La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

27 Diciembre 2006

La Frontera Fantástica, de Juan Cueto en La Nueva España

Antes de que se levantara el puente de los Santos, los gallegos tenían una potente teoría literaria. Castropol era suyo sencillamente porque implicaba el punto final de sus narraciones oceánicas. Era esa frontera mágica y perfecta entre el Atlántico y el Cantábrico, pero era suyo. Todo el mundo sabía dónde acaba Europa en latitud Oeste, pero pocos gallegos sabían dónde estaba exactamente el otro finis terrae gallego, el oriental, ese punto preciso que no es Ribadeo y en el que el océano se transforma de repente en mar, cambian los paisajes y los oleajes y ya nada es lo mismo. Yo le escuché al gran Álvaro Cunqueiro en La Marina, de Figueras, mientras hacíamos la digestión, la teoría de que Castropol era gallego por su condición de punto final atlántico, y que desde su orilla derecha según navega la península hacia la desembocadura, desde el melancólico paseo del Malecón, todo era mar cántabra hasta llegar al Finisterre bretón, donde recuperaba otra vez, luego del paréntesis, su vieja condición atlántica, o como el de Mondoñedo pronunciaba, de «mar tenebrosa».

Como buen asturiano, defendí la tesis contraria estimulado por un par de güisquis de malta. Nuestro Castropol, visto desde el Este, desde aquí, es un maravilloso punto seguido, acaso ese complejo punto y coma de la literatura francesa, que no sólo no es la radical divisoria costera y metafísica entre las aguas atlánticas y las cántabras sino una puntuación que fusiona y contamina (como ahora se dice en las artes de vanguardia y en las ciencias duras) paisajes, lenguas, paisanajes, las techumbres de ladrillos rojo con las tejas grises de pizarra y esa mutación vegetal a partir de las viejas curvas de salida de Luarca entre el territorio del roble, de la rama dorada, y los muy combustibles montes del eucalipto.

Frente a la teoría anexionista de Castropol por parte del señor de Mondoñedo, sostenida por estrictas razones narrativas, oponía yo una hipótesis fronteriza mucho menos radical y nada nacionalista. Castropol es esa fantástica península que navega la ría de Eo, tan cunqueiriana, que los asturianos necesitamos para galleguizarnos (dulcificarnos o serenarnos) y entrar en contacto físico y espiritual con el virus de su poderosa poética atlántica. Si para Cunqueiro la narrativa gallega necesitaba colonizar Castropol para acabar sus relatos mágicos con un rotundo punto y aparte, o final, para mí, salvadas todas las distancias, Castropol es la gran ocasión de Asturias para acabar con el pesado mito de nuestras fronteras rotundas e inexpugnables que nos aislaron del resto, tanto nos ensimismaron y al final de la intransitividad acabaron cristalizando ese plural femenino que sólo poseen las islas. Las Asturias, como se dice de las Canarias, las Azores o las Baleares.

Pero al final de la discusión sobre fronteras reales o fantásticas, llegamos al acuerdo de La Marina. Declaramos Castropol y por unanimidad la frontera más fantástica y móvil de todas las fronteras de este mundo, sólo comparable a ese también nómada y famoso Pasaje del noreste canadiense que separa, une, confunde, acerca o aleja el océano Atlántico con el Pacífico y del que nadie hasta la fecha (hasta el calentamiento del Ártico) ha podido establecer su exacta carta marina. Y una frontera móvil, la de Castropol, de doble uso autonómico, incluso antagónico, pero cuya muy serena fuerza de atracción hechiza por igual a gallegos y a asturianos, según la península blanca se escore en las bajamares o pleamares hacia el Este o el Oeste, que nunca está muy claro.

Pisar la frontera móvil de Castropol es como sumergirse en una burbuja literaria en la que no rigen las leyes del tiempo ni las del espacio y la realidad, incluso el realismo, pertenece a otra dimensión. Por eso mismo, al final del acuerdo de La Marina, bautizamos a la península navegante del Eo con nombre veneciano: La Serenísima República de Castropol.
Tantos años después, en plena globalización, regreso a Castropol y aunque nada ha cambiado aquí, o porque todo ha cambiado en el globo, la encuentro más hipermoderna que nunca. Por lo pronto, aquella rígida idea de frontera del siglo pasado ya no existe y ahora mismo todas las fronteras del planeta se han convertido en móviles o nómadas, como siempre fue Castropol. Las nuevas fronteras que separan el mundo son los semáforos de las metrópolis, el PIB de los continentes, los índices de conocimiento e innovación tecnológica de las naciones, el vértigo de integración en las multinacionales globalizantes o esos viejos y también móviles fielatos religiosos del Dios único.

En contrapartida, los valores que simboliza la Serenísima de Castropol, que todavía no tiene semáforos ni decibelios ni demasiada especulación urbanística (toquemos madera) y que por su cuenta y riesgo le ha declarado la guerra a la velocidad, se han convertido como por acaso en la nueva utopía del milenio. Una utopía que además, o al mismo tiempo, es la única garantía fiable de un desarrollo turístico sostenible, como lo demuestra el potente movimiento planetario en favor de la lentitud, desde el slow-food a las slow-city. Si la globalización se resume y simboliza en la velocidad, y así es, sea velocidad real o virtual, les presento a la capital (atlántico/cántabra) de esas repúblicas lentas cuyo logo es el caracol y que son el serenísimo envés del muy acelerado haz de la globalización.

Este texto pertenece al prólogo a «El secreto mejor guardado de Asturias», un libro con fotografías de Arnaud Späni y poemas de María del Rosario Neira Piñeiro.

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