El periodista les desea..., de Xavier Bru de Sala en La Vanguardia
Antes de casi todo, en la época de los serenos, cuando algunos éramos pequeños, otros no habían nacido y los que lo han vivido de verdad acarician la edad provecta, había en las casas un cestito de unos seis u ocho centímetros de diámetro, situado en algún cajón del recibidor, que bien podía ser de cáñamo trenzado, con monedas de escaso valor. En mi recuerdo, este cestito aparecía poco antes de la Navidad, y hasta había piezas de diez reales. Pero en su infancia, recordaba mi padre, el cistellet dels pobres,tenía una presencia constante, a lo largo de todo el año, y pautaba la vida de muchas familias, que tenían un día semanal para recibir (visitas) y otro para dar (limosna), de manera que ricos y pobres sabían de sobras cuándo podían acercarse con la seguridad de ser bien recibidos. Desde luego, se trataba de un sistema muy práctico, pues el resto de días reinaba una imperturbable tranquilidad.
Bueno, pues en los sesenta de mis primeros recuerdos, además del carbonero, no sólo pasaban el sereno, el vigilante, el basurero y el barrendero, cada cual con su modesto uniforme de gala - o sea, el de trabajo mínimamente engalanado- a desear felices fiestas. Cuando conseguías abrir la puerta - pues había carreras entre hermanos para llegar primero- te lo encontrabas allí, alto, sonriente, con un fajo de estampitas de reserva en una mano y la otra tendida hacia ti con una. Invariablemente, en un lado había un dibujo, en la otra unos versos de felicitación de lo más entrañable y primoroso. El ritual proseguía con una corredissa hacia donde se encontrara nuestra madre, para, adoptando un posat de milhomes, hacerle entrega del valioso documento y preguntarle: "Mamà, a aquest què li dono?". Había jerarquías, claro. A la cabeza, el sereno y el vigilante, en agradecimiento a sus imprescindibles servicios prestados. En un término medio, el farolero. El amigo Lluís Permanyer debe saber de memoria cuándo electrificaron las farolas, pero fue bastante tarde, pues recuerdo perfectamente al farolero en la Diagonal, abriendo la espita con una llave y acercando su largo palo, más que el fascinante estrenyinador y encima llameante a lo alto de la farola. Lo del farolero, que no fuera de primer rango, me daba un poco de rabia, pero órdenes eran órdenes y por nada del mundo podía uno tomar la justicia por su mano y arriesgarse así a perder la responsabilidad de meter las manos en el cestito. Procedía contar las monedas sin error y entregarlas al agradecido servidor público que esperaba fuera, invariablemente en la escalera y con la puerta no cerrada ante sus narices, que hubiera sido grosería, sino entornada, como mandaban las buenas maneras clasistas.
La cosa languideció cuando ni siquiera se olía la transición, el número de felicitadores profesionales aumentó hasta tal punto que casi hacían cola. Menuda picaresca. Enterraron aquella tradición entre tantos que se apuntaban, venga repartidores, venga electricistas, fontaneros y otros desconocidos tripli o cuadruplicados, qué sé yo. Alguno había que, le saliera de las entrañas o aprovechar para tocar fibras cada vez más resecas, imprimía sus versos en catalán. Pocos y muy al final, según mi recuerdo, pero sin duda meritorios, pues aún le quedaban años de vida al dictador. Ni por esas. A fin de evitar que el cestito se vaciara cada día, la opción preferida consistió en disminuir la cantidad, en repartir el mismo total entre todos los de la procesión, hasta llegar a cifras que, de tan irrisorias, desanimaron por completo a los guardianes y los aprovechados de la tradición.
Se acabó también lo de depositar regalos, al pie de sus hermosos estrados circulares con barandilla, a los urbanos que durante todo el año habían regulado el tráfico en el mismo cruce, que deberían tener como una franquicia. En especial los de la rambla Catalunya, estaban literalmente rodeados de botellas y paquetes la mar de bien envueltos. ¿Cómo se los llevaban, si a cuestas no podían con tantos? Misterio. Nosotros teníamos un urbano predilecto, en Rosselló con paseo de Sant Joan, que invariablemente abría el paso con sus no por rutinarios menos elegantes gestos cuando veía venir el coche de mi progenitor, que nos llevaba cada mañana a la escuela. A ese sí que le preparábamos un pequeño lote e íbamos, en el mismo coche, pues de otro modo no nos hubiera reconocido, a llevarle el tan merecido aguinaldo.
El progreso es imparable. Cuando desaparecieron los distribuidores de estampitas, aumentaron, y de qué manera, las llamadas a la puerta de los que traían regalos: frondosas cestas, con y sin jamón, cajas de cava de madera, incluso champán de la viuda - Cliquot, claro-, bandejas de Vilaplana con botellas, turrones dispuestos en abanico envueltos de azul, puros, litografías... cada año más, para asombro de chicos y ya adolescentes.
A cambio de haberle leído, este periodista también les desea Felices Fiestas.
