LA RUEDA
El 20 de enero de 1942, un grupo de altos funcionarios del III Reich alemán se reunió en una villa a las afueras de Berlín, invitados por Reinhard Heydrich, jefe de los Servicios de Seguridad del Estado y mano derecha de Heinrich Himmler, jefe de las SS y de la Gestapo. Almorzaron exquisitamente mientras decidían cómo asesinar a 11 millones de judíos. Aunque la persecución había comenzado antes, fue en esta reunión cuando se decidió la solución final, el plan de Hitler para exterminar a todos los judíos de Europa. Este hecho constituye una prueba más de que cualquier atrocidad, por terrible que sea, puede planificarse con detalle y eficacia en una reunión de trabajo, y cómo es preciso que así sea, porque no cabe que nadie tome decisiones tan terribles como asesinar a infinidad de personas, devastar territorios o acabar con toda disidencia mediante el asesinato masivo, si hacerlo implica asumir que uno se hace responsable de tal crimen.
Ahí se encuentra la raíz de lo que Hannah Arendt denominó --en su libro Eichmann en Jerusalén-- la banalidad del mal. Sostiene en él la tesis de que las personas que cometen este tipo de crímenes horribles no son locos fanáticos, ni menos aún superhombres llamados vocacionalmente al mal, sino individuos ordinarios que asumen el control del Estado sin pararse en barras, en aras de una concepción sesgada del mismo. El secreto para hacer estas cosas terribles de forma organizada y sistemática descansa en su normalización. Mediante este proceso, los actos más abyectos se convierten en pura rutina.
En esta normalidad criminal para mediocres cobra sentido la personalidad de Augusto Pinochet, militar calculador y reservón, que solo tomó la decisión de sumarse al golpe contra el presidente Allende cuando vio garantizado su éxito, pero que --una vez cruzado el Rubicón-- fue capaz de impulsar una larga represión de crueldad vesánica, al servicio de unos intereses que hizo suyos hasta el punto de enriquecerse con ellos metiendo la mano en la caja. Mediocre y banal, cruel y grotesco, no merece más que el olvido de su persona y el repudio de sus actos.

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