Krónika de una okupación anunciada, de Félix de Azúa en El Periódico
LA RUEDA
Escribía yo esta columna cuando entró en mi gabinete un tipo de mediana edad, rapado, cubierto de grapas metálicas, embozado en un pañuelo palestino. Se presentó como militante antisistema, cogió la Sheaffer's de bakelita verde que tenía en el rimero de estilográficas, me acusó de especulador de plumas, y salió tan tranquilo.
Acudí al consejero de Gobernación y le expuse el problema: me habían okupado la pluma de los años 30, regalo de primera comunión de mi madre. El consejero me recibió con gesto fatigado, cerró el periódico deportivo en el que trabajaba y me miró de hito en hito. ¿Qué defensa tiene aquel a quien okupan una pluma?, pregunté. Y él: "¿Cuántas estilográficas tiene usted?". Le dije que tenía ocho. "¿Y acaso usaba la de bakelita verde?". Le dije que no, que está la pobre hecha cisco y que mientras no se repare no hay modo de usarla. "¿Y por qué no la repara y escribe con ella bellos artículos en favor de la paz?". Porque es carísimo y sale más barato comprar una nueva. "Entonces comprenda que alguien que carece de estilográfica se apropie de la suya, a la que usted no saca ningún beneficio". ¡Pero si es mía y el ladrón es el hijo de mi jefe!, acerté a decir. "Eso es irrelevante", replicó el consejero.
Me quedé un poco confuso. Se me ocurrió preguntar entonces sobre las leyes y su cumplimiento, ya que este país defiende la propiedad privada. El consejero mostró notable fatiga. "Solo cuando la ley es justa debe obedecerse. Una ley injusta no obliga a nadie". Deduje que el consejero considera injustas las leyes que protegen la propiedad privada y así se lo hice saber.
"Caballero, dijo el consejero, yo deseo que la ley se cumpla de un modo justo, y si para ello debo actuar de un modo injusto, asumo sobre mi conciencia la prevaricación, ya que no he sido elegido para hacer respetar la ley, sino para poder mirarme al espejo cada mañana y encontrarme muy guapo. Por esta razón gano un millón de pesetas al mes. Buenos días".
¡Qué nivelazo!, pensé mientras salía. Al llegar a casa constaté con horror que me habían expropiado otra pluma.
