EL Rey, en su discurso de Nochebuena, puso el acento en la gran cuestión del año: el fin del terrorismo. Desde que tres encapuchados anunciaran el alto el fuego permanente de ETA la vida política española gira en torno al llamado 'proceso de paz'. Don Juan Carlos ha reflexionado sobre ese asunto añadiendo dos matices que deben resaltarse. El primero de ellos es la necesaria unión de los partidos democráticos. Hace muchos años que el enfrentamiento entre el PSOE y el PP rebasa los límites conocidos de tensión entre partido de gobierno y alternativa de oposición, pero en el actual mandato han sucedido dos hechos nuevos que acentúan el déficit político de la falta de acuerdo. El Gobierno, a través de sus amistosas relaciones con un puñado de diputados de las más variopintas procedencias (nacionalistas, republicanos, regionalistas, izquierdistas), pretende dar a entender que representa la España plural, quedando fuera el PP con 148 escaños y diez millones de votos; la otra circunstancia novedosa es que la falta de sintonía entre PSOE y PP se produce a la vez que el Gobierno afronta cambios institucionales y políticos de una envergadura tal que no se conocía desde los tiempos de la transición.

Es posible negociar con ETA y al Gobierno le corresponde valorar si se dan las circunstancias adecuadas, pero esa negociación tiene que partir de un acuerdo previo entre PSOE y PP. En caso de no producirse el acuerdo, el diálogo con la banda se realizará en condiciones de debilidad. Si el PP no asume los costes políticos de la negociación (en esto puede servir Irlanda de modelo) no tiene sentido embarcase en un proceso que conlleva indultos a presos, mesas de partidos o cambios en el estatus de algunas comunidades autónomas. En cuanto Zapatero percibió la radical oposición del PP debería haber convocado elecciones anticipadas para seguir adelante con el objeto de que fueran los ciudadanos los que avalaran o deslegitimarán el intento de diálogo.

La otra aportación del Rey en su discurso es el constante llamamiento a respetar la Constitución, como vía de progreso. Y lo más importante de la Constitución no está en la letra de su articulado, sino en su espíritu: el consenso de los grandes partidos sobre el sistema.