Catalunya es una nación sin anclaje político. Me refiero al hecho de no tener estado propio, o sea, estructuras de poder que le permitan decidir su futuro. Cierto es que en ese navegar a la deriva, en algunas ocasiones, las corrientes nos han llevado a la vanguardia de los más grandes desafíos. Libres de las ataduras de un sentido de estado que no forma parte de nuestra cultura política, acostumbrados a vivir a la intemperie, cuando las circunstancias han sido favorables, hemos destacado en los campos científico, cultural o económico. Pero, salvo breves periodos, siempre ha sido fruto de la iniciativa individual. En nuestro haber tenemos grandes éxitos, resultado de un buen olfato colectivo para la supervivencia, pero casi nunca de una buena planificación estratégica, ni de una fuerte ambición nacional. Véase, por ejemplo, la notable capacidad para asegurar la cohesión social y afianzar la identidad nacional después de los importantes flujos migratorios del siglo XX.
O el inexplicable vigor cultural y lingüístico después de medio siglo bajo la voluntad explícitamente genocida de las dictaduras españolas, y la otra mitad bajo la misma voluntad, pero con más disimulo. Y en el plano económico, sigue sorprendiendo que el país avance a pesar de correr con la pata atada a su expolio fiscal y a la falta de inversión en infraestructuras, como vuelve a demostrar el reciente libro de Ramon Tremosa, Estatut, aeroports i ports de peix al cove (Edicions 3 i 4).
Pero junto a los éxitos, ya sea por las corrientes marinas favorables, ya sea por la suma de voluntades individuales forjadas en la cultura de la supervivencia, la falta de anclaje político nos reenvía sin misericordia, a cada generación, al inicio del camino. Entonces, el país se ve sometido a una grave sensación de cansancio, como si en el tablero de juego de la historia, los dados siempre nos mandaran al principio de la partida. Afortunadamente, hasta ahora siempre ha existido una nueva generación dispuesta echarse a la mar, con empeño y mucho riesgo, con ganas de aprovechar las oportunidades de la navegación, a pesar de no tener timón propio ni rumbo claro. Parece que la catalanidad se exprese en ese tenaz e irónico tornem a començar, que no ha estat res,en el cual la voluntad de éxito se asemeja a una condena. Y se comprendre la fatiga de las generaciones mayores. Que a principios del siglo XXI tengamos que volver a exorcizar los temores de una sociedad amenazada por los que la querrían dividida, que vivamos un nuevo derrumbamiento de la confianza en el futuro de la lengua y la cultura catalanas o que debamos asistir impotentes al ahogo calculado de nuestra capacidad de progreso económico, es verdaderamente descorazonador.
Pues bien: esa sensación de cansancio - Vicenç Villatoro ya había teorizado sobre la fatiga de la catalanitat en 1988, y yo me había sumado a tal aviso en 1994, denunciando también una fatiga de l´espanyolitat-es la que ahora vuelve a inundar Catalunya, casi veinte años después. Cuando en el fin de siglo pasado se ha podido comprobar, en varias decenas de casos, que la importancia de los fenómenos nacionales, como sostenía Isaiah Berlin, nunca ha abandonado a los países occidentales, que en Catalunya se vuelva a hablar de realidades políticas posnacionales o de superación de los debates identitarios, solo puede entenderse en una clave: el deseo de mandar otra vez a Catalunya, con todas sus fichas, al inicio de la partida. Todo ello, claro está, mientras los demás jugadores siguen con sus objetivos nacionales y de nacionalización. Véanse las políticas de inmigración en Europa, todas ellas reforzando las fórmulas de pertenencia identitaria - lingüística y cultural- y de lealtad política. O lean las propuestas del PP para reformar la
Constitución con el objetivo de recuperar una España fuerte.Aquí, a los únicos a los que se reserva el limbo de lo posnacional y de un patriotismo social huérfano y sin hogar propio, es a los catalanes. Aquí, donde la crítica al posnacionalismo algunos ya la habíamos argumentado, escrito y publicado - incluso en los foros internacionales- en los noventa, ahora vemos estupefactos como se repite la misma canción marinera, en un alarde de desprecio absoluto por los puertos intelectuales en los que ya habíamos recalado. Aquí, desde mediados de los años ochenta, conseguida una autonomía debidamente armonizada, ya habíamos reaccionado con fortuna al hado que nos quería echar del tablero de la historia. Un envite que se superó, en el plano de las ideas, siguiendo la invitación a un nacionalisme desacomplexat,formulada por Joan B. Culla en las primeras jornadas El nacionalisme català a la fi del segle XX celebradas en Vic en 1987.
Ahora volvemos a las mismas. El lunes escuché al flamante conseller de Educació, Ernest Maragall, entrevistado por Xavier Bosch, repitiendo aquello tan apolillado de no perder el tiempo con los debates de banderas. Ya: a los catalanes nos está prohibido perder el tiempo en tales cuestiones identitarias, mientras a los españoles, que no son nada nacionalistas, la ley les garantiza la prioridad de su enseña y no tienen porqué perderlo, más allá de los cuarenta segundos dedicados por Montilla a que ésta se cumpla y por Puigcercós a acatarla. Así cualquiera se ahorra discusiones. ¿Hemos vuelto a los años ochenta, o es que están los mismos?
Catalunya no tiene anclaje político, y el que podía haberse conseguido, se ha despilfarrado en la batalla entre nacionalistas e independentistas. Nada nuevo bajo el sol. Sin duda alguna, habrá una nueva generación dispuesta a la aventura. Y estaremos ahí, claro está, aunque algunos deseen que la lucha por un país libre nos sepa a una condena con poca esperanza.

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