La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

13 Diciembre 2006

Un tirano nunca muere del todo, de Fernando Ónega en La Voz de Galicia

A EFECTOS españoles, el general don Augusto Pinochet Ugarte, último símbolo de los tiranos de simpatía fascista, se fue a morir en el peor momento: en vísperas del debate parlamentario de una ley que llaman de memoria histórica. Ya estaban calientes los ánimos, con un Rajoy que impone la retirada de esa ley como condición para pactar con Zapatero, y el fantasma del anciano sátrapa arrastra sus cadenas por los pasillos de nuestra política. En esta especie de locura colectiva que sufrimos, donde todo debe tener un culpable español, presente o pasado, parte de nuestra clase política se ha entregado con denuedo al sensacional deporte de pasear los más exquisitos cadáveres.

Y así, quien haya escuchado a los portavoces de la izquierda estará incubando esta reflexión: si Pinochet se fue sin pagar sus culpas ni rendir cuentas de sus crímenes y torturas, ha sido, en parte por culpa, por la grandísima culpa, de José María Aznar. El anterior jefe del Gobierno español, que para muchos fue el mejor presidente de la democracia, tiene que pasar un nuevo purgatorio de imagen. Es un purgatorio que habría que llamar globalizado, porque arranca en las Azores, pasa por Irak y desemboca ahora en Chile. La sombra de Aznar se proyecta así sobre todo lo que ocurra en el mundo.

Después de eso, viene la segunda consideración teológica de nuestros pasionales dirigentes: la exigencia de responsabilidades a Pinochet tiene que extenderse, supongo que por simpatía, a todos los países que han padecido dictadura. Si el incinerado general debe pagar sus pecados después de muerto, hay que aplicar el mismo principio a casos similares o de parecida resonancia histórica. De esa forma, los revisionistas de la reciente historia de España se sienten excitados (la expresión es de Enric Juliana) para atizar el fuego de nuestra doliente memoria. A la vista del panorama, Antonio Casado define la muerte de Pinochet como «la segunda muerte de Franco».

Es verdad: es como si hubiera vuelto a morir Franco. Hasta el rostro del difunto (véase la foto publicada ayer) recuerda vagamente la imagen del Caudillo en su caja mortuoria: debe de ser que todos los dictadores se parecen en sus obras, y algunos en sus féretros. Y claro: esa imagen del tirano derribado por la muerte alienta las revisiones. Es como si hiciera despertar algunas conciencias: eh, no os durmáis en las glorias de la transición, que quedan las víctimas reclamando justicia. A la necesidad de revisión de la historia que sienten algunos, se une ahora el aguijón de Pinochet. Estos dictadores nunca se mueren del todo. Los grandes benefactores desaparecen y sólo queda su memoria. Los malvados dejan una semilla de división. Y además, sin fronteras.

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