PRISMA

Vivimos en una sociedad que es la nuestra, la que entre todos hemos optado por construir.No es ni mejor ni peor que otras, pero de vez en cuando, no estaría de más echarle un vistazo para saber hacia dónde nos encaminamos.Las estadísticas dicen que la tendencia es hacia un envejecimiento progresivo. Las personas mayores viven más años y la gente joven no tiene hijos. La inmigración va a cambiar eso, en beneficio de todos, de modo que no llegue el momento en que sea inviable seguir manteniendo la maquinaria económica y social de nuestro país, al estar todos jubilados.

Las personas nos hacemos mayores. Aprendemos, adquirimos experiencia, no sólo en habilidades laborales, sino también en el manejo de la vida, hasta alcanzar, por regla general, cierta sabiduría que no dan los libros. Nuestros cuerpos cambian, sufren achaques, pierden agilidad y capacidad de respuesta. Aun así, la aportación de las personas mayores a la sociedad es fundamental. Quizás ya no están en activo generando riqueza para las empresas, cotizando y pagando impuestos para financiar los servicios y las infraestructuras.Eso ya lo han hecho. Pero siguen aportando su trabajo en las familias, supliendo al Estado que no pone suficiente empeño en la conciliación de la vida familiar y la laboral. Los avances del primer mundo permiten también a esas personas, aunque no en todos los casos -el Estado parece creer que cuando nos hacemos mayores adquirimos la capacidad de vivir del aire, vista la media de las pensiones-, tener una vida activa.

La mayoría de personas mayores están en pleno uso de sus facultades mentales y físicas. Sin embargo, los jóvenes, deslumbrados por la falacia que les hemos hecho creer, según la cual sólo el esplendor de la juventud es sinónimo de plenitud, de ser alguien en este mundo feroz, no tienen ni idea de con quien están tratando cuando se relacionan con esa franja de población que se decidió bautizar con el eufemismo de la tercera edad.

Cada vez es más habitual que los jóvenes muestren un manifiesto desprecio por las personas mayores, como si sólo ellos, carentes de experiencia, incapaces de sacar solos sus vidas adelante, arropados por padres parasitados, apalancados en la comodidad, el desenfreno del consumo y la obsesión por inmediatez de resultados y satisfacciones, supieran lo que es la vida. La peor falta de respeto es la que se disfraza. Y en eso, nuestra sociedad, que rinde culto a la juventud, ignorante y soberbia, es una experta.Produce vergüenza ajena ver y oír el trato que se dispensa a las personas mayores, ya sea en los ambulatorios, en las residencias, en las consultas, en las instalaciones deportivas, en los casales y centros de día, en cualquier lugar, en definitiva, donde las personas mayores no son del todo invisibles. Se las trata como a niños de un parvulario o como a personas discapacitadas con el cerebro reblandecido, ofendiendo su dignidad, relegándolas a un estadio en el que se les niega la voz, la responsabilidad personal, la capacidad de decidir sobre sus propias vidas. Las personas mayores siguen siendo personas. Los avatares de la vida les han dado maestrías para sobrevivir, que los jóvenes no tienen.Afrontan situaciones difíciles, sienten pasiones, disfrutan de las cosas, tienen planes, sueños, aspiraciones, piensan, están vivas y apuran el presente.

Quizás las autoridades y los responsables de los centros que nuestros mayores frecuentan deberían plantearse impartir una serie de cursillos de educación básica a los empleados que están en contacto directo con clientes de cierta edad, para que no ofendan a los usuarios con su lenguaje infantil y su tono condescendiente.

© Mundinteractivos, S.A.