He oído decir en los coches de cuadrillas que los toreros de antes se lavaban las partes en el pilón de los caballos. He recordado en pesadillas el momento en el que Pocapena introduce el cuerno en el ojo derecho de Granero hasta la sesera. He recordado el poema de Lorca, el de las campanas de arsénico, los algodones y el óxido. He leído muchas veces que el toreo es el residuo de la España de los señoritos ecuestres que refrescan manzanilla, la de las taconeras rocieras, la de los nazarenos que llevan a vírgenes de la jet, la de la gente que no fue capaz de hacer la reforma agraria.
En las corridas, según los ilustrados, se ven los espectros de la Inquisición, con sus alguacilillos y sus clarines del miedo. También he sabido que Goya, Picasso y Alberti se vestían de luces para ligar, como otros se disfrazan de curas o de bomberos. La cima del ingenio español, de las pinturas negras a El Guernica, se basa en la muerte, el toreo y la Guerra Civil; la Historia se resume en dos: Lagartijo y Frascuelo; derecha e izquierda; República y Monarquía; división de opiniones, no de poderes; bipartidismo a cristazos. Cuando los terratenientes no pueden alancear toros, alancean jornaleros y cuando los jornaleros no pueden capear becerros, capean curas.
Desde que Pío V promulgó la bula De Salute Gregis (por la que se condenaba con la excomunión al que organizara corridas y burlara toros), hasta anteayer, cuando Cristina Narbona propuso que el toro no muera en la plaza, como ocurre en Portugal, han pasado 439 años de prohibiciones, bulas y pragmáticas; y como el pueblo ha desobedecido a los papas y a los reyes, hay que avisar a este 'Robespierre' zen, leonés sin guillotina, con sensibilidad de monja belga, a este 'Conde de Aranda' no bisojo, que no abra más frentes en la España de las trincheras; no se puede enfrentar a la vez con los paralíticos, los yankees, los cardenales, los caídos por Dios y por España, y además con la Fiesta Nacional que apasiona a una porción de españoles hasta el punto de que en algunas épocas vendían las camisas para ir a las plazas. Yo he visto como las mujeres se acercaban a El Cordobés para que bendijese a sus criaturas.
Más vale que quite los latifundios a los señoritos, que intente prohibir el volapié y las tardes donde, según Camilo José Cela, la sangre tiene sabor a vino y las moscas muerden como hienas. Para los taurófilos en la plaza, el pan aún huele a niño tierno; para los taurófobos, es repugnante que un cobarde pueda comprar con dinero el derecho de ver como otro hombre se expone a que lo maten.
Felipe II, Felipe V, los papas, Carlos III, Godoy, el Conde de Aranda y otros intentaron prohibir los toros, y siempre el pueblo se pasó las prohibiciones por los huevos.
© Mundinteractivos, S.A.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados