SI alguien despistado, principalmente procedente de la crispación madrileña, se hubiera acercado al Parlament de Catalunya ayer por la tarde, no hubiera entendido nada: allí estaban en amigable armonía - eso que hoy se define como de buen rollo- diputados de los diferentes grupos parlamentarios cantando villancicos y brindando con cava. Que esa escena se produzca semanas después de las elecciones catalanas y tras el clima de tensión político que supuso la reedición del tripartito y el desplazamiento a la oposición del partido ganador, Convergència i Unió, es sin duda un signo de madurez y ejemplifica muy bien lo que se ha dado en denominar el oasis catalán. Discusiones sí, diferencias también, pero todo dentro de un clima de una cierta tolerancia. Imbuidos de este ambiente prenavideño, José Montilla y Artur Mas se emplazaron a mediados del mes de enero para tratar de alcanzar un acuerdo en los grandes retos que tiene delante Catalunya y en todo lo relativo al desarrollo del Estatut. No se avanzó más en el Parlament, pero sí se vislumbra un cierto deseo de Montilla de contar con CiU, y de los nacionalistas de no quedar descolgados en los prolegómenos del partido y con dos elecciones por delante: las municipales y las generales. Veremos qué acaba quedando de todo ello en el ya inminente 2007.