Cuando los socialistas gobiernen, dice Belmonte, de Arcadi Espada en El Mundo
EL CORREO CATALAN
Querido J:
Mereces el regalo que voy a hacerte. Pertenece al extraordinario diálogo que mantiene Juan Belmonte con el miedo. Ya sabes dónde. En Juan Belmonte, matador de toros: su vida y sus hazañas, la biografía que escribió Manuel Chaves Nogales, toda ella en primera persona del singular. Abrete de orejas:
- Dentro de unos años [-habla El Miedo-], a lo mejor, no hay ni aficionados a toros, ni siquiera toros. ¿Estás seguro de que las generaciones venideras tendrán en alguna estima el valor de los toreros? ¿Quién te dice que algún día no han de ser abolidas las corridas de toros y desdeñada la memoria de sus héroes? Precisamente los gobiernos socialistas...
- Eso sí es verdad [-habla Juan Belmonte-]. Puede ocurrir que los socialistas, cuando gobiernen...
Belmonte era un visionario, en el toreo y en la vida. Cuando los socialistas gobiernen. La ministra Narbona, ya gobernante. Habrás oído que se muestra partidaria de unos toros socialdemócratas, sin muerte. Mejor que nadie lo ha dicho nuestro Atleta Sexual en el blog: «Algo que podríamos denominar corridas de bambis». La ministra ha hablado después de que se supiera que el empresario Balañá quiere vender la plaza de Barcelona, una intención que ha causado gran alborozo entre la corrección política catalana. El Belmonte de Chaves estaría feliz. Tenía tanto miedo a salir a la plaza que se aferraba, para llevar un resto de vida digna, a los imposibles de su colega El Gallo: el imposible de que los socialistas gobernasen y el imposible de que aboliesen los toros. Cualquier cosa antes de que triunfara El Miedo:
- Llevas demasiado tiempo tentando a la fortuna [-dice el Miedo-].
- No todo es buena fortuna. Yo sé torear.
- A veces los toros tropiezan, ¿no lo sabes? ¿Qué necesidad tienes de correr ese albur insensato?
- Es que como ya estoy comprometido...
- ¡Bah! ¿Qué importancia tienen los compromisos? El único compromiso serio que se contrae es el de vivir. No seas majadero. No vayas a la plaza.
- No tengo más remedio que ir.
- ¿Pero es que crees que se hundiría el mundo si no fueses?
- No se hundiría el Mundo, pero yo quedaría mal ante la gente...
Ya sabes que Belmonte se pegó un tiro, y no fue por otra cosa que por no quedar mal ante la gente. Disculpa que las citas de este libro esplendoroso no sean más largas. Lo mejor de los toros ha sido la literatura, incluida la de Manuel Vicent y otros amantes inversos. El taurino catalán Oriol Trillas, famoso por su aforismo/espuela Merda de país petit!, sostiene que la decadencia taurina barcelonesa obedece, muy fundamentalmente, a la falta de literatura autóctona. Es cierto que en Barcelona se hicieron Domingo Ortega, Chamaco, Manolete, Camino y José Tomás. Pero no se dio nunca un Vidal. La fascinación de los toros se ha vivido menos en la plaza que en el eco.
Lejos de mi intención proponerte una defensa de la Fiesta. A la hora de las defensas siempre pienso en aquella sentencia de Américo Castro sobre las lenguas, que siempre se defienden solas: «Y cuando esto no ocurre, es que están a punto de dejar de existir, y entonces no vale la pena ocuparse de ellas». Afortunadamente, no es éste el caso de nuestra lengua de toro. Por otra parte, yo creo que la afición a los toros hay que llevarla más con resignación que con orgullo. Hay algo fatal, inexorable, en ir a la plaza. Se parece bastante a la pornografía. Ningún pornógrafo de los que conozco presume de ello, ni mucho menos intenta justificarse con más o menos sofisticados argumentos. Los toros son crueles como la pornografía es humillante. ¿Y bien? El asunto de la pornografía es de un interés notabilísimo, y no un mero recurso de retórica analógica. Cuando un Gobierno combate los toros, las hamburguesas y el vino, los gobernados tienen legítimo derecho a preguntarse qué hace con la pornografía, y no digamos ya con la prostitución. No dudo de que de los toros, de las hamburguesas y del vino se deriven valores inmorales: sí, y es parte de su éxito. Pero estoy esperando a que las señoras Espinosa y Narbona comparen sus efectos con los que se derivan de la observancia de una triple penetración alquilada. El rigorismo es un gran qué, sin duda; pero se lleva muy mal con la probada ductilidad socialdemócrata. Si de la superestructura de los valores pasamos a la infraestructura de la economía, el asunto se ve mucho más nítido, como siempre que interviene el dinero: el toro, la hamburguesa y el vino, aun con Burger King por medio y sumado el vicio, es apenas un montoncito de chatarra respecto del gran negocio pornográfico. Un negocio, por cierto, que a diferencia de los otros tres obtiene su materia prima de la pobreza, la desigualdad y la explotación, y cuya extirpación encaja perfectamente con el recurrente discurso socialdemócrata sobre las causas (justas) del mundo. Y, desde luego, espero que no se alegue que la pornografía es una representación, es decir, un juego que se juega. Puede que un torero sea un tipo de taleguilla rara; pero no hay actor pornográfico que pueda separar vida y trabajo. ¿Juego he dicho? ¿Y bien? ¿Por qué no mandamos a las ministras a que se ocupen también del juego? Hay mucha vida destruida, y una buena literatura médica. Empiecen por Zola.
Los taurinos se equivocan gravemente cuando intentan la defensa de su afición, basándola en la inocencia. A veces, oyéndoles, se creería que atraviesan meros toritos de plástico, y que los animales no son también nuestros animales. Igualmente cuando comparan el toro con la alimentación y sacan el hígado de la oca a engrosar. Quiá, aún no se conoce un griego que haya matado un toro para comérselo. Entre sus habituales argumentos sólo hay uno que tiene sentido profundo: el sacrificio cíclico del toro permite su supervivencia como especie. No es un argumento leve. Entre otras cosas, porque tal vez permita comprobar una diferencia crucial entre hombres y animales que suele pasar inadvertida en estos coloquios. Alude al concepto de individuo, naturalmente. Se ve bien qué pasa con ese concepto en la habitual escena de que un perro muere y su dueño adquiere otro de inmediato, y en la dificultad de que haga lo mismo con una persona. En un cierto sentido, el reino animal está hecho de especies y no de individuos, y no estaría mal que los animalistas se preguntaran si tiene o no sentido sacrificar individuos para la salvaguarda de la especie. Una pregunta que sólo de un modo mucho más incómodo puede hacerse en el caso de los hombres. Es más, y es llamativo: el individuo/toro sólo existe, y durante un cuarto de hora, en la plaza: cuando se anuncia su nombre.
Pero ya incurro en controversia, y por esto voy a acabar aquí la carta. La cruzada contra el vicio es indivisible. Pero me temo que este Gobierno, tan semántico, propone también aquí una definición nueva: el vicio son los otros.
Y lo mío arte.
Sigue con salud.
A.
© Mundinteractivos, S.A.
