La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

12 Diciembre 2006

Dios y la carcajada, de Plàcid García-Planas en La Vanguardia

VII GUERRAS EN LA MEMORIA DE LA VANGUARDIA

"Un niño pillete me señala muy divertido algo entre dos literas: un cadáver"

¿Carcajadas en el lugar donde Dios calló? Que Dios calló en los campos de exterminio nazis lo ha recordado Benedicto XVI en Auschwitz-Birkenau. Y que en el lugar donde Dios calló se escuchaban carcajadas lo relató el reportero de La Vanguardia que en 1945 fue testigo de la liberación del campo de Dachau, tan cerca de Munich y su Oktoberfest.

Sigamos al reportero -Carlos Sentís- hasta la carcajada. Acompañado por un oficial estadounidense, cruzando el campo, el periodista pasó aturdido junto a una multitud de "huesos vivientes cubiertos de piel".

- Todo eso no es lo importante - advirtió el oficial al periodista-. Ahora entraremos en los pabellones de los incomunicados.

"Uno de los pabellones es exclusivamente de judíos - relataba el joven reportero-. Aquí el olor a miseria humana es inaguantable. Hay muchos muchachos. Algunos, tomando el sol por las calles, son esqueléticos y tienen la barriga hinchada como una pelota. Otros, amontonados sobre camastros de tres pisos, juegan a los naipes".

"Uno de los niños, en lo alto de la litera, con cara de pillete, me sonríe, y muy divertido me señala algo en el suelo, debajo de él, entre dos literas - seguía relatando-. Voy allí para mirarlo. Es un cadáver reciente. El niño pillete se ríe a carcajadas al ver mi impresión. Casi al mismo tiempo, un moribundo que gime en la litera, a ras de suelo, me tira de los pantalones. Quiere un cigarrillo. Voy fumando como una locomotora, sin quitarme el cigarrillo de los labios. Salgo fuera tan pronto como puedo, pero en la calle tampoco puede respirarse".

¿Carcajadas en el lugar donde Dios calló?

La respuesta ya no está en Europa. Busco el móvil, llamo al corresponsal de La Vanguardia en Israel y - casi con una carcajada- me confirma este extremo. Y me confirma la importancia del sentido del humor y del sexo, practicado o soñado, en los campos de concentración.

- Permitía a los deportados, sobre todo a los jóvenes, mantenerse conectados con la vida - afirma Henrique Cymerman-... Oye, ¿de verdad me llamas desde Dachau?...

Quizá Dios calló, pero no Tom Burns. En 1945 era el consejero de prensa de la embajada británica en Madrid, y fue gracias a él que Carlos Sentís pudo desplazarse de inmediato a Dachau y ver con sus ojos el precipicio: Burns quería que la opinión pública española - inmersa durante tanto tiempo en la propaganda de Berlín- supiera que también los católicos eran gaseados en los campos nazis. Porque quizá el cielo y demasiadas de sus jerarquías callaron, pero no callaron los miles de seminaristas, diáconos, monjes, sacerdotes, obispos y arzobispos que - por no callar- acabaron deportados en Dachau.

Heinrich Himmler concentró en Dachau a los clérigos dispersos por los campos de Europa.

Y el bloque de los sacerdotes formó el mayor monasterio que jamás ha existido entre alambres de espino: por Dachau pasaron deportados 2.720 religiosos, y 1.034 murieron en el campo (336 fueron gaseados en el castillo de Hartheim).

Hay centenares de cruces e inyecciones en el aire de Dachau. El obispo polaco Michal Kozal murió en la enfermería, probablemente asesinado con una jeringuilla. El seminarista polaco Kazimierz Majdanski, futuro arzobispo, sobrevivió a experimentos bioquímicos en su cuerpo gracias a que otros prisioneros le inyectaron en secreto tibatina para neutralizar los efectos del ensayo.

"¿Dónde estaba Dios en aquellos días? ¿Por qué calló?", se preguntaba el Papa bávaro el pasado mayo en Auschwitz.

