Mi admirado John Le Carré ya habría encontrado la clave del asesinato de Alexander Litvinenko en los entresijos de las mafias y los servicios de inteligencia. En cambio, yo sigo sin entenderlo porque me faltan datos. Y mejor así, porque si los tuviera probablemente estaría muerto. Pero sí me parece útil reflexionar sobre distintas hipótesis porque el hecho es revelador del mundo en que vivimos.
Empecemos por lo que sabemos. Litvinenko muere envenenado por una dosis letal de polonio 210 muy probablemente en el bar del hotel Millenium de Londres el 1 de noviembre durante su encuentro con dos ex (?) agentes del FSB (ex KGB), Dimitri Kovtun y Andre Lugovoi, una cita para discutir negocios de seguridad. Kovtun estaba ya contaminado antes de venir a esta cita y los dos se encuentran hospitalizados en Moscú. Se sabe que el polonio vino de Moscú por sus muestras en un avión de British Airways que hace la ruta Moscú-Londres (días más tarde, el mismo avión voló a Barcelona). Y por algo más: Kovtun viajó de Moscú a Londres vía Hamburgo para ver a su ex mujer y a sus hijos en la ciudad alemana. Y en esa casa y en el coche utilizado por él desde el aeropuerto de Hamburgo se encontró polonio 210. Resulta que Kovtun voló a Hamburgo el 28 de octubre en Aeroflot, no en British Airways. Por tanto, alguien más voló con British Airways desde Moscú llevando polonio. Aun así, si Kovtun ya estaba contaminado antes de encontrarse con Litvinenko, es probable que transportara polonio. Como el isótopo no es letal por contacto sino por penetración en el cuerpo por vía bucal, sanguínea o respiratoria, el transportista no corría peligro directo, aunque la dosis de radiactividad encontrada en su huella muestra una cierta negligencia en el manejo de su carga. Pero ¿fue él quién envenenó a Litvinenko conscientemente? Si así fuera, no hubiese regresado a Moscú tan tranquilo.
¿Qué significado tiene el medio utilizado, el envenenamiento con polonio 210? No hace falta ser un servicio de inteligencia de alto nivel para disponer de polonio. Es una sustancia abundante tanto en la naturaleza como en la industria, en el humo del cigarrillo o en los ventiladores antiestáticos. La cantidad necesaria para constituir una dosis letal puede obtenerse de productos comerciales que se pueden comprar por 20 euros. Naturalmente, aún hay que procesar el material para concentrar una dosis y prepararlo de forma que se pueda ingerir (es inodoro, incoloro e insípido) y éste es un trabajo de laboratorio, pero no excesivamente complejo. O sea, una banda mafiosa de nivel medio lo puede hacer. ¿Por qué este veneno habiendo tantos otros? Por un lado, es una muerte lenta y dolorosa, lo cual es claramente un aviso para navegantes. Por otro lado, deja rastros de radiactividad allí donde va. Con lo cual surge la posibilidad de que alguien quiera dejar múltiples pistas, incluso contradictorias, para ocultar el verdadero rastro. Yes evidente que alguien quiere llevar la pista hasta Moscú. Lo cual puede ser tanto una firma intimidatoria como una indicación de la teoría conspiratoria de los medios oficiales rusos: que todo esto es un complot para crear problemas su régimen.
¿Quién le dio el polonio 210 a Kovtun? ¿O a otra persona que lo deslizó en su té en el hotel Millenium? Litvnenko no tuvo dudas antes de morir: fue Putin. Porque Litvinenko publicó en el 2004 un libro acusando a Putin de la mayor provocación de la historia reciente: el salvaje atentando con explosivo contra varios edificios en Moscú en 1999, atribuido a los chechenos y a partir del cual Putin inició la segunda guerra chechena, guerra sobre la que se aupó a la presidencia. Pero el libro ya está publicado y no ha causado gran impacto, por lo que Putin tendría más que perder removiendo el tema que ganar mediante la intimidación de posibles defectores, para la que hay medios más eficaces. Claro que el asesinato de Anna Politkovskaya muestra que ciertos medios están dispuestos a silenciar a quienes investigan en esa oscuridad. Pero no estaba Litvinenko en esa guerra. Quien eso dijo fue otro de sus citados en la misma fecha, un siniestro personaje italiano, Scaratella, informador al servicio del partido de Berlusconi con la tarea de demostrar que Prodi es agente del KGB y que estuvo ligado al secuestro de Aldo Moro. Ese esperpéntico personaje ha sido desmentido por las fuentes que él cita, aunque pudiera haber desempeñado un papel de intermediario entre servicios de inteligencia italianos y mafias diversas.
También se considera la hipótesis de que el FSB haya castigado a quien acusó a sus superiores en 1997 de ordenarle matar al oligarca Berezovsky, lo que llevó a su detención y posterior exilio. Pero ¿por qué hacerlo ahora, justo después de que Litvinenko adquiriera la nacionalidad británica? ¿Y por qué hacerlo con tal despliegue de huellas señalando a la Lubyanka? ¿Tal vez lo hicieron algunos de sus ex colegas actuando por su cuenta? No es la costumbre en esa organización. Parece improbable que se atrevieran a tomar tal riesgo en un asunto que cobraría un significado geopolítico.
Con lo cual entramos en las hipótesis alternativas publicadas en los medios de comunicación rusos, ya sea batallas internas en las mafias conectadas con los distintos grupos oligárquicos, en la medida en que Litvinenko era un agente relevante ligado a Berezovsky, que continúa para medrar desde su exilio en Londres; o bien, según testimonio de una mujer que se dice ex asociada del difunto, que Litvinenko estaba en el negocio de extorsión a personajes de los grupos oligárquicos rusos, en particular en la comunidad de multimillonarios asentada en Londres, algunos de cuyos miembros operan en ese interfaz incógnito entre el capitalismo ruso y la economía global. Cualquiera de esas hipótesis podría ser coherente con los pocos datos de que se dispone. Y tal vez nunca podrán despejarse las incógnitas que impiden verificar una de ellas. Incluso en el caso de que se designen culpables, porque muy probablemente serían testaferros víctimas de pruebas trucadas.
Lo único que sabemos es que hay una lucha despiadada y violenta por el poder económico y tal vez político en la nueva Rusia entre elites que aún no han consolidado su poder. Elites que tienen una conexión con grupos criminales de dentro y fuera del Estado y que no se detienen ante nada, provocando incluso una conmoción en la opinión pública cuando lo consideran necesario. Y también sabemos que esa situación no se limita a Rusia, sino que se extiende a un buen número de países: México, Colombia o Líbano, entre una larga lista que probablemente alcanza más allá de los sospechosos habituales, y que llega, según me cuentan, hasta las orillas del Potomac. Y es que conforme las instituciones políticas pierden legitimidad entre los ciudadanos y se desprecia la legalidad internacional y nacional en nombre del estado de emergencia derivado de la guerra contra el terror, todo vale. Y si todo vale y todo cuela, van difuminándose las fronteras entre el monopolio legítimo de la violencia (definición clásica del Estado según Max Weber) y la privatización ilegítima del terror como forma de poder. Si me apuran, me atrevería a seguir el rastro del polonio 210 hasta las mazmorras de Abu Graib. Porque ambos son fragmentos fantasmagóricos de la alucinación global que nos invade.

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