Cambiar de discursos y de pases cuando haga falta", tal como piensa Zapatero que es la democracia -según se lee en la página 269 del polémico libro de Gustavo Bueno- es, precisamente, lo que ocurre en este país desde hace treinta años. Obviamente, esa versatilidad, sólo es posible en una democracia liberal pero no en las democracias orgánicas. Aprovechando esa licencia política, muchos convinieron -tácita o expresamente- en que una vez instituida la democracia liberal ya no era necesario ser rojo -o sea, antifranquista-, porque la historia ya era otra muy diferente; por lo tanto, la conducta personal tendría que ser distinta. Esto facilitó muchísimo la evolución rápida del pensamiento político en la sociedad española. Sin embargo, a mí me parece que Gustavo Bueno se anticipó a la época para darle un giro de 180º. Los primeros en sorprenderse por ese cambio metapolítico de quien, hasta entonces, había sido su guía, como, filósofo marxista, fueron los mineros asturianos de las Cuencas, que eran los que aún conservaban el ideal histórico del movimiento obrero en Asturias. (Aunque también por poco tiempo...). Ese cambio de agujas del pensador provocó en su entorno un enorme revuelo: por una parte, quienes le habían considerado, hasta entonces, su ídolo preferido, empezaron a rechazarlo; mientras, por el otro, los que antes le detestaban por su ostensible izquierdismo, iniciaron su caluroso aplauso que todavía dura. Mas, este cambio de papeles en la opinión pública, que se mueve a su alrededor, nunca le afectó en lo más mínimo.

Que Gustavo Bueno ha "cambiado de discursos y de pases" (palabras y ritmos) queda clarísimo después de una atenta lectura de su Zapatero y Alicia. En este libro se condensa una buena parte de su talento puesto, ahora, al servicio de unas ideas que nunca desaparecieron del mapa político español del siglo XX: las que son propias del escolasticismo franquista , con las que durante casi medio siglo se sellaron las bocas discrepantes en este país.

Pero si el maestro Bueno hubiera preferido dedicarse -ahora, precisamente- a escribir novelas sobre los celtas, probablemente habría ocurrido aquello que decía Sartre, en Les Temps Modernes, de los escritores de su época que consagraban sus vidas a escribir novelas sobre los hititas, mientras escurrían el bulto con respecto a los problemas de su tiempo: "Su abstención sería por sí misma una toma de posición". Y añadía que cada uno "mide su responsabilidad de escritor".

La medida de Gustavo Bueno coincide con la de los neofranquistas (neofran), uno de cuyos medidores más exactos es el escritor Pío Moa, a quien el filósofo incluye en una lista de "gente tan importante como la formada por Enrique Moradiellos, Preston o Tusell, por un lado, y Pío Moa, Antonio Sánchez y José Manuel Rodríguez Pardo; por otro... (Zapatero y Alicia Pág. 72). ¿Cuál es esa medida...? Quizás, la que sugiere Alberto Reig Tapia -catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Tarragona-: "Salvarle un poco los trastos a Franco ante la historia se ha convertido en un provechoso y lucrativo negocio". (Anti Moa. Pág.210. Ed. B. Noviembre, 2006).

La simpatía que el filósofo le dispensa al citado apologeta del escolasticismo franquista podría confundir a más de uno, entre tantos como tienen a Gustavo Bueno como un intelectual dotado de un sentimiento rigurosamente aristocrático -muy jerarquizado- sobre todo cuanto le concierne a la inteligencia; precisamente, cuando entre el gremio de historiadores universitarios son muchos los que consideran que el señor Moa es un "historietógrafo"... (El ovetense Enrique Moradiellos lo juzga más generosamente: le considera un "ensayista"). No obstante, es probable que el filósofo tenga sobradas razones para alinearse con los ultrarrevisionistas de la historia de los últimos sesenta años del país. Esta evolución suya -personalísima- no ha sido repentina, ni -así quiero creerlo- interesada, sino gradual, muy bien medida desde la epístola -sus lecciones de marxismo a los mineros- hasta el evangelio: Zapatero y el pensamiento Alicia.

En el nuevo pensamiento Bueno hay más cálculo que espontaneidad; consecuente con su cuadriculado pensamiento, procura no dejar cabos sueltos que, en la siguiente etapa -si la hubiere- se le pudieran convertir en pesadas maromas. Aún así, a veces el filósofo parece dejarse llevar de impulsos repentinos, difíciles de controlar. Por ejemplo, como cuando arremete contra el filósofo Jürgen Habermas por considerar que fue injusto concederle el Premio Príncipe de Asturias, "cuando todavía Joaquín Ruíz Jiménez -o incluso Luis del Olmo- no lo han recibido". A cualquier lector medianamente avisado, leyendo esto (pág 56), se le enciende la bombilla de las ideas y exclama: "O incluso Gustavo Bueno". Esa andanada no sólo va contra Habermas y la Fundación que concede los Premios, sino también contra esa "izquierda democrática" habermasiana que piensa que "hablando se entiende la gente". Por lo visto, también es lo que piensa el Rey de España...

La cita que hace de Ruíz Jiménez se entiende cuando se avanza en la lectura de esa misma página: Los tiempos de Cuadernos para el Diálogo (revista democrática fundada por Ruíz Jiménez, en 1960) eran los tiempos del "diálogo entre marxistas y cristianos..." ¿Fundamentalismo democrático...?.

Hay quien lo interpeta así.

Entre los recuerdos que conservo de aquella época está el de la lectura de una lúcida crítica que Gustavo Bueno había escrito para la citada revista democratacristiana; en la que ponía como hoja de perejil a la cerrada sociedad ovetense, sometida todavía a la férrea autoridad a los "pater-familiae", tan ultraconservadores. Los progres de la época (marxistas, izquierdistas democráticos, habermasianos o buenistas; a menudo, ambas cosas a la vez) estaban muy lejos de pensar -ni soñándolo- que llegaría un día en el que su filósofo dilecto, referencia y guía para la resistencia antifranquista, se convertiría él mismo en uno de aquellos "pater-familiae" del siglo XX. Pero fueron muy pocos los buenistas que se quedaron huérfanos. La mayoría siguió andando tras el maestro.

Lorenzo Cordero. Periodista.