El diario El País ha publicado dos interesantes artículos de John Carlin (10 y 11 de diciembre) en torno a las opiniones y sugerencias de “expertos internacionales” en lo que se da en llamar “resolución de conflictos” sobre el diálogo o la negociación con ETA. En la primera entrega, más extensa, no aparecen los nombres de los entrevistados sino sólo los países en que viven. Y hay, además de criterios un tanto librescos sobre cómo deben llevarse a cabo las negociaciones, una coincidencia mayoritaria: si hay negociación, hay precio político, algo hay que dejar encima de la mesa.
Esta coincidencia mayoritaria se acompasa con el hecho de que varios de los expertos consultados parecen haber hablado más con ETA-Batasuna que con el Gobierno o la oposición en España. Llama la atención las referencias a la constatación de que algo ha cambiado en ese conglomerado, que la tregua llevaba mucho tiempo debatiéndose y analizándose, que su actitud en el “proceso” es seria. Es más, aparecen los reproches al presidente Rodríguez Zapatero, fundamentalmente achacándole un actitud dubitativa después de haber anunciado el diálogo y criticándole que insista en que no habrá “precio político”. Con todo, los expertos más parecen asesores de una de las partes —ETA y Batasuna— que posibles mediadores u observadores independientes de lo que está ocurriendo.
Uno de ellos llama a las dudas que endosa al presidente del Gobierno “síndrome de Hamlet”, que es una vulgarización un tanto apresurada de la cuestión de ser o no ser. El verdadero síndrome de Hamlet, como otros antes que yo han observado, es el convencimiento de que tenía la misión personal de cambiarlo todo en todas partes, que suponía un peso excesivo. Quizá el presidente Rodríguez Zapatero haya tenido en alguna ocasión esa tentación, pero los que de verdad quieren cambiar la realidad, o hacernos ver que no es la que vemos y palpamos a diario, son estos seguramente cualificados expertos.
Da la impresión de que, ante el terrorismo de ETA y su posible fin, la mayoría se presentan como unos tecnócratas de los conflictos pertrechados de un librito de instrucciones para el buen funcionamiento de una maquinaria aséptica. Pero estamos ante un problema moral, excepcional (porque no es igual a sus aparentes experiencias) y político, es decir, que no puede dejar a un lado, en beneficio de la maquinaria, el Estado de Derecho, los principios de la democracia y las exigencias de una opinión pública que no quiere ser domeñada o chantajeada. Aquí no estamos ante la negociación de una compraventa o ante un conflicto de los vecinos de un inmueble. Y tampoco ante una guerra de contendientes iguales que buscan un armisticio. Y menos en una situación de ausencia de democracia. Los procedimientos no pueden ser los de los expertos con apariencia de asépticos solucionadotes, sino los de la legalidad democrática. Si Rodríguez Zapatero duda, duda con fundamento. Si pone el límite en el impagable precio político, acierta.
En la segunda entrega de Carlin aparece ya un nombre propio, el “mediador” Brian Currin, que se presenta, además de con una extensa y brillante biografía, como asesor de Batasuna. El resultado de sus observaciones es entre paradójico y cómico. Aunque afirma no identificarse con los que asesora, Currin adelanta sugerencias: Batasuna debe ser legalizada, el proceso debe ajustarse a la ley pero la ley puede ser cambiada, los presos deben ir siendo liberados, el Gobierno yerra al negar el precio político, los terroristas de ETA y sus secuaces tienen ya la sensación de haber hecho las concesiones oportunas. Caramba con los expertos. Uno espera que por tal asesoramiento no haya, además, cobrado, para no parecer demasiado un colaborador en vez de un mediador.
Pero no olvidemos que hay otros “expertos” —en España acaba de publicar un libro sobre la negociación con ETA Calvo Soler— que defienden, contrariamente, que la palabra “negociación” no implica necesariamente concesiones. Y lo dice, además, para eliminar la carga negativa que en la opinión pública pueda tener la palabra. Y otros, sobre la cuestión irlandesa en la que el propio Currin ha trabajado, que señalan como un error en el “proceso” la rápida liberación de algunos presos. Es decir, que ante el pasmo que producen algunos expertos, no es difícil encontrar otros que digan lo contrario. No hay dogmas y, como se ve, en cuanto prepondera la técnica, tampoco abundan los principios.
Sería mejor, por tanto, atenerse a los principios y escuchar con sordina o escepticismo a los estrategas. Los principios son los que condenan y persiguen el terrorismo y defienden la democracia y la libertad. Si estamos ante una oportunidad, no puede ser otra que asentar estas últimas. No lo sería, desde luego, dejar que consiga algo, por poco que sea, la violencia totalitaria.

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