Es un gran misterio de nuestros días. ¿Qué tendrán los contenedores que acaban siendo siempre las víctimas principales del vandalismo festivo? Cerca de 90 contenedores fueron quemados en varias ciudades catalanas entre Nochebuena y el día de Sant Esteve. El contenedor es un objeto que no aspira a representar nada más allá de su utilidad, no pretende simbolizar nada, no tiene veleidades políticas ni tan sólo quiere marcar diferencias sociales. El contenedor es discreto, va a lo suyo. Lo han colocado las autoridades municipales en la calle para solucionar un problema básico que a todos interesa, la recogida de basura. Es verdad que a veces se llenan demasiado y resultan molestos, pero funcionan. La conciencia ecológica y la recogida selectiva han multiplicado el número y color de los contenedores y los hay para casi todo. ¿Qué tiene usted contra el contenedor para botellas? ¿Y contra el que sirve para papel y cartón? Nada. ¿Por qué alguien les prende fuego?

Estos mismos días también han quemado o destrozado algunos radares de tráfico. Sigue siendo una forma de vandalismo como el que se ceba en los contenedores, pero podría revestirse con algún discursillo fácil contra el control de las administraciones y otros blablablá. La destrucción con alguna consigna siempre vende. Hay una parte de conductores que no sienten simpatía alguna hacia estos aparatos colocados en nuestras carreteras más transitadas, como demuestra el éxito de ciertos mecanismos - legales o no tanto- para detectarlos. Los radares, junto con los cajeros automáticos de las entidades bancarias, atraen muchos ataques anónimos. Se los identifica rápidamente - supongo- con el sistema malvado frente al individuo en estado de pureza original. Son objetos que permiten sentirse héroe con poco esfuerzo. La gamberrada súbita contra un radar puede transformar a un respetable padre de familia en el valiente protagonista de una hazaña para contar a los amigos de la oficina a la hora del café.

Volvamos al contenedor, que no tiene quien le defienda, salvo el abnegado bombero, que poco puede hacer cuando llega al lugar del incendio. Ofrezco una conclusión provisional, pero me inquieta: queman el contenedor porque es lo más fácil y lo más a mano. ¿Qué sentido tiene quemar un contenedor? El poder de hacerlo, ver las llamas, divertirse. ¿Y por qué no? Nunca te pillan. A veces, uno se anima y quema un automóvil, que es proeza mayor. Todo vale, menos aburrirse. En casos extremos, no basta con objetos y se prende fuego al primer mendigo que pasa. Esto ya ha ocurrido en Barcelona, recuerden. No hace falta tener imaginación. Basta con algo de tiempo, gasolina y mucha estupidez.