DECADENCIAS
En 1972 un director norteamericano, supongo que perdido ahora en las playas de Goa, Conrad Rooks, llevó al cine la novelita de Hermann Hesse Siddharta, película que ganó aquel año el León de Plata de Venecia, y que por no sé qué laberintos no se estrenó hasta 1996 y en España (y minoritariamente) ahora. Hesse (1877-1962) es un novelista alemán -quizás haya que recordarlo hoy- que sólo tiene defensores o detractores, nunca término medio. A veces tuvo, en vida, mucho éxito -durante la Primera Guerra Mundial, por ejemplo- y a veces ninguno. Un zig-zag continuo, cuyas alzas suelen coincidir con periodos de crisis o renovación, cuando los jóvenes buscan caminos nuevos que -a menudo- creyeron hallar en sus novelas menos enjundiosas pero más iniciáticas, no El juego de los abalorios o Narciso y Goldmundo, sino en El lobo estepario, Demian o Siddharta, una parábola que se editó por vez primera en 1922, tiempo de enorme crisis para Alemania.
La película del fugitivo Rooks (que sepamos sólo hizo otra y antes) está rodada en la India, con actores hindúes, canciones locales y mucha música de sitar. No sale ni un occidental, pero su director la pensó, sin ningún género de dudas, para occidentales y para jóvenes. Para tantos chicos y chicas como por aquellos años -finales 60, primeros 70- imbuidos plenamente del espíritu de la contracultura, del orientalismo hippie o beat y de los libros sobre zen de Allan Watts buscaban un mundo distinto, fuera del sistema que aún rige, y que naturalmente les ahogó.
Supongo que ahora la Siddhartha de Rooks -pese a algunos planos muy bellos- sonará a ñoña. La juventud no ha seguido ese camino o no necesita teñirlo de hinduismo de estampa. Pero para los que en 1972 teníamos 20 años y habíamos leído a Hesse (para mí Demian fue una revelación a los 19) la película, que hoy casi nada nos dice y que entonces probablemente nos hubiera encantado, es un nostálgico viaje a aquel tiempo perdido.
De los sueños contraculturales y del afán de ser un drop-out, es decir, un automarginado, alguien que rehúsa esta sociedad bienpensante, muy poquito quedó. Hermann Hesse (premio Nobel en 1946) es hoy una enorme ausencia en las librerías, y su prédica de experimentarlo todo y abrirse a todo para al fin, pacíficamente, ser tú mismo, autorrealizarte, su mezcla de budismo y libertad individual, o se lee de un modo más dramático o nada parece tener que ver con la juventud de ahora, lo que querría decir que o bien esa juventud no está en crisis o que la crisis es tan total -yo iría por ahí- que ya poco valen paños calientes como Siddhartha o Demian. Todo es muchísimo más trágico y espantable.
Pero, como sea, quien pueda (quien entonces tuvo 20 inquietos años) bien vale que haga esta excursión por un remoto río. Verá qué inocentes pudimos ser, cuánto se ha complicado la vida, qué cochinos capitalistas nos hemos vuelto, y en fin (más allá del lírico valor de Hesse) la gran razón del poemita de José Emilio Pacheco Reunión de antiguos alumnos: Ya somos /todo lo que odiábamos/a los veinte años. Eso mismo.
© Mundinteractivos, S.A.

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