El cronista se ha pasado la última semana lejos del continente europeo. A más de 5.000 kilómetros de distancia, no llegaban los ecos del acontecer diario del nuevo Gobierno de Montilla y uno sólo se preguntaba qué estaría sucediendo en Catalunya. Me fui con la sensación de que el tripartito había empezado bien su nueva andadura, pero que existía tanta voluntad y tantas ganas de no repetir los errores del pasado que había el riesgo de que no se tomasen decisiones clave para evitar enfrentamientos entre los tres partidos que han conformado el pacto. Vamos, que podía pasar que el Govern no gobernase.

En cambio, en los días previos a la constitución del Gobierno, había dirigentes del tripartito que aseguraban que los primeros días de Montilla serían fundamentales para que la opinión pública apreciase un cambio respecto a la experiencia fallida anterior. Evidentemente, el Gobierno autonómico catalán poco tiene que ver con el de España, y Montilla no puede tomar iniciativas tan espectaculares y populistas como Zapatero, que al segundo día ya estaba trayéndose a las tropas españolas de Iraq. Pero dentro de sus limitaciones, uno podía imaginarse alguna iniciativa simbólica o algún golpe de efecto para ilusionar a la gente, que no es que esté especialmente entusiasmada con la situación.

A la vuelta, desintoxicado de prensa, radio y televisión, el cronista pregunta a la gente de la calle cómo le ha ido al tripartito durante su ausencia y me hablan de guerra de banderas, de inseguridad ciudadana y de okupas en Can Ricart. Para que se me entienda, cuando hablo de gente de la calle me refiero al taxista que me trae del aeropuerto, al vecino o a mi cuñado. El ruido mediático parece el mismo de siempre.

Ayer, lunes, contrasto estas sensaciones con algún miembro del Govern que se digna a ponerse al teléfono y alguno que no lo es pero que manda más que los propios consellers, y la percepción es absolutamente la contraria. El Consell de Govern aprobó el martes tres proyectos de ley, entre ellos uno tan importante como el de servicios sociales, y tiene previsto aprobar hoy otros tres. También me señalan que Montilla avanzará el viernes en su comparecencia parlamentaria un caudal de iniciativas que está preparando con sumo detalle. Mis interlocutores me aseguran que la mayoría de altos cargos se están asentando en sus puestos y que prefieren no cometer errores antes que hacer una salida de caballo y una parada de burro.

Es muy posible que sea así, pero la percepción ciudadana es la que es. La ley que universaliza los servicios sociales quedó eclipsada por el arriado de la bandera española en la Conselleria de Governació, que generó mucho más papel en los diarios y muchos más minutos en radio y televisión, según me explican. La respuesta del Govern no puede ser creer que los culpables son los medios de comunicación por tener una actitud enfermiza hacia el tripartito, sino que deberían tener en cuenta que cada vez que metan la pata van a salir más retratados en los diarios que los goles de Ronaldinho.

Este Gobierno ha nacido en unas circunstancias tan especiales que no va a tener cien días de gracia. Que lo tengan claro.

Carod, el hombre tranquilo Esta vez el líder de Esquerra no ha escogido las islas Seychelles como destino de vacaciones y ante lo que se le viene encima ha preferido encerrarse tres días en una celda de clausura en el monasterio de Vallbona de les Monges. Carod tiene tan claro que necesitará nervios de acero ante la nueva situación que nada mejor que la hostería de la orden benedictina para descansar y relajarse al máximo. Aunque para estar todavía en mejor sintonía con el president Montilla, podía haber escogido el monasterio de Santa Maria de Montalegre en Tiana. Allí los cartujos han hecho voto de silencio y no hablan nada. Casi tanto como Montilla.

¿Guerra de banderas? El Consell de Govern del martes pasado descubrió que ningún conseller sabía a ciencia cierta las banderas que ondeaban en sus sedes. A partir de la polémica suscitada por el arriado en Governació, Montilla ordenó que todas las banderas estuvieran en los mástiles como dice la ley, al comprobar el desbarajuste que había. El titular de Educació, Ernest Maragall, quedó sorprendido cuando le dijeron que en su sede no había ninguna. Nadie se había percatado de ello.

Un juez para Saura El magistrado de la Audiencia de Barcelona Carlos González será con toda probabilidad el nuevo responsable de la escuela de policía de los Mossos en Mollet del Vallès. González goza de un amplio prestigio profesional.