La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

26 Diciembre 2006

Dos bellezas para una Navidad, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Milan Kundera recuerda en una de sus novelas que la belleza activa más el temor que el deseo. Muchos hombres bellos asustan más que atraen. Muchas mujeres guapas impresionan y acomplejan. De ahí que, con cierta frecuencia, las mujeres más bellas sean, quizás las más admiradas, pero también las más solitarias (y, aunque es difícil que un hombre no sepa sacar partido - generalmente depredador- de su sex appeal, no es infrecuente que muchos de ellos acaben como Narciso, ensimismados ante el espejo). El hecho es que las mujeres oficialmente bellas tienden a desplazarse por el mundo en pose regia y distante. Tal es el caso de las modelos de pasarela, que adoptan en los desfiles un gesto severo y altivo propio de los tiempos de la monarquía absoluta. Unas exhiben una expresión hastiada, otras un rictus de desprecio. Todas se desplazan como si fulminaran a los devotos que las contemplan.

Viene de antiguo esta identificación de la belleza con la superioridad jerárquica. Cuando una mujer muy bella se acerca a unos hombres corrientes, no necesariamente feos, ellos responden con sonrisas nerviosas y gestos tributarios muy parecidos a los que provocaban los príncipes cuando se acercaban al vulgo. No puede extrañar, en este sentido, que la primera poesía amorosa de Occidente naciera al calor de las cortes feudales. Las damas idealizadas eran, generalmente, de origen noble. Y al glosar las características de su belleza, los trovadores las confundían con las características del poder aristocrático. La denominación más frecuente que recibía la dama no ofrecía dudas sobre su posición en la jerarquía feudal. La dama era denominada Midons,es decir, literalmente: Mi señor. En masculino.

Poetas de todos los tiempos describirán el amor como una cárcel y la dama como una dómina que martiriza al vasallo enamorado. Uno de ellos es el trovador catalán Guillem de Cabestany, quien para describir la belheza de su dama, cita, en primer lugar su categoría social (excelencia)y, en segundo lugar, sus virtudes físicas: el belh cos blanc e llis.Pero es que incluso la blancura y la finura de la piel son, en el lejano siglo XII, dos características estrictamente aristocráticas. Las primeras aventuras de Tirant lo Blanc acontecen en Inglaterra, con motivo de la boda del rey. Al describir la excepcional belleza de la futura reina, el joven Tirant elogia su blancura. Es de una palidez tan extrema que, cuando ella bebe, todos los cortesanos pueden contemplar, admirados, como desciende el vino tinto por su garganta. La blancura de piel seguirá siendo el máximo atributo de la belleza durante siglos. Mientras la mayor parte de la población trabaje en el campo y las mujeres normales tengan la piel oscurecida y arrugada por el sol laboral.

Es difícil describir la belleza física. Los clásicos grecolatinos creían que se fundaba en el equilibrio, en la proporcionalidad. Pero los poetas del renacimiento italiano la consideraban una manifestación de la espiritualidad. Virtuosas y, consiguientemente bellas, eran, en efecto, Beatriz y Laura, las angelicales inspiradoras de Dante y Petrarca, tan parecidas a la rubia y cándida adolescente que inspiró El nacimiento de Venus de Botticelli. Este tipo de chica frágil, cándida y delicada es el que inspira la representación de la Virgen María en el arte católico desde los tiempos de Giotto y Fra Angélico. El ideal renacentista y el cristiano convergen en esta idea: la belleza y la bondad son el haz y el envés de la misma hoja. De ahí el tópico de la cara como espejo del alma.

Ya el barroco y el romanticismo, sin embargo, reivindicaron otras manifestaciones de la belleza: la exuberancia carnal, la opulencia y el lujo decorativos, la sensualidad explícita. Imágenes que no invalidaban la belleza serena y equilibrada, sino que la complementaban. Nietzsche puso orden a esta diversidad de imágenes distinguiendo entre belleza apolínea (fundamentada en el control atlético y en la armonía) y belleza dionisíaca o descontrolada (la de los cuerpos ebrios, saciados y excesivos, la atractiva sensualidad de las flores del mal). Siempre la Navidad ha contenido estas dos formas de belleza. El cándido belén que idea san Francisco, il poverello,es el envés de la Navidad lujosa, la de las comilonas, la pulsión decorativa y los regalos. La Virgen desvalida y cándida que protege a su hijo amenazado en un pesebre no agota el cuadro navideño clásico. En el pesebre también están los Reyes Magos de Oriente: con suntuosos ropajes, portadores de tesoros.

Las dos formas de belleza coinciden por Navidad envolviendo dos ideas. La opulencia aristocrática que impone la jerarquía del oro y el incienso. Y la candidez bondadosa de una adolescente casada con un carpintero, que confía en las palabras de un ángel y en el calor del buey y la mula. El oro de los Magos brilla en Navidad desde el primer momento, a pesar de que, también desde el primer momento, la Navidad reivindica la pobreza del espíritu. El dorado burbujeo del cava alegra el corazón y descose la mente; pero el cosquilleo de la culpa provoca un difuso rapto de piedad o solidaridad. En el televisor ambas concepciones de la belleza adoptan imágenes estrictamente femeninas. Ahí están las dominantes vampiresas que anuncian, a través de los perfumes, todos los placeres de la carne. Y ahí están las entrañables madres abrazando a los hijos que regresan a casa por Navidad.

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