El tiempo parecía haberse detenido cuando visité hace unas semanas la plantación Hampton, en Carolina del Sur. El sol otoñal, el silencio y el plácido entorno transmitían una grata sensación de serenidad. Sólo faltó conocer la historia del roble majestuoso que aún resiste frente a la mansión del siglo XVIII, de estilo georgiano. En 1791, el primer presidente de Estados Unidos, George Washington, visitó el lugar durante su gira por el sur. Las entonces propietarias de la finca, Eliza y Harriott Pinckney, le pidieron consejo sobre si debían eliminar el árbol para disfrutar de mejor vista desde el pórtico. El presidente les dijo que le gustaba y las animó a conservarlo. Desde aquel día, hace 215 años, se le llamó el roble de Washington. Y ahí sigue, en compañía de otros ejemplares colosales. Ha sobrevivido guerras, terremotos y huracanes. El ciclón "Hugo", en 1989, lo desmochó, pero no pudo con él.
La plantación Hampton, en el delta del río Santee, permite reconstruir en la memoria lo que significó la cultura del arroz en esta región del país. Aquel auge económico fue sólo posible gracias a la mano de obra esclava traída de África. La exportación del arroz, del algodón y del tinte de índigo eran la base de una economía que se quebraría con la guerra de secesión. La mayoría de plantaciones acabaron convirtiéndose en fincas de recreo particulares, atracciones turísticas gestionadas comercialmente, cotos de caza o explotaciones madereras. Algunas se han urbanizado parcialmente y otras son alquiladas como platós cinematográficos.
La perla de la zona es Charleston, una de las ciudades más bellas de Estados Unidos. Su centro histórico está cuidado con primor. En un buen destino para sibaritas. Abundan los buenos restaurantes, las tiendas atractivas y los hotelitos románticos. Sus vecinos tuvieron la clarividencia, en 1920, durante la eclosión del automóvil, de oponerse a la ampliación de las calles. Unos años después se aprobó allí una legislación pionera de protección de estructuras históricas. Visita obligada es el monumento nacional de Fort Sumter, el islote artificial, en la entrada del puerto, donde comenzó la guerra de secesión el 12 de abril de 1861. Las tropas federales del mayor Robert Anderson, refugiadas en el fuerte, se rindieron a los confederados tras un asedio de 34 horas.
De Charleston me llamaron la atención un par de historias curiosas que desearía reseñar:
La espía nazi y Kennedy
En plena II Guerra Mundial, uno de los amoríos del joven John Fitzgerald Kennedy fue una periodista casada y de origen danés, Inga Arvad, admiradora de Hitler y sospechosa de espiar para los nazis. Por motivos de seguridad nacional, pues el padre del futuro presidente era embajador en Londres, la relación despertó el interés del FBI, que vigiló los pasos de la pareja. Kennedy, entonces en la Navy, desempeñaba un trabajo administrativo en Charleston. Kennedy y Arvad tuvieron al parecer varios encuentros furtivos en un hotel de la ciudad. El FBI había colocado micrófonos en la habitación. Alertado Joseph Kennedy de que el peligroso "affaire" continuaba, movió hilos para que su hijo fuera trasladado al frente del Pacífico. Su heroísmo en la guerra contra los japoneses resultó fundamental para presentar un currículum adecuado cuando aspiró a la presidencia, años después.
El musgo español
Una de las estampas más características de Charleston y de las plantaciones cercanas es el "Spanish moss" (musgo español) que cuelga de los árboles. Se trata de una planta aérea ("tillandsia usneoides"), de la familia de las bromeliáceas. No es un parásito. Se nutre del aire y del agua. Cuelga de las ramas de los robles y de los cipreses autóctonos, dándoles un aspecto entre fantasmagórico y mágico. En Savannah (Georgia) es también muy abundante.
Afirma la leyenda que el origen del musgo español procede de un cubano que quiso instalarse en la región junto a su prometida, una española muy hermosa y de larga cabellera, negra como el azabache. Buscaban juntos un lugar para montar una plantación cuando fueron atacados por los indios cherokee. La pareja murió. Como advertencia a otros intrusos, los cherokee cortaron la cabellera de la chica y la dejaron colgada de la rama de un roble. Al día siguiente, y en semanas sucesivas, los indios volvieron al lugar y comprobaron que la cabellera de la chica se había marchitado y vuelto gris. Pero lo que más les asustó es que aparecieran cabelleras idénticas sobre otras ramas del árbol. El fenómeno se extendió luego a otros árboles. Los cherokees se sintieron perseguidos por un maleficio y optaron por abandonar sus tierras ancestrales en la hoy Carolina del Sur. La leyenda afirma que, aún hoy, si uno se coloca bajo un roble con musgo español y se concentra lo suficiente, oirá los gemidos de la muchacha española y verá saltar las cabelleras de árbol en árbol.
La Cocina de Jestine
En Charleston son muchos los restaurantes recomendables, pero hay uno singular. Jestine"s Kitchen (251 Meeting Street) es un local pequeño, económico y con mucho sabor y tradición. Debe su nombre a Jestine Mathews, que murió en 1997, a los 112 años. Hija de un esclavo, Jestine trabajó como empleada de hogar, durante varias generaciones, en la casa de la propietaria del restaurante, Dana Berlin. Cuidó de ella y de su madre. Era una mujer muy bondadosa. "Tuvo tres maridos y no mató a ninguno", bromeó Dana. Cuando ella abrió el restaurante, le puso el nombre de Jestine como homenaje. Pensó que era una bonita manera de perpetuar su memoria. En "Jestine"s Kitchen" se comen platos muy populares de la región, como el Okra Gumbo, (con quingombó –verdura- y tomate), el arroz rojo (con tomate), pollo frito al estilo del sur y varios pescados. De postre, la especialidad de la casa es el pastel de Coca Cola. En realidad se trata de un pastel de chocolate, pero en vez de azúcar se añade la bebida refrescante. Su origen se remonta a la II Guerra Mundial, cuando había escasez de azúcar. Lo encontré delicioso.

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