Esta semana me han puesto una medalla. Mi buen amigo Christopher Miles, ex director del Institut Français de Barcelona y actualmente destinado al Ministerio de Cultura francés, me nombró el lunes oficial de la orden de las Artes y las Letras de la República francesa. El miércoles salió en estas páginas una cariñosa crónica de Eugeni Madueño sobre aquel acto ilustrada con una no menos cariñosa fotografía de Pilar Aymerich. Después de las líneas de Eugeni y la foto de Pilar, lo más correcto sería que yo me olvidase del tema y me dedicase a contarles algo más sustancioso e interesante, como, por ejemplo, los flamantes ochenta años del mestre Josep Maria Castellet, pero no lo voy a hacer. En primer lugar porque yo no soy una persona que siempre actúe correctamente, y menos cuando escribo, y en segundo lugar porque los ochenta años del señor Castellet, mi ilustre vecino al que a menudo encuentro sentado en su mesita del restaurante Fondo do Mar (un gallego de la calle Provença donde sirven un excelente pote), tampoco me parece un tema tan sustancioso como para distraerles este domingo. Y si me apuran añadiré que la maestría del señor Castellet me interesa un pimiento, en especial desde que en la primera edición de un viejo ensayo, La hora del lector, se permitió tratar a don Pío Baroja de cretino o algo parecido.

Así que voy a hablarles de mi medalla. Si me lo permiten empezaré por la fotografía de Pilar que tanto éxito ha tenido entre las señoras del barrio. "Qué joven y qué guapo salió usted ayer en La Vanguardia", me dijo mi quiosquera. Lo que ocurre es que estas señoras rara, rarísima vez me han visto con corbata, y el lunes, para recibir mi medalla, me puse una corbata. Me la puse porque sabía que Christopher, que es caballero de mi misma orden, la llevaría, y me parecía muy poco elegante (yo puedo no ser correcto, pero soy siempre elegante) que yo, siendo un oficial, no la llevase.

¿Qué corbata me puse? Pues una corbata de seda roja del Harry´s New York Bar en la que se ve un par de moscas (¿o serán cigarras?) con sombrero de copa bailando algo que podría ser el charlestón. Me la puse sobre una de las camisas que me hice en Bel hace un montón de años, una camisa blanca con rayas azules, con gemelos (un par de ranitas de plata), la cual descubrí, encantado, que me sentaba de maravilla. Y encima me puse una americana azul, cruzada, de cashemir, que me compré, hace también un montón de años, en una tienda de ropa usada de Londres, una espléndida chaqueta que probablemente debió pertenecer a un famoso jockey o a un cocinero del Savoy.

La entrega de la medalla la hicimos en el estudio de Xano Armenter, un pintor que es otro buen amigo mío; un estudio situado en una vieja fábrica de la calle Terol, en Gràcia. Con la amable colaboración de Sandro Castro, otro buen amigo siciliano, con el que comparto la devoción por Santa Ágata y los problemas del Catania (el club de fútbol en el que jugó Sandro, era muy bueno, en su juventud), montamos un pica-pica de rechupete a base de embutidos italianos -la mortadela recién cortada de un precioso cerdo de Bolonia cuya carne llegó el día anterior tuvo mucho éxito-, quesos sicilianos, dulces, y todo ello regado con vinos de Trapani. Antes de empezar el acto, bebimos whiskey irlandés, el Jameson, mi favorito, y nos fumamos una caja de short churchills de Romeo y Julieta, y una vez colgada la medalla, nos bebimos unas botellas de champán, francés, claro está. Era una fiesta de amigos, para los amigos. Tan sólo de este diario estaban presentes mi hermano pequeño Lluís Permanyer, mi jefe Albert Gimeno, mi ex jefe Eugeni Madueño, John William Wilkinson -que vino con su esposa Karen: se habían casado tres días antes- ; Bru Rovira y José Martí Gómez, que aunque ya se ha jubilado, sigue todavía escribiendo de vez en cuando en estas páginas para gran regocijo de sus lectores empezando por un servidor.

