Tras una inquietante demora, Anagrama publica el volumen conclusivo de la exhaustiva biografía de Nabokov editada originariamente en 1991. Los años americanos, de Brian Boyd, constituye, pues, la continuación de Los años rusos y culmina el perfil del punzante narrador extraterritorial, que, con su familia, abandona Francia en mayo de 1940 a tres semanas de la ocupación de París, y desde el diminuto escondrijo de Saint-Nazaire enfila el rumbo hacia Estados Unidos. En camarote de lujo, por supuesto, del mejor humor y sin temor a la persistente amenaza submarina.
Las casi mil páginas de la segunda entrega de Boyd trazan el abigarrado destilado vital de un personaje de paralelo imposible en la literatura occidental. El riguroso científico, de prestigio mundial, consagrado lúdicamente al estudio de los lepidópteros, pero simultáneamente el escritor superdotado que trabaja sin descanso el inglés y el ruso en un proceso de emulación que cubre su vida. En efecto, la patria del escritor es su lengua, sugiere el tópico, pero en este caso sus lenguas nativas: un impecable prosista inglés que rehace la mejor narrativa rusa moderna - Pushkin, Chejov, Tolstoi, Lermontov, Gogol- con la incisiva sensibilidad de un deslumbrado lector de Proust.
La primera y la última escena de Habla, memoria nos muestran a un niño soñador y fantasioso llevado de la mano de sus padres: una familia de lejana estirpe feudal y fuertes convicciones liberales que terminaron en el asesinato político del padre apenas transitada la frontera rusa. Otro síntoma significativo en la evolución sentimental de Nabokov: siempre un feroz crítico de la izquierda ideologizada y demagógica que se desenmascaró en el gulag, pero a su vez un disolvente detractor de la derecha ciega y depredadora incapaz de respetar los compromisos de reforma insinuados por una tenue minoría ilustrada. Una familia singular de tupidas tramas de parentesco, mitificada y perdida en un tiempo ido, que descubre en el arte y la fantasía la tracería ajustada al desarrollo de las emociones genuinas: amor, fidelidad, imaginación y esfuerzo creativo franquean el umbral de la bondad humana. Nabokov supo sublimar este mundo en una secuencia de imágenes y detonantes paradojas que encuentran en el lenguaje el espacio natural para la parodia y la franca carcajada liberadora. Como subraya Boyd, a lo largo de toda su obra Nabokov intenta que "jadeemos de asombro" al descubrir las incontables emociones verdaderas que se disimulan detrás de todo aquello que damos por sentado y común. La engañosa ambigüedad fascinante de la vida.
Vladimir Sirin - primera máscara del autor- escribe en ruso durante el exilio con escasa consideración inicial y adquiere lentamente un público entregado en la cultura rusa de los expatriados blancos. Recién llegado a Norteamérica, se enfrenta al desafío ingente de recuperar su nombre en inglés, sin apenas relaciones y gracias a los buenos oficios de Edmund Wilson, que le consigue críticas y recensiones en la prensa neoyorquina. Una dinámica galopante que sorprende al escritor: "¡Hay mercado para estas cosas!". Sin discusión, la mejor fragua para su comprometida inmersión lingüística - pasaba por un inglés de dicción antigua-, capaz de encabezar una reseña sobre biografías en oferta con la frase: "¿Qué es la historia? Sueño y polvo".
Un circunstancial contrato académico arrastra a Nabokov a Wellesley en Massachusetts, acaudalado y prestigioso college universitario femenino, que abre un largo periodo de intensidad docente que culminará con las legendarias clases en la universidad de Cornell ya en los años cincuenta, enseñando literatura europea.
Nabokov es un fabulador de personajes solitarios y desajustados - jamás inadaptados porque poseen en su propia conducta la norma que ilumina sus acciones-, contrariado por el creciente maniqueísmo banalizador de la guerra fría y entregado hasta la obsesión a la determinación de la creatividad original del individuo humano, la pequeña grandeza del actor que encuentra en la literatura la mejor invitación a la vida. Pues es cierto que para Nabokov la herencia literaria de una cultura es el arsenal de sugerencias que hay que desentrañar para comprender su pasado, para valorar su arte singular ajustado a los criterios de calidad del arte grande. Al autor, en definitiva, sólo le interesa la calidad del arte.
La minuciosa investigación de Boyd cala agudamente en resquicios apenas perceptibles de la personalidad y la obra de Nabokov, deteniéndose quizá en exceso en la anécdota que preludia al personaje: irreductible solitario siempre, provocador intencionado y brillante en público - de Cornell a los momentos de gloria tras la polémica consagración de Lolita o la inenarrable entrevista de Pivot. Es conocida la aversión de Nabokov a la confidencia y la crispada defensa de su intimidad que no eludía el desplante y la desautorización pública. El autor anida en su obra y sólo el lector atento y exigente parece capaz de descubrirlo. A mi modesto entender, Ada o el ardor es el magistral relato de madurez de Nabokov. Trasluce la memoria sin par de Nabokov para la narración lírica y evocativa que utiliza a la perfección la parodia y el triple sentido cuando le conviene, siempre dispuesto a reproducir un mundo inventado que configura la potente y versátil realidad oculta en el tiempo omnívoro del recuerdo. Van y Ada son dos espléndidas criaturas de ficción dotadas de la inteligencia suprema, el vigor y la sensibilidad que los hace eternos.
Vuelvo a las primeras líneas de Conclusive evidence,más tarde Habla, memoria,que insinúan un canon de calidades personalizado, enfrentado a las retóricas combativas del siglo XX. "La cuna se balancea sobre el abismo, y el sentido común nos dice que nuestra existencia no es más que una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas".

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