Hay dos datos que modulan el recital de hechos políticos con que nos “obsequia” la actualidad: uno viene dado por la versión según la cual el Gobierno intentó reunirse con representantes de ETA en agosto, pero la banda no quiso; el otro atribuye a Rafael Vera una información sobre detenciones de islamistas en Francia a propósito de los atentados del 11M.
La primera de estas versiones es sorprendente en la medida en que ETA insiste a cada paso sobre la necesidad del diálogo con el Gobierno de Zapatero, pese a lo cual el socialista vasco José Antonio Pastor “revela” que la banda dijo “no” en agosto. Pero en este caso es todavía más sorprendente el comentario de José Blanco, secretario de Organización del PSOE, cuando asegura que mucha gente habla de lo que no sabe y, en cambio, “los que sabemos no hablamos”.
El señor Blanco no tiene fama de lúcido y, por supuesto, ignora la habilidad a la hora de decir las cosas. Porque ya es grave que quienes saben todo o mucho acerca de las actitudes de ETA guarden silencio y, por consiguiente, mantengan en la duda, la ambigüedad o la ignorancia a quines necesitan saber lo que ocurre, entre ellos el Parlamento y, naturalmente, la oposición legal. Esta circunstancia alimenta y justifica la crítica contra un Gobierno que actúa subterráneamente mientras la sociedad en su conjunto se pregunta qué demonios pasa y, como suele decirse, por dónde van los tiros, sobre todo los que pueden venir, qué precios políticos están en juego y, en suma, cuáles van a ser las verdaderas condiciones de la paz o la marcha definitiva del llamado “proceso de pacificación”.
Cuando el Tribunal Supremo da por legales los contactos políticos con Batasuna por parte del Gobierno y de los miembros más distinguidos del PSOE, habrá que deducir que el poder político acaba de obtener una franquicia judicial y que, en estas condiciones, las negociaciones, diálogos, contactos o como quiera llamárseles jamás tuvieron oportunidad tan clara de entablarse. El señor Blanco lo sabe todo acerca de lo que está sobre la mesa de las posibilidades o de las realidades, pero he aquí que prefiere no decir nada, al parecer para no malograr el guiso político que se cocina, como tantas veces se ha advertido desde el propio Gobierno. Esto significa, lógicamente, que algún día, sin participar por vía de noticia en la preparación, nos encontraremos servido los españoles un menú que puede provocar vómitos en mucha gente. ¿Qué ingredientes van a constituir ese menú? ¿Hasta cuándo se va a aplazar su servicio?
Por su lado, el caso de Vera no puede ser presentado a estas alturas como una novedad o como exclusiva reporteril. Que el ex secretario de Estado para la Seguridad durante la etapa felipista avisó a Rubalcaba de que, según sus personales informes, los autores del 11M habían sido islamistas era asunto conocido, y quien firma esta crónica ya tuvo ocasión de anticiparlo en su día sin alharacas ni estruendo. Era natural que Vera, pese a sus circunstancias procesales o penales, supiera mucho de todo por la sencilla razón de que sus enlaces con el mundo de la seguridad o de la política no iban a perderse de la noche a la mañana. Si quiso informar o desinformar al PSOE y concretamente a Rubalcaba es otra cuestión. Motivos tenía para estar encolerizado, ya que el felipismo, que tanto supo de sus andanzas y tanto le autorizó, le dejó tirado en la cuneta cuando las cosas se torcieron. Felipe González, el señor “X” según Garzón, se encogió de hombros, y Vera no se lo perdonó y probablemente sigue sin perdonárselo. Eso no significa que el ex secretario de la Seguridad engañara por fuerza al partido. En realidad evitó que la hipótesis de la autoría etarra del 11M prosperara en la calle de Ferraz. Vera, en todo caso, era el hombre que sabía demasiado. Al PSOE y a González les conviene que no hable… todavía.

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