluña.
Durante muchos años la danza ha sido el patito feo de las artes escénicas: inexistencia de estabilidad en las programaciones, escasas ayudas a las compañías, falta sistemática de atención a la danza clásica, exceso de contemporaneidad, etc. La danza catalana vivía del éxito internacional de algunos de sus principales artistas, magnificado por su presencia regular en países donde la danza está normalizada, pero con una escasa repercusión local.En los últimos años, la situación ha cambiado. Muchas compañías cuentan con convenios estables y aportaciones económicas muy significativas, se ha creado un centro específico para su desarrollo y proliferan los acuerdos entre teatros municipales y proyectos artísticos para crear residencias estables.
Sin embargo el público sigue sin aparecer, las programaciones municipales de danza siguen sin alcanzar porcentajes de ocupación relevantes y muchos teatros sólo la programan ante la subvención mayoritaria de sus costes.
Crear público para la danza supone afrontar el sector de una manera global y no únicamente dando satisfacción a la mayor parte de las compañías existentes. Barcelona debe ser una de las pocas ciudades culturalmente relevantes de Europa sin una compañía estable de ballet clásico. No tenemos ningún proyecto de danza moderna que constituya un icono cultural como lo ha sido Nacho Duato en Madrid y seguimos sin tener ningún espacio privado que la programe regularmente. Los espectáculos de danza, salvo escasas excepciones, están pensados para públicos especializados y pocas propuestas buscan el reconocimiento popular.
No es un problema de talento, es una cuestión de enfoque público.Dedicamos pocos recursos a la creación de un sistema ordenado que estimule el gusto por la danza y los gastamos en producción artística sin orientarla a las necesidades de un objetivo integral.Al final cada compañía va a lo suyo y el sector sigue sin progresar.
© Mundinteractivos, S.A.
