La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

13 Diciembre 2006

Una larga historia de amor y odio, de Ali Lmrabet en La Vanguardia

Nuestra historia de amor y odio con España no comenzó en 1912 cuando se firmó el acta de Protectorado que convertía Marruecos en un estado protegido por dos potencias europeas, sino mucho antes. Si obviamos el hecho de que durante siglos nos hemos masacrado mutuamente, podemos fechar nuestro primer gran flechazo en 1859. Ese año, una poderosa armada española dirigida, entre otros, por un catalán de Reus, Juan Prim (o Joan Prim para no enfadar a los de ERC), tuvo la extrema amabilidad de visitarnos con la bayoneta en mano y la firme intención de darnos una paliza por una historia de barracas destruidas por miembros de una tribu limítrofe de Ceuta. Ese ejército peninsular, con un grupo de voluntarios catalanes reconocidos por sus barretinas rojas, invadió a bombo y platillo mi país, ocupó Tetuán, venció en la batalla de Wad Ras y sometió a Mulay Abbas, un hermano de otro Mulay, el sultán de Fez, general en jefe de pacotilla y tonto del bote en estrategia. Como botín de guerra los españoles se llevaron los cañones marroquíes para fundirlos y hacer de su hierro las estatuas leoninas que protegen el Congreso de los Diputados en Madrid. Claro, nos dejaron algo. Dos presentes, uno bueno y uno malo. Lo bueno es que crearon el primer periódico del imperio de los sultanes: El diario de África,de Pedro Antonio de Alarcón, un aventurero andaluz convertido en cronista de guerra. Y lo malo fueron los millares de huérfanos y viudas y un odio imprescriptible hacia España.

Ese odio convertido en ansia de revancha hizo que se produjeran una infinidad de escaramuzas y batallas cruentas que se apaciguaron, momentáneamente, al advenimiento del mencionado Protectorado. En sus memorias, el diplomático conde de Saint-Aulaire, uno de los primeros funcionarios franceses enviados a Marruecos, cuenta cómo mi país fue literalmente vendido a Francia por el sultán Mulay Hafid a cambio de un primer cheque de un millón de francos y varias cajas de champán y porto, licores tajantemente prohibidos por la bendita fe musulmana pero que "llenaban de euforia", según el citado diplomático, al sátrapa alauí. Empezamos bien, y pocos meses más tarde, Francia retornaba a España un pequeño trozo del vasto territorio que acababa de ganar en un regio bar. Para pacificarlo y civilizarlo, prometió la prensa madrileña.

Así es como los Borbones, que mandaban más que los de ahora, se invitaron sin ser invitados a nuestra complicada y turbulenta zona del norte de Marruecos donde vivía gente con ideas simples que no entendía porque una potencia media como España, un país bastante atrasado para su época, quería civilizar a las poblaciones del Rif y Yebala cuando existían otras poblaciones más necesitadas en Andalucía, en Extremadura y hasta en algunos campos de Castilla,como diría el poeta. "Venimos a modernizaros", lanzaron los primeros interventores militares a mis ásperos ancestros, y estos, ingenuamente, les respondieron, indicando con la mano la dirección de la península: "pero si la caridad comienza por uno mismo".

Los rifeños y los yebalas no entendían que lo que interesaba a la España alfonsina, que había perdido sus dominios de ultramar, no eran las inexistentes riquezas de la zona que les había colado Francia, sino más bien un campo de entrenamiento para un ejército que contaba más señoritos oficiales que soldados rasos. Y en eso, hay que reconocerlo,

Marruecos cumplió con creces todas las expectativas borbónicas. Podemos decir que por nuestro barro y nuestra sangre hemos formado personajes tan inolvidables como el Franquito de El Ferrol o el tuerto Millán-Astray, que, como lo asegura el cuento, vinieron para enseñarnos los buenos modales.Unos modales que costaron muy caro a España. El famoso "¡Olé la gente con cojones!" que Alfonso XIII envió por telegrama al general Silvestre para animarlo a penetrar en territorio Beni Urriaghel, causó la perdida de todo un ejército en el llamado Desastre de Annual,y muchos cojones (con perdón de los que los perdieron) se quedaron desparramados por los montes del Rif, ya que una tradición guerrera de mis indómitos paisanos quería que se emasculara al enemigo muerto para desposeerlo de su virilidad.

Cosas de salvajes, lo reconozco, pero al final, con o sin sus atributos masculinos, España, con la ayuda de un poderoso ejército comandado por el mariscal Petain, terminó imponiéndose a la pandilla de guerrilleros que llevaban años hostigándola. Vino entonces la Paz,con una zona española supuestamente pacificada y con las tribus sometidas al imperio del colonialismo hasta que un día, diez años después de la Guerra del Rif, los modernizadores españoles, el enanito de Galicia y el discapacitado de la Legión

(el mismo que le gritó a Unamuno en la Universidad de Salamanca "¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!"), vinieron a buscar a mi gente para una guerra que tuvieron el descaro de llamar Cruzada.Al ejército de África,que en realidad tenía que llamarse el ejército de Marruecos porque no había ningún subsahariano, se le encomendó la misión de combatir a los enemigos de Cristo (republicanos ateos y otros rojos). ¡Qué gracia! Mi padre y mis tíos, todos buenos mahometanos, defendiendo la cruz, el obispo, el cura y la iglesia del pueblo.

En fin, al termino de la contienda, de los casi 80.000 moros que fueron a guerrear en la península, 15.000 se quedaron en España gozando, bajo dos metros de tierra, de su hospitalidad eterna; y la mitad de los que sobrevivieron se quedó estropeada de por vida. Pero ganamos la guerra. No es por nada que Franco tildó a Marruecos de "retaguardia de la victoria", y Manuel Azaña, en su último retiro de Montauban, de "único punto débil de la República". En cuanto a mi padre, se ganó, por méritos de guerra, una plaza en la policía de Tetuán que tuvo rápidamente que dejar por un puesto de portero (no de cancha sino de oficina), para no tener que pegar a nadie. Bastantes tiros había pegado el pobre durante tres años, y por una causa totalmente ajena.

Pasaron años y los marroquíes vivieron felices según la literatura española de esos años. Y un día de 1956, España, porque lo había hecho Francia unos meses antes, no tuvo más remedio que liberarnos de su yugo para entregarnos a otro, el de la monarquía absoluta. Un colonialismo extranjero por otro, alógeno. No hemos perdido nada en el cambio.

España se fue pues, llevándose todas las traviesas del ferrocarril que unía Tetuán y Ceuta, confortando a quienes siempre pensaron que el país vecino debía haberse ocupado de sus propias miserias antes que de las nuestras. Y, como en 1859, los españoles no se marcharon sin dejar dos regalos. Uno bueno y otro malo. El bueno fue que nos legaron un inestimable tesoro, el castellano, que 60 años después seguimos parloteando. El malo fue que los churros calientes del amigo Paco, cuya tienda está cerca de la estación de autocares de Tetuán, siguen matando cada año a decenas de marroquíes con el colesterol alto.

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