Como sé que Christopher es un fanático de Dumas el Grande y El conde de Montecristo es su novela favorita, proyectamos en la pantalla escenas de la versión cinematográfica que Robert Vernay rodó de esa novela, una versión estrenada en el Olympia de París, en febrero de 1943, con Pierre Richard-Willm interpretando el personaje de Edmond Dantes. Y terminado el acto escuchamos canciones francesas. Escuchamos Clopin-Clopant, que es una canción de Pierre Dudan con música de Bruno Coquatrix, que salió en 1947, cuando yo era un niño que vivía en la rue du Bac, en París, y que es una de mis canciones preferidas (Dudan es también el autor de "Mélancolie: Mélancolie, un jour s´achève, / mélancolie, on n´y peut rien / dans la fumée et l´alcool on noie ses rèves / jusqu´au matin..."). Y muchas otras viejas canciones interpretadas por Damia o por Lucienne Delyle, que hicieron las delicias de Philippe Bot, el simpático Philippe, que es el novio de Christopher y toca esas viejas canciones en su piano, y las canta...

Nos lo pasamos muy bien. Yo quise llevar a Maurizio, mi gato del Pallars Sobirà, bautizado en Trieste y hoy convertido en un inquilino de la Dreta de l´Eixample, pero me disuadieron de ello: los gatos mejor no moverlos demasiado. En cuanto al acto en sí, Christopher dijo unas cosas muy bonitas sobre mis padres (mi pobre padre, que después de traducir a Dante, a Shakespeare y a Molière, después de traer a Barcelona a Josephine Baker -"Mon cher Pepito", le llamaba la Baker a mi padre- y a Maurice Chevalier; después de pasear por la gran encisera a Morand, a Carco y a Crevel, entre otros, ni los italianos, ni los ingleses, ni los franceses le colgaron una puñetera medalla, y cuando un ministro de Cultura de Franco le concedió la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, por la descripción que hace del Madrid de principios de siglo (el XX) en sus Memòries, muchos de sus amigos le dieron la espalda. De la gente del oficio, sólo le felicitó Salvador Espriu, y del catalanismo, el president Josep Tarradellas, en una carta desde Saint-Martin-le-Beau). También dijo Christopher algunas cosas que me hicieron enrojecer, como cuando me dijo que pertenecía a la familia de los Léon Paul Fargue (es cierto que ambos utilizamos mucho el taxi), de los Jules Renard, de los Bernard Frank. Qué más quisiera yo. Si por algo me merezco esa condecoración, que me la merezco, es por los muchos años que vengo hablando, en este diario y antes en otros, de lo rico que está el milhojas que sirven en chez Lipp; de Mickey, el gato del Sélect; del pianista de la Closerie des Lilas (yo vivía enfrente, y le daba cien francos para que cuando me viese entrar tocase un pasodoble), de la prosa del cardenal de Retz, y de los ojos, negros, almendrados, de Julie de Lespinasse; de las mariposas del Magasin Deyrolles (en mi rue du Bac, junto a mi casa, en el número 42), de mis noches de chez Castel o en Régin, de la liebre à la Royale que le cocinaba el chef Olivier a mi madre (con 30 ajos); de las películas de Marcel Carné y de las piernas de Brigitte Bardot; de los amores de Maria Casares y Albert Camus, de las tripas à la mode de Caen, de mis amigotes de la Sorbona, les Halles y el Père Lachaise; de los puños de Marcel Cerdan "acariciando" las ancas de Edith Piaf; de mis teatros de París y mis novias de Toulouse, de Marsella y de Honfleur; de ese viejo Armagnac del señor Laberdolive (con el que un día, escribí, me gustaría que flambeasen mi mortaja) y de las innumerables jarras de cerveza que me he tomado en Estrasburgo, en la Petite France, frente a una suculenta choucroute... Por todo eso, por esa diarrea afrancesada (cuando no es italianizada) con que les agobio domingo tras domingo, me tengo más que bien ganada esa medalla, amén de por mi amor, un amor fou, por Charles de Batz de Castelmore, más conocido por D´Artagnan. El D´Artagnan que en 1667 sustituyó el duque de Nevers como capitán de los mosqueteros del rey y murió en el sitio de Maestricht el 25 de junio de 1673. Y si a todo esto le añadimos la manía que tengo de soltarles largas parrafadas en francés, comprobarán que la medalla me estaba predestinada. Y ya que he mencionado las parrafadas en francés, eso me recuerda lo que decía Sartre del monumental y fastidioso Journal de Charles du Bos: "On ne peut pas savoir si ce qu´il dit est intéresant, puis qu´il a pris la précautión d´en écrire plus de la moitié en anglais". Resumiendo, una merecida medalla y una bonita fiesta. Y la fiesta continúa, porque cuando ustedes lean estas líneas yo me hallaré en el Euromed camino de Alicante, donde me aguardan las gambas de Dénia y los sepionets del Nou Manolin y los arroces del Piripi, y... Ouf! pourvu que ça doure,como decía la mamá de Napoleón.