La Coctelera

Caffè Reggio

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17 Diciembre 2006

Se va De Torres, el más serio del Dragon Khan, de Enric Juliana en La Vanguardia

CUADERNO DE MADRID

Son días éstos de muchos coches aparcados en doble fila. Espalda de cordero, dorada a la sal y toda la peña de la oficina en el restaurante, así en el barrio de Salamanca como en el distrito de Chamartín. Habría que retratar en blanco y negro esas cenas laborales para dentro de unos años poder decir: así éramos en los tiempos de aquí hay tomate, cuando la fragilidad y la confusión todavía parecían confortables. España es una migraña que no cesa, una farsa o un polvorín, pero comer, se come.

Y se brinda. La señora Esperanza Aguirre Gil de Biedma lo hizo con cava catalán el día de la Constitución y está un poco enfadada porque La Vanguardia no dio puntual noticia de ello. Subsanada la omisión, hemos de añadir que en Madrid se vuelven a impartir clases de catalán en la intimidad, en previsión de que la partida PSOE-PP acabe en empate: lo de ETA está abollando a Zapatero, las municipales serán de órdago, y aún acabaremos en la plaza de Colón cantando aquello de "Pujol, guaperas, habla lo que quieras". Estamos exactamente a mitad de camino del drama gótico y la comedia versallesca. No le quepa duda al lector de que tardaremos tiempo en oír de nuevo a Aznar profetizando la carnicería de los Balcanes -ese gesto doliente, esa mirada torva-.

Lo cual tampoco quiere decir que se imponga la España plural, dulzona y de Hansel y Gretel. El momento es incierto, y la oposición navega con las luces medio apagadas para evitar que los cascotes del fracaso le caigan encima si lo de ETA acaba mal, por haber dicho tan alto y tan claro que no, que no y que no.

Hay muchos coches en doble fila estos días en Madrid y también algunos mensajes en doble dirección: cursillos de catalán por lo que pueda pasar y el nuevo aserto tecnocrático de que la solución, la Gran Solución, es una España más centralizada. Un día lo dice el Círculo de Empresarios a propósito de la inmigración; otro día, la Confederación Estatal de Sindicatos Médicos, y el otro, María Jesús Paredes. La líder de Comisiones Obreras de la banca se ha mostrado muy locuaz en la reciente conferencia económica del Partido Popular, donde se han oído propuestas muy vehementes en favor de una reforma de la ley electoral que reduzca el peso de los partidos periféricos.

Mucho más atenta a la coyuntura, la señora Aguirre Gil de Biedma -"la Presidenta", dicen en Madrid-, habló el lunes en catalán en el Cercle d´Economía. Si en vez de ser paradójica y algo italianizante, esta crónica tuviese el nervio y la fibra de ese periodismo madrileño que antes de salir de casa se bebe un vaso de Licor del Polo, que te vas a enterar, que soy liberal de toda la vida, diríamos acto seguido que vino a Barcelona a visitar el siniestro campo de concentración al que han sido deportados los empleados de la Comisión del Mercado de Telecomunicaciones, y nos quedaríamos tan panchos. ("No es una deslocalización, es una deportación", dijo la Presidenta cuando los tiempos eran balcánicos, el gesto, doliente, y la mirada, torva. Hace tan sólo ocho meses.)

Pero son días éstos de doble fila y doble dirección. "Nada es exactamente lo que parece. Un foso parece separar Madrid de Barcelona, pero cada vez hay más catalanes que quieren presentar sus proyectos en Madrid, y crece el número de universitarios catalanes en las facultades madrileñas. Cuando el AVE llegue a Barcelona, un cierto cuadro mental va cambiar", dice la última cartografía de Santiago de Torres, delegado de la Generalitat en Madrid. De Torres se va, y ahí queda eso: la delegación ubicada en la antigua sede del Movimiento en la calle Alcalá, donde los correajes de Utrera Molina; la librería Blanquerna vendiendo cinco veces más; un centro cultural con actos en lista de espera y muchos secretos que guardar.

Médico -anatomista de la política, por tanto-, irónico y buen conocedor de las tuberías madrileñas, De Torres ha sido uno de los hombres más serios del mandato Maragall. Sin su prudencia, el Dragon Khan tripartito podía haber acabado mucho peor que el tiovivo enloquecido de Extraños en un tren. Y si contase todo lo que sabe en un libro, destronaba en un plis plas a Sánchez Llibre y sus muy vendidos secretos del Estatut. Pero es galeno y ha jurado discreción a Hipócrates. Habrá que seguirle.

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