La primera misa de Dachau se celebró el 20 de enero de 1941 en la unidad 1 del bloque

26: la SS toleró la apertura allí de una precaria capilla. La custodia fue tallada a escondidas por un comunista austriaco. Pocos meses después, la SS sólo permitió la entrada en la capilla a sacerdotes alemanes. Al año siguiente fue clausurada. Los religiosos tenían encomendada, además, una de las tareas más arduas: el reparto - en pesados cubos- de la comida por todo el campo.

Hubo ceremonias épicas. En 1944, en el más estricto secreto, algo nada fácil para un acto tan complejo, el deportado y diácono Karl Leisner recibió la ordenación sacerdotal: el joven alemán murió de tuberculosis semanas después de la liberación, y Juan Pablo II lo beatificó en 1996. Leisner fue ordenado por el arzobispo francés de Clermont-Ferrand, también deportado en Dachau y encerrado en las sórdidas paredes de un pabellón llamado Búnker.Una placa en la celda recuerda su nombre: Gabriel Piguet.

Eran mayoría, pero no había sólo católicos. Por Dachau pasó gente como el teólogo y pastor luterano Martin Niemöller, el patriarca ortodoxo serbio Gavrilo Docic o muchos testigos de Jehová, que desde el inicio se negaron a saludar con el brazo en alto. Incluso se internó a dos religiosos islámicos.

¿Por qué calló Dios?

¿Por qué el comandante de Dachau, el SS Obersturmbannführer Alex Piorkowski, ordenó que fueran precisamente sacerdotes deportados, tras un curso acelerado de albañilería, los obligados construir el crematorio - sí, el crematorio- del campo?

¿Por qué los visitantes - ¿turistas?- que acuden hoy a Dachau entran en el crematorio recogidos como en una iglesia, como si Dios esperara dentro del hangar?

"De los 32.000 detenidos que hay en Dachau - explicaba el reportero de La Vanguardia-la mayoría son polacos. Son los más serios y reservados. También son polacos 780 curas católicos del total de 1.350 curas que en este momento hay en el campo, de los cuales sólo 50 no eran católicos. Los curas de otras nacionalidades son 121 franceses, 69 checos, 31 italianos, 30 belgas, 30 holandeses y el resto alemanes y de otras nacionalidades. Seminaristas, 108. En total representaban 40 órdenes religiosas distintas".

Quizá por todo esto, Dachau es el campo de concentración nazi en el que más iglesias, capillas y sinagogas por metro cuadrado se han construido desde su liberación: Dios calló, pero sus arquitectos no.

¿Por qué el actual Papa, siendo arzobispo de Munich-Freising entre 1977 y 1982, nunca visitó el campo de concentración, a sólo 18 kilómetros de distancia?

Caminando por el recinto, más allá del convento del Carmelo de la Preciosa Sangre de Dachau, aparece una mole de cemento. ¿Un búnker de la Segunda Guerra Mundial? Pues no. Es la Iglesia de la Reconciliación, protestante. Abro la guía para tratar de entender algo: "Es - explicaba su arquitecto en 1967- una trinchera bunkerizada contra la inhumana desolación que uno siente constantemente al cruzar hoy el campo".

Después de salir del pabellón de los judíos, después de ver el cadáver y escuchar la carcajada del niño rebotar entre las literas, "ya todo lo demás no me interesa - confesaba Sentís en su crónica-. Datos, nombres, nombres... que si en Dachau estuvo el obispo Piguet y los príncipes Leopoldo de Prusia y Borbón de Parma. Todo eso a mí no me dice nada ya. Oigo la gente medio loca que me dice al oído palabras de odio o rencor que prefiero no recordar".

"En distintos barracones nos invitan a entrar. Todo es tan trágico que roza siempre lo grotesco. Unos portugueses y yo somos tomados aparte por unos internos franceses, siempre tan académicos a pesar de todo. Uno de ellos se suelta el discurso: "Nous sommes très hereux de vous avoir par nous; je suis aussi, mes chers amis, écrivain; je prépare un texte sur

Dachau",etc.

¡La locura!".

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