De cómo el recuerdo de Loyola de Palacio le obliga a Él a volver al pasado y a Ella a mirar hacia el futuro, de Luis María Anson y Cayetana Álvarez de Toledo en El Mundo
DOS EN LA CARRETERA
Las cartas cruzadas esta semana principian con un homenaje a Loyola de Palacio, fallecida inopinadamente el miércoles. Él la recuerda de joven, antes de dedicarse a los asuntos públicos, y Ella la toma como ejemplo en una época donde triunfa la política acaramelada «de los cameron y las ségolène». Ella la rememora como una vasca y española sin complejos y Él le pregunta a bote pronto por el «proceso de rendición» ante ETA. Ambos se adentran entonces de lleno en el terreno del debate político, donde no quedan fuera ni la Ley de Memoria Histórica ni las extravagantes decisiones del tripartito catalán.
LARGAS TERTULIAS CON LOYOLA DE PALACIO
Querida Cayetana...
Loyola trabajó en mi Secretaría de la Federación de Asociaciones de la Prensa. Le encargué la organización del Congreso de la Federación Iberoamericana de Asociaciones de Periodistas que se celebró en Oviedo. Enrique de Aguinaga es testigo de la eficacia con la que trabajó. Fue una operación de circo conciliar sin un problema a periodistas relevantes de veintidós países. Después, cuando puso en marcha una galería de arte y sala de antigüedades en la calle de Serrano, nos unió aún más la amistad común con Torrents Lladó, uno de los grandes pintores españoles, fallecido prematuramente. Recuerdo las largas tertulias hablando hasta la madrugada de los movimientos artísticos de vanguardia. Lo que son las cosas. La última vez que vi a Loyola fue en el estudio de Liébana, donde recibía clases de pintura. Era ya, antes de dedicarse a la política, una mujer que desbordaba vitalidad y simpatía, seria, coherente, culta, de inteligencia veloz, y siempre con los pies en la realidad, su gran cualidad. Fue, además, una buena persona que sentía el dolor de los otros y desbordaba solidaridad y espíritu de convivencia. Yo la quería. En abril de 2002 propuse a la Redacción del periódico que le diéramos La Razón de Oro. El acto fue emocionante. A ella se le saltaron las lágrimas al responder a mi discurso. Aznar no la descartó nunca como posible candidata del PP a la Presidencia del Gobierno. Era un orgullo para los populares alinear en sus filas a una mujer que se abrió paso sin cuotas ni camelancias, que fue eficaz ministra y respetada vicepresidenta de Europa. La sangre de la política le corría por las venas. Pero, claro, para mí, Loyola no era el personaje conocido por la opinión pública, sino mi amiga de juventud, la personita encantadora que trabajó en mi Secretaría con tanta dedicación y eficacia y que, a veces, leía en voz alta poemas de Beaudelaire o de Valente.
Querido Luis María...
Me hablas de una joven Loyola que recitaba versos de Valente: «Debo morir. Y sin embargo, nada / muere, porque nada / tiene fe suficiente / para poder morir. / No muere el día, / pasa; / ni una rosa, / se apaga; / resbala el sol, no muere. / Sólo yo que he tocado/ el sol, la rosa, el día / y he creído, / soy capaz de morir».
Loyola ha sido capaz de morir en una tarde de invierno, pálida, luminosa y transparente como su cara. Yo no me atrevo a hablarte de ella, a quien sólo llegué a admirar desde la distancia, basándome en relatos de segunda mano, en datos fríos y sensaciones imprecisas. Lo que sí puedo contarte es que en las siete plantas de Génova se palpa hoy el vacío, la orfandad. Las ramas del «árbol al que se arrimaba toda la familia» también se extendían por encima de este edificio de cristales turbios y chaflán privilegiado para colarse por las ventanas entreabiertas de los despachos. Era parte del paisaje, una referencia y un referente, un pilar.
