La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

14 Diciembre 2006

Cuando las fiestas tenían sentido social, de Xosé Luis Barreiro Rivas en La Voz de Galicia

HUBO un tiempo en el que el calendario laboral era tan guay que no se interrumpía nunca, y la gente trabajaba de sol a sol para sentar las bases del progreso. Y fue precisamente la civilización la que se dio cuenta de que el trabajo no era un fin, sino un medio, y que la felicidad de los hombres exigía rebanar el tiempo en semanas para poder descansar. Porque, aunque el domingo sirve para alabar a Dios, la idea de convertirla en fiesta es más prosaica, y tiene por finalidad imponer por ley divina lo que no daban las leyes humanas.

Para completar la operación, se fueron adornando las semanas con fiestas fijas y movibles que, bajo la disculpa de adorar a Dios y venerar a sus santos, sirvieron para romper la cruel monotonía del trabajo. Y de ahí surgió la racionalidad del calendario religioso, vinculado a las estaciones del año y a las faenas agrícolas, e inserto en la cultura de los pueblos en la forma en que lo habían recomendado san Cirilo (siglo IV), que fijó la Navidad, y el papa Gregorio Magno (siglo VII), que mandó respetar la cadencia festiva de las sociedades evangelizadas. Y tanto arraigó el modelo, que la gente acabó interpretando el tiempo sobre la base de unas fiestas que eran la perla del sistema laboral.

Lo irracional empezó cuando se mezclaron los eventos políticos con la idea, ya innecesaria, de las fiestas de guardar. Lo que estropea el calendario no son las fiestas tradicionales, sino los puentes derivados de la Constitución, del Día das Letras Galegas, del uso vacacional de la Semana Santa, de la semana de la nieve y de las fiestas autonómicas sembradas a golpe de ocurrencia por los nuevos hacedores de calendarios imposibles. Y por eso hay que considerar una solemne incultura el hecho de atacar un calendario que era casi perfecto, mientras se propician a boleo las vacaciones informales.

El problema no es que la Asunción o la Inmaculada sean fiestas que pueden generar un puente laboral. El desorden viene de que el calendario tradicional se está desvencijando a golpe de ocurrencias que montan fiestas sin arraigo que luego hay que celebrar -como la Constitución y las Letras Galegas- en su víspera laboral. Y por eso debemos negarnos a que nos quiten la fiesta de siempre -y los puentes que generan- y reivindicar, si preciso fuere, que «tres jueves hay en el año que relucen más que el sol».

Porque si queremos evitar la locura laboral en la que estamos entrando, no creo que haya mejor medicina, ni más barata, que los cortes festivos que el calendario tradicional repartía con enorme justicia y variedad exquisita. Que los políticos gobiernen, que es lo que tienen que hacer, y que dejen al pueblo con sus santas y deliciosas rupturas.

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