Max Weber, que estudió a fondo la relación entre religión y política, dejó escrito que la legitimación del poder depende más de la eficacia de una creencia (obedecer es la mejor manera de conseguir el bien de todos) que de las cualidades específicas del gobernante. Según el padre de la moderna sociología, el carisma político es una emanación religiosa; la reelaboración continua y azarosa de un mito ancestral: obedecer al padre es bueno, ya que el padre nos protege.

Cuentan sus biógrafos que Weber, hombre de carácter complicado, tenía bastante mal concepto de España y del modo de ser de sus gentes, después de un viaje mal interrumpido en Burgos. La España de finales del siglo XIX no era el lugar más apropiado para estudiar la influencia de la ética protestante en la génesis del capitalismo, de manera que en sus escritos el sociólogo alemán sólo menciona la Catalunya medieval.

Aun con ese desapego, los vericuetos del denominado proceso de paz pueden observarse con óptica weberiana. Después de más de dos años de cimbreante mandato, ¿está consiguiendo el presidente Rodríguez Zapatero que los españoles le obedezcan con mayor devoción? He ahí el secreto de la entrevista de ayer en la Moncloa: el brillo del carisma en el árbol de Navidad. Es una verdad muy cierta que la gente no vive pendiente de la política y todo indica que su sola mención causa cada vez más desasosiego a un mayor número de personas. Pero estas fechas son verdaderamente importantes para el poder. Con el Parlamento cerrado y la prensa a medio gas, entre turrón y turrón, de una manera espontánea, tranquila y genuina, la sociedad elabora sensaciones y fija opiniones. ¡Infeliz el partido que estos días meta la pata!

Consciente de ello, el Gobierno ha querido acompañar el sosiego navideño de millones de familias con un mensaje de calma y de moderado optimismo: la paz es un bien común y en el País Vasco todavía parece posible, por tanto, vale la pena seguir obedeciendo al cimbreante Rodríguez Zapatero.

Convencido de que la incertidumbre acumulada comienza a dar un brillo opaco al carisma del presidente, Mariano Rajoy, cuya silueta está adquiriendo una enjutez verdaderamente quijotesca, debía ayer marcar distancias sin parecer el antipático Doctor No. La corriente de fondo, de la que el PP está bien informado, aconseja ahora prudencia y sensatez. Sobre todo prudencia, ya que por ahí anda el temido Fouché-Rubalcaba.

Los datos clave juegan a favor del Gobierno, pero el autobús quemado en San Sebastián - un bien común en llamas- estimula la acidez del desaliento: la política parpadea estos días como las lucecitas del árbol navideño. Tenía razón Max Weber en recelar de España, donde jamás ha reinado la ética protestante. En el ruedo ibérico, el carisma y la obediencia se juegan al mus. O sea, al órdago.