Vivimos un extraño tiempo, en el que los llamados artistas, reunidos en grupos de presión, se convierten en un obstáculo para el progreso de la mayoría, del Editorial en El Comentario
Cuentan los periódicos de hoy, que la llamada Asociación de Compositores y Autores de Música (ACAM), otra asociación de gestión de los llamados derechos de autor, está "preocupada" por la falta de acuerdo con los fabricantes para fijar el polémico canon digital. Según la nueva Ley de Propiedad Intelectual, aprobada en el Congreso el pasado mes de junio, los dispositivos capaces de fijar, reproducir y almacenar contenidos han de pagar canon. Según la ACAM, los fabricantes de reproductores MP3 y teléfonos móviles, entre otros dispositivos, "están sujetos a satisfacer esa remuneración aunque no hayan querido ponerse de acuerdo con los propietarios de esos contenidos durante los últimos cuatro meses". La polémica está servida, y como la Ley de la Propiedad Intelectual así lo establece, tendrán que ponerse de acuerdo y todos tendremos que pagar más dinero por cualqier producto digital que compremos, hagamos, o no, copias privadas de los productos que realizan los beneficiarios de este nuevo derecho de viejo corte feudal
Fundador de esta asociación de compositores que parece tomar ahora el liderazgo de la protesta recaudatoria de los llamados "derechos de autor", fue ni más ni menos que el gran Alberto Comesaña, lider de Semen UP, que junto con Cristina Fernández González del Valle, creó el inolvidable Amistades Peligrosas. Ellos, junto con otros distinguidos creadores, como es el caso de Greta y los Garbo, Los Payos y otras marcas aún más sorprendentes que no tenemos más remedio que asociar a las mejores creaciones musicales del siglo XX, son hoy los rectores de la gloriosa ACAM, al igual que el simpar Teddy Bautista de Los Canarios -autor de una canción de éxito- o el inigualable Miguel Ríos que consiguió su mayor triunfo en los estertores del franquismo parodiando -llamar a eso hacer una versión sería tan criminal como la propia parodia- la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven, junto con otros personajes de no menos largo recorrido y comparable calidad en sus creaciones intelectuales, controlan la poderosísima SGAE, que es la entidad que hasta ahora más había llamado la atención.
En la página www.cedro.org, pueden echar un vistazo al florecimiento de entidades que se apuntan a este banquete.
Cuando en el pasado mes de junio se terminó la discusión en el Congreso de los Diputados, entre los partidarios y los detractores del llamado canon digital: la remuneración por el llamado derecho de "copia privada" quedó consagrada y por lo tanto, ese derecho, característico de nuestro ordenamiento jurídico, en contraposición al anglosajón, se puede imponer ahora sobre cualquier "soporte idóneo" que sirva para grabar y reproducir archivos, lo que en tecnología digital incluye casi todo, pues graban los CD y los DVD, pero también graban los móviles, los escaner, lo discos duros -que al parecer, y de momento, están exceptuados- y los MP3, pero también se graba en las tarjetas de memoria de las cámaras fotográficas, en los lápices de memoria y en toda una infinidad de medios que la tecnología digital hizo posible con su desarrollo que parece ilimitado.
Lo más curioso de todo, es que en esta nueva tecnología, casi todo se puede grabar en archivos de datos, y así, todos esos "soportes idóneos", sirven en realidad para grabar texto, áudio, vídeo, y en general cualquier archivo público o privado, propio o ajeno, ya sea hecho por uno mismo o por Ramoncín, con el que trabaje cualquier ciudadano que en su vida haya utilizado un móvil para grabar nada, e incluso aquel que utilice el MP3 para grabar conversaciones está sujeto al pago del canon por copia privada, un canon que no existe en el mundo anglosajón, dado que allí todo se compra y se vende por definición, sean públicas o privadas las copias que se hagan, con lo que se libran de esta extraña gabela que alcanza niveles propios de una auténtica locura colectiva y que en breve, al parecer, comenzará a afectar también a la llamada "obra periodística".
