EL encuentro en la cumbre entre Zapatero y Rajoy, tras nueve meses sin contactos, ha quedado reducido a pura formalidad. Formal pero no banal. Todo lo que ocurrió desde que se abrió la puerta del coche del líder de la oposición, al pie de la escalinata de La Moncloa, hasta las comparecencias ante la prensa de Teresa Fernández de la Vega y Mariano Rajoy, estaba meticulosamente planeado: la media sonrisa del presidente y el semblante casi serio del opositor; el apretón de manos que no servía para calentar la mañana; las palabras de rigor sobre el sorteo de la Lotería de Navidad ante los fotógrafos; la hora y media de encuentro para subrayar la brevedad de la cita; la ausencia de explicaciones a las puertas del Palacio. Gestos estudiados, poses que valen por un editorial. Y por si faltaba algo, las declaraciones de Rajoy y Fernández de la Vega anexadas cual haz y envés de la misma hoja: Rajoy subrayó que no obtuvo garantías de todo lo que había pedido y De La Vega calificó de ficticias las garantías porque para eso están las leyes. Todo estuvo medido para trasladar el mismo mensaje: no hay nada de nada, todo sigue igual. Las espadas en alto.

¿Tenía sentido la concertación de la cita cuando los equipos de ambos políticos estudiaban con mimo los gestos que marcaban distancia? Para Zapatero suponía una forma de tomar la iniciativa. Tras la noticia de la entrevista entre Gobierno y ETA, la invitación a Rajoy cobraba sentido porque el presidente cumplía su promesa de informar al líder de la oposición. La aceptación de Rajoy venía forzada, porque en caso contrario sería calificado como enemigo del diálogo. Establecidas así las cosas, los dos políticos jugaron al arte de la simulación: gran interés en conversar y ninguno en compartir.

Para escenificar ese guión hay que estar muy concentrado, porque cualquier exageración en el código gestual provoca efectos negativos. No convenía estar muy serio ni muy sonriente; había que parar el tiempo justo ante la puerta del Palacio, pero sin mostrar prisas ni placer en el encuentro. En cuanto al mensaje, De la Vega y Rajoy optaron por el tono tranquilo, sin incurrir en la menor descalificación del oponente, pero dando a entender que el discurso del rival es un homenaje al vacío.