Del par de grandes protagonistas de la Guerra Fría en el escenario hispanoamericano, el más acabado contrario de Castro, Augusto Pinochet, le ha vuelto a ganar la mano al Comandante de La Habana, cuyo obituario está escrito y cantado ya por las esquinas de todas las redacciones.

Al cabo de la mejoría de la muerte, el dictador que dejó de serlo delegando su voluntad en la del pueblo de Chile –esperando que le exonerara de las brutalidades de la represión durante el golpe por el buen trabajo económico de la dictadura–, ha hecho aflorar en su muerte el pleno de la memoria histórica de sus connacionales. Unos lo lloran y le exaltan, otros le maldicen e insultan su memoria.

Yo recuerdo las vísperas de los hechos que lo trajeron. La entrevista que le hice al presidente Allende, al que derrocó y bombardeó en el Palacio de la Moneda, y que publiqué en ABC; mi conversación con el ex presidente Eduardo Frei Montalva, democristiano iniciador de la chilenización o nacionalización del cobre.

Había sido la Democracia Cristiana dirigida por Radomiro Antic, sucesor y amigo de Eduardo Frei, la fuerza que pactó en secreto con los partidos de izquierda (Frente de Acción Popular –socialistas y comunistas–, Partido Radical, MAPU y API) y abrió el camino al Gobierno de la Unidad Popular, con la que llegó a negociar una posible alianza electoral. Lo pactado fue que se reconocería la mayoría relativa a la parte que superase en 5.000 votos a la otra.

La ventaja fue para la Unidad Popular que encabezaba el socialista Salvador Allende. Pero hubo un segundo pacto. La Democracia Cristiana, para votar a favor de la Unidad Popular en el Congreso, exigió que ésta apoyara en la Cámara una reforma de la Carta Magna de 1925, consistente en la inclusión de un Estatuto de Garantías Constitucionales, para que Allende no transgrediera los límites de la Constitución. Eran los tiempos más tensos de la Guerra Fría.

Dos años antes, en 1968, Leónidas Breznev había mandado los tanques a Checoslovaquia para aplastar la Primavera de Praga, y establecido para la Europa del Este la doctrina de la soberanía limitada. Era una extrapolación o una concreción de los Acuerdos de Yalta, estatutos de influencia en Europa. En ese marco dialéctico entre las dos superpotencias, Iberoamérica había emergido como materia de conflicto con la revolución castrista en Cuba. La década de los 60, que comienza con el golpe de Fidel, incluye el 68 como año del doble prodigio: la referida primavera de Checoslovaquia, el Mayo francés.

Así las cosas, Richard Nixon envía a Chile los oficios de la ITT como Leónidas Breznef había enviado sus carros a Checoslovaquia. Fracasa su orden primera de que Salvador Allende no fuera elegido en el Congreso, por creer Radomiro Antic que el Estatuto de Garantías pactado con la UP blindaba de riesgos totalitarios la vía chilena al socialismo.

La segunda nixoniana fue la desestabilización de Chile, con el intento de secuestro del comandante en jefe del Ejército, General René Schneider, para provocar una intervención de las FFAA que impidiera la elección de Allende; la operación fracasa al resistirse éste y morir a resultas del forcejeo.

El Gobierno de la Unidad Popular se aplica de inmediato a la construcción de la vía chilena al socialismo, que era, dialécticamente, como la versión inversa y simétrica a lo que había sido dos largos años en Checoslovaquia, con Alexander Dubcek, la construcción de un socialismo de rostro humano. La Guerra Fría incluía la esgrima de paradigmas, los modelos arrojadizos de unos contra otros …

Allende y la economía de mercado

En la entrevista que el presidente Allende me concedió para el periódico ABC le molestó en extremo la observación que le hice sobre la contradicción que advertía entre una visión liberal de la democracia, establecida sobre la base de la economía de mercado y del sistema capitalista de producción, y la construcción de una sociedad socialista basada en la propiedad pública de los medios de producción.

Nunca supe por qué enseguida Allende recuperó su discurso cordial y campechano, si el enojo se lo había producido la pregunta en sí o el hecho de que yo estaba allí como enviado especial de un periódico conservador y monárquico, del que Juan Ignacio Luca de Tena había sido embajador de la España de Franco.

Destacaba como contenido central del programa de la Unidad Popular la estatización de la minería del cobre y de las grandes empresas, así como la radicalización de la reforma agraria. De aquella labor de Gobierno podría decirse lo que Manuel Azaña dejó escrito en sus Memorias de la gestión ministerial de Indalecio Prieto, durante el desempeño de sus responsabilidades ministeriales en materia económica, en el sentido de que se había rodeado de contertulios en vez de gente preparada y competente. El arbitrismo de café afloró con prontitud en Santiago de Chile. Para combatir el paro, por ejemplo, al Gobierno de Unidad Popular no se le ocurrió mejor cosa que guardar todo el parque de maquinaria de obras públicas y suplirlo con peonaje…

Esas y otras medidas desencadenaron una inflación brutal y, a los pocos meses, el cambio en el mercado negro de la moneda nacional era de cuatro a uno sobre el oficialmente establecido para el peso chileno. El descontento prendió muy pronto en las clases medias y Salvador Allende perdía muy pronto el control del Gobierno, menos por lo heterogéneo de las fuerzas que integraban la UP que por el radicalismo de su propio Partido Socialista radicalizado por Carlos Altamirano.

Pero fueron la visita de Fidel Castro, cuya duración se prolongó inacabablemente, aplicada a visitas y mítines por doquier, especialmente en la mina El Teniente, el primer yacimiento cuprífero del país; los asaltos y ocupaciones de fincas y el disparo generalizado de un cuadro revolucionario, lo que acabó por condensar una conciencia de crisis nacional.

La grave responsabilidad histórica de Augusto Pinochet, nombrado comandante en jefe por el presidente Allende y levantado en armas contra el Gobierno de la Unidad Popular, encuentra paliativos y explica pasividad y colaboración de la Democracia Cristiana, en las violaciones de las garantías de constitucionalidad que habían pactado, certificadas por los atestados de la Controlaría de la República contra sucesivas leyes de la UP.

Aquella toma de poder por el golpe de Estado fue seguida por una represión sistemática contra los activistas de izquierda en toda su gama de expresión, desde gentes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria y otras fuerzas guerrilleras, a intelectuales, artistas y profesionales. Los que no escaparon al exilio corrieron la peor suerte. Las cifras son recordadas a todas horas estos días. Lo que no se recuerda ni apenas se señala es el cambio copernicano impreso por la dictadura de Pinochet en la realidad económica y social de Chile con las recetas de Milton Friedman.

Y al cabo de los años, también en la propia realidad política y en el mismo discurso de los socialistas chilenos. Dos días antes de la muerte del dictador, la presidenta Michelle Bachellet pedía en la cumbre de Cochabamba, mirando las nacionalizaciones de Bolivia y Venezuela, que se avanzara políticamente para dotar de “seguridad jurídica los contratos y las inversiones”.