La aprobación de esta nueva normativa culminó muchos meses de batallas entre la denominada industria cultural, por un lado, y la tecnológica y los consumidores, por otro. Con la entrada en vigor de la nueva Ley de la Propiedad Intelectual, la norma traslada el modelo tradicional del canon analógico, que desde 1992 se vino aplicando a casetes y cintas de vídeo, al mundo digital, una operación muy difícil y de consecuencias incalculables, pues si en algo se distingue el mundo digital del analógico, es en la ilimitada capacidad de reproducción que caracteriza a la nueva tecnología, en la que no se pierde calidad por el mero hecho de copiar -salvo que sea por una compresión intencionada- y la copia puede guardarse en formatos que apenas ocupan espacio comparados con los viejos artefactos analógicos.
El canon es una cantidad fija que esto que la ley da en llamar entidades de gestión de derechos de autor cobran como compensación por esas copias privadas que el consumidor puede realizar de materiales sujetos a propiedad intelectual, sin tener en cuenta, de manera alguna, que también se pueden hacer muchísimas cosas que nada tienen que ver con esas copias privadas, como ocurre por ejemplo con los teléfonos móviles, que casi todo el mundo utiliza para hablar por teléfono y no para copiar nada. Esas cantidades que se recaudan por tan pintorescos conceptos, se tienen que repartir, a su vez, entre los autores, algo que queda ya al albur de los avatares que rigen la vida asociativa de las entidades recaudatorias, y en lo que sin duda sería muy productivo profundizar un poco, pues probablemente cualquier grupo de ciudadanos avispados podría montar una asociación de éstas, en estos tiempos de conceptos débiles y picaresca fuerte.
Las consecuencias del relativismo cultural que devora nuestras sociedades están entrando en conflicto con muchas cosas, y entre otras con nuestro desarrollo tecnológico. El llamado derecho a la copia privada, que se presenta como un bien para el consumidor, es en realidad el pretexto para una exacción premoderna que grava los productos de consumo para enriquecimiento de una extraña casta, compuesta por los "hechiceros de la cultura", personajes que se han adueñado de conceptos e ideas básicas de nuestra civilización, que manejan sin ninguna calidad ni verdadero interés, como es el de composición musical, el de obra de arte o el de muchísimos otros productos de la inteligencia en general, a los que se mercantiliza irremisiblemente en la nueva sociedad de la reproducción ilimitada.
Cualquier papanatas puede ser un "creador", cualquier sinvergüenza un "artista", sin que nadie le pueda llevar la contraria, pues le asiste la protección del pensamiento único. Como todo es igual, como no hay calidades, como nada es mejor ni peor, cualquier caradura que produzca sonidos que se puedan considerar música -es el negocio más desarrollado- puede cobrar un creciente peaje por cada producto digital que consumamos. En breve se darán las condiciones para que pueda repetirse el producto de este expolio, en otras actividades realizadas por los miembros de la casta burocrática de los llamados "artistas", que ocupan un papel cada día más creciente en nuestra sociedad, y que han encontrado en las sociedades de gestión de derechos, un perfecto sustitutivo para el simple recurso a la acera y al bote recaudador con el que en otros tiempos cubrían sus necesidades.
La ampliación de esta locura a la "obra periodística", nos hace vaticinar que la "obra gráfica", la "obra literaria", las "artes industriales y del diseño", y en general las "artes visuales", darán lugar a la creación de nuevas entidades, que se sumarán a las ya existentes, en las que se integrarán enormes colas de parados que encontrtarán en esta estúpida legislación, y en el relativismo imperante, un impresionante camino para buscarse la vida. ¿Por qué una "obra musical" tiene que percibir un canon y una "obra gráfica" no? ¿Se dan cuenta de lo que ese descubrimiento supone? Cualquiera que pinte unas monas, puede reivindicar que se le pague por el uso privado de cualquier imágen que se reproduzca, es decir, por cualquier fotografía o cualquier vídeo que se realicen con cámaras privadas. Los escritores de todo tipo de textos serán periodistas, literatos y filósofos. Ellos también podrán exigir sus derechos sobre cualquier texto que se pueda copiar. ¿No cobra Ramoncín por una copia privada de una fuga de Bach?
Al tiempo.
