Vemos a dictadores que finalmente mueren, los “malos”, pero también vemos personas que los adoran hasta después de que hayan muerto. Una de las experiencias más duras de mi vida fue el comentario de mi profesora de ruso, cuando vivía yo en Moscú y, tras varios meses, me mostró algunos de sus sentimientos.

Me dijo: “Con Stalin yo vivía mejor y echo de menos la estabilidad y seguridad que me traía, pero también me acuerdo de que a los 7 años unos policías entraron en mi casa y se llevaron a mi padre que nunca volví a ver. Le pregunté a mi madre por qué se lo habían llevado y me dijo que si la policía se lo había llevado es porque algo habría hecho, aunque nosotras no lo supiéramos”. Y mi profesora me dijo: “y yo con eso no estoy de acuerdo, aunque me guste el régimen de Stalin”.

Stalin, el peor mal de la Humanidad en el Siglo XX (tras la “gripe” de principios de siglo, pero generador de más muertos que la I y II Guerra Mundial) sigue teniendo mucho atractivo en la Rusia hiperconsumista del Siglo XXI. En realidad, adoran la seguridad y estabilidad que el régimen de Stalin les traía a sus vidas. Igualmente pasa con Pinochet; fácilmente desacreditamos a aquellos que les añoran y los tachamos de fachas, incultos, etc. cuando muchas veces son personas que desean volver al pasado, a un pasado que para ellos fue mejor.

Seguridad y estabilidad

Si nos vamos al extremo de los “buenos”, a esos líderes de los que tanto se habla últimamente, fácilmente caemos en los mismos fallos. Cuando tenemos problemas, en situaciones de cambio sin fácil solución, deseamos que venga alguien, un “líder visionario y carismático” que nos saque de la duda, nos elimine los problemas, que nos traiga seguridad y estabilidad en nuestras vidas.

Y muchas veces creemos que los hemos encontrado, en nuestra vida política, empresarial e incluso en nuestras creencias religiosas. Y, con el paso del tiempo -a veces de mucho tiempo- vemos que esas figuras emblemáticas a las que adoramos no eran finalmente cómo pensábamos.

Hace unos años estuve en un programa de expertos de liderazgo en la Universidad de Harvard; estuvimos varios días discutiendo figuras como J.F.Kennedy, Martin Luther King o Gandhi, esos grandes “líderes”. Al día de hoy les seguimos admirando, y hay mucho por lo que admirarles, pero también sabemos que Kennedy era un mujeriego, que no hizo nada por las libertades civiles hasta que no le quedaba más remedio, que cometió grandes fallos en política exterior -que casi nos lleva a una guerra nuclear- y que el Partido Demócrata nunca ha vuelto a encontrar a “un Kennedy” que le sustituya. M.L. King, si bien fue el exponente de la revolución negra en los EE.UU., su divinización por los afroamericanos ha conllevado que no haya nadie que lo sustituya, que pueda seguir lo que Dr. King inició, que finalmente, al día de hoy, los afroamericanos no se hayan igualado a los blancos, que sigan a la espera de que venga otro Dr. King.

Y Gandhi, con todo lo positivo que hizo para la India dominada por los británicos, también generó que lo elevaran al grado de “santo” (líder), que hasta 100.000 personas murieran discutiendo sobre la santidad de Gandhi, que se siga esperando a otro “santo” para la reunificación de India (y una paz definitiva con Pakistán).

Cuidado con líderes y dictadores; a veces los confundimos y sólo el tiempo, a veces mucho tiempo, nos da la luz para evaluarlos. Hitler surgió en un proceso democrático; mostrando un futuro mejor para toda una sociedad, culta, democrática, avanzada. A los Franco y Mussolini grandes grupos sociales los apoyaban; por intereses -como a todos los políticos-, pero también por búsqueda de la seguridad, la estabilidad que se buscaba en Europa.

Tal vez por ello durante muchos años hayamos vivido el “estigma de liderazgo”, por el que en Europa no hemos hablado de líderes y liderazgo durante la segunda mitad del XX, cuando en el mundo anglosajón ha sido en tema en constante evolución.

Por eso, en vez de hablar de “líderes” es preferible hablar de “personas efectivas en liderazgo”, que nos evita esas connotaciones carismáticas, visionarias, de “padres” maravillosos que cuidaran de nosotros, nos resolverán los problemas y nos enseñaran el camino a seguir.

En la recopilación fotográfica de 1988 “Un día en la vida de España”, hay una foto de los nuevos “jóvenes líderes” post-franquistas; dos de ellos siguen hoy en la cárcel; Mario Conde y Luís Roldán.

Cuidado con los “líderes”; a veces el tiempo los convierte en dictadores. La vida es mucho más compleja; no nos queda más remedio que encontrar el camino, el sentido de nuestra vida y de nuestro trabajo a nosotros mismos, resolver nuestros problemas, tener esa estabilidad y paz que tanto deseamos. Y cuidado con los que ofrecen “respuestas fáciles” sobre liderazgo; es tan complicado como nuestras vidas.

Juan Rivera. Socio Director Instituto de Liderazgo.

jrivera@institutodeliderazgo.com