Queda muy bonito, y casi como un gesto de valor, el que los dirigentes políticos visiten las tropas que sus países tienen desplegadas en guerras y conflictos ajenos, como es el caso de España en Líbano y Afganistán. Pero los políticos van de incógnito, sin apenas riesgos y buscando el mejor y más pacífico de los momentos para hacerse una foto en el frente cuando no hay peligro y así justificarse y justificar ante los ciudadanos y los ojos de los propios soldados la decisión temeraria de poner en peligro su vida en guerras que son ajenas a los intereses concretos y directos de los españoles.

Ahora hemos sabido que las tropas españolas en Afganistán han sufrido varios ataques del frente talibán que han sido ocultados a los medios de comunicación, de la misma manera que aún no está clara la caída del helicóptero aquel en el que murieron varios soldados, ni siquiera el accidente del Yakovlev 42, donde murieron muchos más que no fueron enterrados como se debió en un principio, por causa de la negligencia y las prisas del ex ministro Trillo.

La mentira forma parte de la guerra, por eso los americanos y otros gobernantes ocultan a sus ciudadanos el verdadero alcance de la guerra de Iraq y entierran a sus muertos de uno en uno, prohíben imágenes de muerte de americanos en esa guerra permanente, y no se dan número de bajas ni de heridos hasta que están sobrepasadas en el tiempo. Pero las mentiras tienen las patas muy cortas y al final se sabe muy bien que los soldados no van a misiones de paz y reconstrucción, como se ha dicho en el caso de Afganistán, sino directamente de contención del enemigo y de enfrentamiento y defensa militar de ellos mismos y de la población.

Sin duda, para el relleno del discurso de los gobernantes estas misiones son de paz y de carácter humanitario; pero no es verdad, por mucho que las justifiquen y las apoyen el Gobierno y el Parlamento, salvo que un retén de parlamentarios conviviera de manera permanente y rotativa con los soldados, y no sólo en estos viajes tipo safari fotográfico. Porque España no pinta nada ni en Líbano ni en Afganistán, como tampoco lo hacía en Iraq. Pero los despliegues actuales en ambos países se deben a un intento de Zapatero de compensar a Estados Unidos por la intempestiva retirada de nuestras tropas en Iraq o para vender el invento de la Alianza de Civilizaciones.

Las tropas españolas desplegadas en Afganistán y Líbano tienen que regresar a España, y para ello es necesario que el Gobierno ponga fecha límite a estos dos despliegues de las tropas españolas que no tienen fecha de caducidad y que andan sumidas en extraños contingentes de la OTAN —organización en crisis y por redefinir su situación— y de la UE, que carece de fuerzas propias como tales y de una auténtica política de seguridad y defensa.

Los soldados españoles —aunque sean profesionales, porque Aznar se cargó el servicio militar— no deben dedicar su trabajo y sus vidas a guerras ajenas como las que afectan a esos países, Líbano y Afganistán, así como a las de Iraq y Palestina. Cuatro conflictos que están cortados por el mismo patrón americano, y que son hijos de la venganza de la Administración Bush por los atentados terroristas del 11S del 2001. Un patrón que nos dice que ninguna de estas cuatro guerras las pueden ganar los occidentales y sus aliados, sino que a largo plazo quedarán bajo el control de los islamistas de distinto signo. Pero cuatro guerras que han sumido las distintas zonas en territorios destruidos y en naciones al borde o directamente en guerra civil. Y ése parecía ser el objetivo oculto y principal de Washington y también el de Israel: destruir los países, sumirlos en el caos y dejarlos al borde de la guerra civil, porque se supone que mientras se están matando entre ellos no podrán hacer daño a nadie más.

En esas guerras inútiles y trampas mortales, donde están muriendo o han muerto cientos de miles de personas, están inmersos soldados españoles en defensa de nadie sabe qué y camino hacia nadie sabe dónde. De allí deben salir cuando antes nuestras tropas, porque en el fondo de unos y otros conflictos, estén o no autorizados por la ONU, no existen de verdad diferencias muy notables. Son, en casi todos los casos, decisiones unilaterales e inútiles, guerras provocadas por Estados Unidos e Israel —puede que también la civil de Palestina— y apoyadas por las potencias militares de Occidente contra ese enemigo invisible del terrorismo que allí no van a derrotar ni a debilitar. En todo caso, lo van a favorecer ideológicamente, porque para los terroristas islámicos éstas son guerras de ocupación de territorios árabes, entre otras cosas para controlar las fuentes y oleoductos del petróleo, lo que en dos casos, Afganistán e Iraq, también es verdad.