Hoy en Moncloa se representa el drama de la división frente al enemigo común, de Antonio Casado en El Confidencial
Esta mañana, en Moncloa, Zapatero y Rajoy, con pena y sin gloria. Una filtración reventó la cita el miércoles pasado. Y ahora seguimos hablando más de la filtración, confirmada ayer en las páginas de El País. Efectivamente, hubo encuentro Gobierno-ETA en un punto de la Unión Europea. Según Moncloa, no para dialogar sino para tener información sobre las intenciones de la banda terrorista. No para verificar su voluntad de poner fin a la violencia sino de continuar con el "proceso".
Si aceptamos que dicho encuentro secreto -a voces, claro, como se ha visto- no puede computar como el inicio oficial del diálogo con la banda, será porque le concedemos una vez más el beneficio de la duda al Gobierno. De lo contrario, habría que reprocharle el incumplimiento de su propia regla de oro: con violencia no hay tratos. Lo prometió Rodríguez Zapatero este verano en los pasillos del Congreso.
También se comprometió a evitar que Batasuna se presente a las elecciones municipales de mayo si no se atiene a la Ley de Partidos Políticos. Eso también lo firma Mariano Rajoy, pero el líder del PP no se debe fiar mucho cuando, junto al fin de los tratos con ETA y la vuelta al Pacto Antiterrorista, lo convierte en una de sus tres principales exigencias de hoy a Zapatero. "Ni listas blancas ni listas negras", comentaba ayer con su gente en Guadix al explicar que apremiará al Gobierno para impedir que los mismos perros con iguales o distintos collares vuelvan a sentarse en los Ayuntamientos vascos.
En todo caso, Rajoy acude a encontrarse con Zapatero con la sensación de que éste le ha vuelto a engañar. El propio significado de la cita de hoy en Moncloa se echó a perder con la filtración del miércoles en dos periódicos vascos. La rueda de prensa de Rubalcaba pretendió remediarlo, al menos en parte, pero lo único que consiguió fue envenenar más el ambiente previo, porque la voluntad de acercarse al PP no es sincera. Si algo ha quedado bien claro tras los acontecimientos de esta semana es que la mejora de las relaciones con el principal partido de la oposición no es una prioridad del Gobierno.
Eso nos lleva al fondo de un drama nacional con tres protagonistas. PSOE, PP y ETA en cada una de las tres esquinas del escenario. El partido que gobierna, el que puede gobernar y un enemigo común, donde el primero trata unilateralmente con el enemigo común mientras el segundo boicotea el trato. El drama asoma en el cariz que ha tomado la situación en estos últimos meses. Según la lógica interna de la operación diseñada por el Gobierno, el fin de ETA se ha convertido en algo incompatible con un eventual rencuentro PSOE-PP en la tarea, que ya no es común, de acabar de una vez por todas con esta lacra.
Por decirlo de otro modo. Acabar con ETA ya no aparece como aspiración de millones de ciudadanos a la izquierda o a la derecha del sistema, sino como la tarea de solo uno de los dos grandes partidos nacionales. Con la enemiga del otro. Pero, salvo la muy improbable hipótesis de que ETA desaparezca a corto plazo, el otro tendrá que terminar el trabajo. Ese momento puede ser tremendo si la tarea, tal y como la ha diseñado Zapatero, sigue adelante sobre bases tan endebles como el enfrentamiento de los dos grandes partidos nacionales. El tremendo peso de esa verdad objetiva hace irrelevante la discusión sobre cual de los dos tiene más culpa.