A su muerte le debo tres cosas: Me ha recordado lo joven que es este partido, forjado por una generación de políticos brillantes y audaces, que no aceptaron tutelas ideológicas de ningún tipo y que consiguieron librar a España de los tópicos impuestos y los complejos asumidos. Me ha hecho reflexionar también sobre el valor de la coherencia en política. Loyola triunfó al margen de las modas, de perfil a las circunstancias y con sus principios de frente, y eso, en estos tiempos espumosos y acaramelados de los cameron y las ségolène, es una proeza que asombra, reconforta y anima. Y, por último, me ha obligado a levantar la vista. Te lo he comentado alguna vez: Loyola, como su hermana Ana, conjugaba un profundo arraigo a ese rincón denso y envolvente de Vizcaya que es Markina, con una visión y una vocación desinhibidamente cosmopolitas. Se movía deprisa y con total naturalidad entre la fidelidad al pequeño país de Baroja y la gran aspiración europeísta de Zweig. Cuando España se extravía en el laberinto de los aldeanismos más estériles, cuando el nacionalismo avanza frente a los valores del respeto y la tolerancia, la muerte de una mujer orgullosamente vasca, española y europea se convierte en una tragedia colectiva. Loyola puso siempre la libertad por encima de la paz. Ahora que a ella sólo le queda la paz, nosotros le prometemos seguir luchando por la libertad.
LAS CONTRADICCIONES DEL PSOE CON ETA
Querida Cayetana...
«¿Quién crees que tiene razón: José Antonio Pastor o tu dilecto amigo Pepiño Blanco? Pastor asegura que Zapatero imploró a ETA el pasado mes de agosto una entrevista Gobierno-terroristas y que la banda le abofeteó, a él y a la dignidad del Estado, con una negativa rotunda. Pepiño se lanzó enseguida al ruedo con las banderillas en ristre y las clavó al cuarteo, y en todo lo alto, sobre la espalda de Pastor. «No sabe de lo que habla», dijo gentilmente.
José Antonio Pastor calla. No rectifica pero calla porque sólo la mudez le permitirá salir en la foto. Pero somos muchos los que creemos que ha dicho la verdad y que ETA se ha permitido, encima, abofetear al presidente del Gobierno en una negociación política, por los terroristas dirigida y administrada ¿Quién tiene razón en esta fábula del pastor y el zapatero? Si Pastor hubiera dicho la verdad, y así lo creemos algunos, se comprende la actitud zapatética de negociar como sea, a pesar de la kale borroka, el robo de armas y munición, la extorsión implacable y la desbordada chulería. Si se quebrara el proceso de rendición, los etarras tal vez se lanzarían a explicar todo lo que ha prometido, todo lo que ha pactado Zapatero desde hace más de dos años, lo que podría costarle las elecciones porque el pueblo español tiene tragaderas pero no tantas. Y, claro, Zapatero permanece de hinojos ante los terroristas. Esa es la imagen que en estos momentos ofrece el presidente por accidente a la opinión pública española.
Querido Luis María...
Tu pregunta tiene fácil respuesta: en contra de lo que dice el banderillero, su víctima sí «sabe de lo que habla». El Gobierno no sólo pidió a ETA una entrevista en agosto, sino que la reunión se llegó a concertar. Los terroristas la suspendieron en el último minuto, probablemente por falta de garantías de que Zapatero cumpliera los compromisos asumidos en umbríos caseríos vascos y nevados escondrijos noruegos. Tampoco se fían de él. La prueba de que Pastor dice la verdad es que, antes del verano, Rubalcaba anunció que en septiembre el presidente informaría al Parlamento sobre los felices frutos de los contactos estivales. Se han deslizado los meses, en Serrano ya es Navidad y la buena nueva, sin llegar.
Más que las mentiras de Blanco, que no cabrían en estas páginas, yo destacaría el latigazo final, evidencia de una vanidad inmensa, irreprimible, infantil: «...y los que sabemos, callamos». Por el pico muere el tucán. En esas cinco palabras se condensa toda la estupidez, toda la arbitrariedad, toda la frivolidad de este proceso que llaman de paz cuando es de negociación política en la clandestinidad, en la penumbra, donde la democracia se disuelve en el ordeno y mando de un presidente iluminado. Porque Blanco tampoco sabe más de lo que intuyen sus compañeros. De ahí los nervios, las andanadas y los reproches. Zapatero está tensando la cuerda de la disciplina de partido más allá de lo razonable. De momento, la soga aguanta. La rebeldía cívica de Rosa Díez, el heroísmo discreto de Maite Pagaza y la racionalidad democrática de Nicolás Redondo Terreros sólo subrayan la sumisión socialista. Pero todo tiene un límite: también la lealtad e incluso el miedo a perder la prebenda.
