SI el «proceso de pazzzzzz» -que sospechosamente se está quedando, en el lenguaje oficial, en mero «proceso»- marchase razonablemente bien, Zapatero no habría citado a Rajoy por mucho que se lo hubieran pedido esas «altas instancias» perplejas ante el desencuentro del Día de la Constitución, cuando ambos se negaron de forma ostensible y deliberada el saludo. Los lazos de confianza entre los dos están rotos hace mucho tiempo, y lo último que el presidente haría es compartir con su adversario información verdaderamente confidencial; ésa la reparte de modo fragmentado y selectivo entre muy poca gente y muy cercana. Lo que quiere de Rajoy es poco más que la foto, una escenografía sobre la que descargar responsabilidades compartidas en el supuesto de que fracase la tregua. Por desgracia, el consenso entre los dos grandes partidos ya sólo se podría recuperar si se produce un atentado, y francamente para eso quizá sea mejor que continúe el alejamiento.

Zapatero aún cree que su «proceso» está vivo, pero el problema es que tiene cada vez menos margen de maniobra. La opinión pública ha expresado en reiteradas encuestas su nula disposición a cualquier clase de concesiones o precio político, y ningún Gobierno, por muy duro que se pinte a sí mismo, está inmune a cinco manifestaciones masivas. Es cierto que el presidente no ha hecho hasta ahora concesiones graves, pero ha permitido que crezca la sensación de que cedía. No ha entregado Navarra ni la autodeterminación, no ha abierto la mesa de partidos, no ha acercado presos ni ha legalizado a Batasuna, y sin embargo ha propiciado con sus gestos y guiños la percepción de que se ha bajado los pantalones ante ETA. La vista gorda ante la kale borroka (ayer, otro episodio a pleno día) y las extorsiones a empresarios; las entrevistas de Eguiguren y Patxi López con Batasuna, que la han rescatado de la ilegalidad; las instrucciones retráctiles a los fiscales y algunas declaraciones por completo penosas, como la de considerar «hombre de paz» a Otegi, han extendido la idea de que el Estado está en rendición entre una ciudadanía que de ninguna manera parece dispuesta a una solución indecorosa que pisotee la memoria de las víctimas o borre el sentido de la resistencia al terrorismo.

Pero «la otra parte», o sea, ETA y su entorno, quiere contrapartidas, y las quiere ya. No se van a entregar sin nada a cambio, y Zapatero se ha dado cuenta acaso demasiado tarde. Necesita ganar tiempo, acercando presos o dando cancha a Batasuna en las elecciones. Que nadie se engañe; para salvar «su proceso», el presidente necesita más a Batasuna que al PP. Si quisiera consenso, volvería al Pacto Antiterrorista. El reto de Rajoy es cómo modular su discurso para que no le presenten como un trasunto del Doctor No, interesado en que embarranque una oportunidad en la que simplemente no cree. Por eso acude a Moncloa, aunque sin un ápice de confianza ni de optimismo, convencido de que ETA no ha cambiado ni va a cambiar. Por eso y porque en Navidad no resulta educado rechazar una cortesía ni una mano tendida... aunque no se sepa a quién le han tendido la otra.