La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

23 Diciembre 2006

Cesta de melocotón, de Raúl del Pozo en El Mundo

VICIOS DE LA CORTE

Los amigos que siguen mis crónicas saben que yo cumplo años el día de Nochebuena como Ava Gardner y Jesucristo; por este motivo, el doctor Guillén, que hizo, de momento, mi rodilla invulnerable, me envía una cesta de melocotones de Marchena. A Ava Gardner, Sinatra le regalaba collares de diamantes, a Jesús de Nazaret, los pastores le llevaron caldo a la parturienta. y los Reyes Magos, oro, incienso y mirra.

Giovanni Papini pensó, después de hacerse ateo, que Jesús vino al mundo para traer el perdón al enemigo. Esa doctrina es especialmente útil en este instante, cuando hemos de idear una solución para que los etarras dejen de ser pistolas con ojos. El doctor Guillén, cristiano e investigador de células madre, me recuerda: «Constantino fundó el primer hospital para cumplir el precepto de auxiliar al prójimo con el fin de que los agonizantes de la peste y de la lepra no murieran como parias».

Jesús opuso el Sermón de la Montaña a la venganza romana, que era la civilización, la Justicia democrática. Octavio, a un condenado a muerte que le pedía por lo menos sepultura, le respondió: «Eso es cosa de buitres». Llegó aquel vagabundo, caminando entre pescadores y campesinos, y dijo, mientras Magdalena le invitaba a una sauna, lavándole los pies con los cabellos: «Bendecid a los que os maldicen».

Dios hace que el Sol se levante, también sobre los malvados, cuando por España cruza la sombra de Caín. Eso se lo decía yo a Camilo José Cela: «He dejado de odiar a mis enemigos»; el obispo de Iria me contestaba: «Te equivocas. A los enemigos hay que desearles que mueran entre terribles dolores». Era pura pose de ogro, boutade de tremendista.

El carácter español tiene un fondo kabileño; Julio César habló a los hispanos: «Habéis aborrecido siempre la paz de tal manera, que nunca pudo Roma dejar de tener entre vosotros sus legiones». La raza española es fácil para la saña, y los nacionalistas, armados o no, nos están dando el siglo. «Estas gentes que llevan barretina -escribe Baroja- que es como un calcetín en la cabeza, o esos vascongados de Bilbao, que gastan una boina tan pequeña que parece un solideo, no pueden discurrir como nosotros». Odian el castellano porque ha sido el vehículo de las ideas liberales, detestan a España porque para ellos la patria es la Iglesia y los presupuestos del Estado. Cuando Baroja o Cela leían a los escritores catalanes les parecía que estaban en el gabinete de un dentista.

Grecia y Roma, manantiales de toda moral, no entendían el amor por los enemigos. La lechuza sagrada de Atenea recordaba que la risa más placentera es reírse del enemigo. Aristóteles pensaba que no resentirse por las ofensas es propio de un hombre vil y esclavo. Jesús, desde los melocotones de oro del doctor Guillén, me convence de que los malos no se hacen mejores por la venganza.

© Mundinteractivos, S.A.

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