Estamos en tiempo de descuento. Se acerca el 21 de diciembre: los Reservoir Dogs de Otegi volverán a tomar la calle esta semana y Zapatero blandirá «los tres años sin muertos», olvidando que cada vez que pronuncia esa frase narcótica aumenta su dependencia de ETA. Lo ha explicado con cruel claridad Egibar: «ETA tiene el gran poder de hacer tambalear al Gobierno». Y en el horizonte se asoman ya las municipales, prueba de fuego de la firmeza de Zapatero. El regreso de Batasuna a los ayuntamientos, con el disfraz que sea, bajo las siglas que sean, sería un atraco a la democracia, un retroceso enorme, un fracaso colectivo con un único responsable. Tanto temple, tenacidad y tiempo para que en los pueblos del País Vasco triunfen el totalitarismo y el terror. La luz, querido Luis María, volvería a apagarse en Markina.
LOS OTROS FRENTES DE ZAPATERO
Querida Cayetana...
Echanove no lo hubiera hecho mejor. En unas líneas has dejado in púribus a Zapatero, es decir, en cueros vivos, en pelota picada. Lo has hecho con escasa delicadeza, la verdad, como si abrieras tus manos en la mitad del cielo albertiano. En Plataforma, Echanove mantiene, a la atractiva y excelente actriz Belén Fabra, desnuda durante toda la obra de Houellebecq/Bieito, radiante espectáculo sólo superado por la negociación del presidente por accidente con Eta. No me extraña que tu tucán alce su pico y muera por él, que no sólo de peces vive el hombre.
Zapatero está atrapado. Los terroristas le tienen de hinojos. Si no actúa a su dictado, ETA le hará perder las elecciones, bien asesinando de nuevo, bien contando los pactos y concesiones del Gobierno español a Josu Ternera. Y se abren otros frentes en los húmedos jardines monclovitas. La coalición socialista-comunista-republicana de Cataluña está dispuesta a expropiar de hecho a los dueños de pisos vacíos en Barcelona. Es el tripartito-okupa, incompatible con la Unión Europa. Puro estalinismo intervencionista. La ley de Memoria Histórica, que Zapatero se ha sacado de la manga de su abuelo Lozano, reabre las viejas heridas cainitas de España y colisiona con lo que se pactó en la Transición: mirar hacia adelante y pasar página de lo que unos y otros hicieron cuando España se despedazó en 1936, a causa del fracaso estrepitoso de la II República, que no fue una forma de Estado, sino una ideología revolucionaria, como explica muy bien Vicente Alejandro Guillamón en el libro excelente que acaba de publicar.
En fin, Cayetana, que en tus cenas con Pepiño Blanco tienes mucho de qué hablar, entre delicias de caviar imperial beluga y sorbitos de Dom Perignon. Las mías con Rosa Regàs languidecen. No pasamos de la menestra de verduras y el puré a las finas hierbas. La inconmensurable novelista la tiene tomada con Menéndez Pelayo y pretende borrarle de la memoria histórica del pensamiento español. No habla de otra cosa. Y me aburro. Por tu culpa, claro, que eres inmisericorde enviándome a la Regàs cuando sabes lo que me gusta Pilar López de Ayala, que no tienes un detalle conmigo ni con Pedro Pérez desde que estás hipnotizada por los fuegos fatuos de Génova.
Querido Luis María...
Créeme: no quiero saber si el abuelo del presidente del Gobierno, como muchos de nuestros abuelos, cometió errores, traicionó a los demás o a sí mismo, si era un idealista desengañado o un calculador con olfato, si sus lealtades personales chocaban con sus afiliaciones políticas, si buscó la protección de sociedades secretas, si representaba a su familia o se enfrentaba a los suyos, si mató por convicciones o murió por ellas. No quiero saberlo y por eso entiendo que el presidente del Gobierno no quiera que yo lo sepa. Pero la campaña de censura contra La Gran Revancha, el libro de Carlos Dávila e Isabel Durán que se presenta mañana, es inaceptable precisamente porque fue Zapatero quien decidió hacer al capitán Lozano protagonista de esta legislatura.
Espero que dentro de 30 años a tus nietos y a mis hijos la Guerra Civil les parezca tan remota como a nosotros las guerras carlistas. A mí ya me lo parece.
Ojalá sepan distinguir entre las versiones simplificadoras y tramposas de la Historia y las que reconocen, con todos sus matices, el fracaso colectivo de unos españoles que se dejaron arrastrar por el miedo y rebelaron contra la injusticia.
De lo que estoy segura es de que la Ley de la Memoria Histórica, que a trancas y barrancas pretende sacar adelante Zapatero, no habrá contribuido en nada a reparar las injusticias, cerrar las heridas o consolidar la reconciliación. Es una ley torpe, irresponsable, inoportuna; una ley que divide, enfrenta y crispa; una ley que también tendremos que aprender a perdonar.
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