La propuesta de la ministra de Medio Ambiente para que en las corridas de toros se suprima la suerte de matar, de tal manera que la fiesta pierda su carácter español y se asimile al modo portugués, ha causado una cierta conmoción, que podría ir en aumento si el propósito gubernamental se confirma y avanza. Por este asunto y el escándalo de Air Madrid se ha introducido una cierta sordina o distracción en el conflicto político de las negociaciones entre el Gobierno y ETA, cuya realidad ya casi nadie discute. El ministro del Interior, Pérez Rubalcaba, ha comparecido ante los periodistas para matizar los hechos, pero lo único que ha logrado es confirmar que los tratos con los dirigentes de la banda terrorista, presentados hasta casi última hora como una situación terminal, tienen en realidad muy difícil retroceso, al menos en el sentido de que la tregua o “alto el fuego permanente” vaya a tocar pronto a su fin. O sea, que disfruta de alguna buena salud.
Nuestra historia refleja una alternancia de circunstancias graves con episodios anecdóticos estruendosa. Aunque verdaderamente importante es ahora lo que el Gobierno pacte con ETA a espaldas del pueblo y de su representación parlamentaria, al Ejecutivo casi no le viene mal que surjan factores de “distracción” o incluso que estos factores superen los cálculos preestablecidos. Desde luego no parece fortuito o inocente que la ministra Narbona haya provocado un conflicto relacionado con el futuro de la fiesta nacional. Tampoco da la impresión de ser una bagatela que el impulso del laicismo haya desembocado en aparentes nimiedades como la ofensiva contra los “belenes” de Navidad en algunos centros caracterizados por adornarse con ellos. Posiblemente convenga no tocarle oficialmente la sensibilidad a un ámbito de costumbres populares. Muchas veces la fe religiosa auténtica es ajena a los cultos supersticiosos y, sin embargo, posee menos arraigo y vigor que éstos.
A propósito de una posible desnaturalización de las corridas de toros, que ya están como fiesta en estado de moribundia a escala catalana, se ha recordado en algunos círculos el famoso motín de Esquilache, que provocó en 1766, durante el reinado del ilustrado Carlos III, una verdadera conmoción popular en Madrid. Una orden de aquel ministro italiano obligaba al pueblo, bajo pena de multas y cárcel, a dejar de usar la capa larga y el sombrero de amplias alas a favor de la capa corta y el sombrero de tres picos. El tumulto consiguiente fue tremendo. Una verdadera sublevación que puso en aprietos a la tropa. La oleada de indignación llegó a las puertas del palacio real. Se dieron gritos de mueras al ministro y vivas al rey y a España. Esquilache fue quemado en efigie. En la Plaza Mayor, las tropas valonas del rey dispararon contra el pueblo. Al final, Carlos III tuvo que doblegarse y Esquilache y su familia fueron desterrados a Nápoles. Los disturbios se habían extendido por diversas provincias, pero lo paradójico fue que, una vez sofocado o acabado el motín, los nobles y la Corte asumieron el uso de la capa corta y del famoso sombrero de tres picos. La moda acabó imponiéndose y generalizándose. La “erupción” se apagó y todo pasó al recuerdo de los pintoresquismos españoles, no exentos aquella vez de xenofobia.
¿Qué ocurrirá en España si “los toros” dejan de ser lo que son? Desde luego, nada parecido al motín de Esquilache en versión sui generis. Lo más probable es que la ministra Narbona, ya bastante impopular por la política hidráulica, se olvide de esta aventura de cuernos. Pero hasta podría ocurrir que en tiempo de elecciones algunos ciudadanos, y no pocos ciertamente, recuerden el asunto a la hora de acercarse a las urnas. En cualquier caso, la señora Narbona ha tenido una mala ocurrencia. Y no sólo ante Madrid, aunque Cataluña se haya sentido ajena e indiferente. España y los toros están demasiado vinculados.

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