Cuando llegan estas fechas me pongo muy contento siempre, por esas pequeñas cosas que te endulzan la existencia. Por ejemplo, la cesta de navidad. Las cestas de navidad siempre ejercieron sobre mí espíritu una acción balsámica de felicidad, casi comparable al rencor que me embarga por no haber tenido ninguna a lo largo de cuarenta años de vida.
Parecerá increíble, pero así como otros suspiran por una concejalía, secretaría de estado, chalet inteligente en la Manga, o el último berrido de coche ultramoderno de quince kilos, yo me muero de placer ante la visión de una cesta de navidad, con su barra de turrón de yema, con su barra de turrón de lo blando, con sus embutidos catalanes o salmantinos -me da igual-, con su botella de cava, con sus mazapanes de Toledo, con la lata de espárragos de Tudela, con todos esas sorpresas gastronómicas que se ocultan en el juego fascinante de medias visiones, en ese descubrimiento incompleto de bultos y formas alargadas, curvas, envases planos y cónicos, reservados a una investigación más íntima y demorada.
Cada vez que alguien llama a la puerta de mi casa me pongo nervioso, pensando que me envían una cesta de navidad, y aunque se trate de un malentendido (ya me pasó alguna vez), la visión rotunda, magnífica, de la cesta, me devuelve por segundos la fe en el progreso de la especie. Y después está esa oportunidad de repartir los artículos de la cesta entre tus allegados y amigos, porque he de aclarar que, después de descubrir los secretos que esconde, a mí el turrón, la botella de sidra champanada y la mortadela de Sajonia, me dan exactamente igual. Es el acto de posesión de la cesta, el momento auroral de su pesquisa y desvelamiento, lo que a mí me encanta; ver los objetos, quitarle los envoltorios de papel Burdeos, ir desplegando fuera de la cesta todas esas maravillas hijas de la sorpresa, ante la mirada interesada del grupo de curiosos que han ido llegando al salón, al reclamo de mis exclamaciones de gozo, de mis arrebatos de satisfacción. Hoy asistimos, sin remedio al declive de las cestas. Ya nadie manda cestas a nadie. A lo más te envían un décimo de lotería que, naturalmente, se muestra esquivo a la suerte, o un juego de botellas de un vino de Almansa en promoción, que acaba sirviendo de ingrediente al rollo de ternera, para darle un toque de sabor al asado. Cuando no te regalan un vale por diez masajes faciales en un establecimiento del extrarradio, con lo que el masaje, y sus efectos relajantes, se va a freir puñetas cuando vuelves del tocamiento con una multa por haber aparcado en lugar indebido, o por sufrir un atasco en Bermúdez de Castro o aledaños.
Así que lo de las cestas es capítulo cerrado en mis ilusas imaginaciones. Pero, como todo consiste en variar la estrategia para seguir disfrutando de las pequeñas cosas, yo me he cambiado de las cestas a las agendas. Ahora me entusiasman las agendas. He descubierto en ellas un mundo de posibilidades mucho más completo y menos efímero que en el mundo de las cestas. En mi centro de trabajo, me han regalado una agenda para el próximo año. Se llama Dietario 2007, y guarda muchos más secretos que una cesta. Abres sus páginas en blanco y te das cuenta de que tienes delante la quintaesencia del misterio. Páginas y páginas de enero, febrero, julio, agosto, noviembre y diciembre, vacías, estremecedoramente extrañas, inaccesibles, silentes. Pero, para compensar tanto vacío, tanta ausencia de certidumbre, el dietario te ofrece unas páginas llenas de ruido y de vida, como si quisieran equilibrar el hielo informativo que envuelve un martes de marzo o un domingo de octubre. Y te encuentras con una lista de hoteles de todas las ciudades españolas donde puedes alojarte (el Palacio de los Velada en Avila, el Condestable Iranzo en Jaén, el Ercilla de Bilbao), con sus direcciones, teléfonos y correos; y aterrizas en unas páginas llenas de nombres de resturantes de todas las ciudades españolas (el Rincón de Pepe de Murcia, el Akelarre de San Sebastián, el Gayarre de Zararagoza), con sus especialidades, horarios, precios aproximados y demás servicios. Y paseas la mirada por la lista de teléfonos Utiles (Cruz Roja, Policía, Renfe, líneas de autobuses, taxis, etc). Y llegas a la lista de aeropuertos, y te enteras de las diferencias horarias internacionales, de los países que adoptan el horario de verano, de los que no cambian en invierno, de las distancias kilométricas entre ciudades europeas, de la moneda extracomunitaria. Y no sigo porque voy a aburrir a las ovejas.
Este es el tiempo de las agendas, no el de las cestas. Las agendas te llenan la cabeza de proyectos, de miedos, de esperanzas. Las cestas te llenan el estómago de frustraciones, mientras te recuerdan la caducidad de los placeres. Las agendas son, por definición, el futuro. Las cestas, el pasado. Tengo unas ganas enormes de empezar a utilizar esas páginas en blanco y, mientras tanto, me entretengo certificando que el uno de abril es San Venancio, y que el cuatro de septiembre hay que felicitar a todas las que se llamen Rosalía. Queridas agendas.
Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de la Universidad de Oviedo.

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