Demasiado bueno para estar entre los vivos, de Ramy Wurgaft en El Mundo
La última vez que hablé con Ricardo García fue en la noche del 11 de septiembre. La voz de mi tío, que entonces era el gerente de la mina de cobre de El Salvador, no traslucía emoción alguna, como si los acontecimientos que estremecían a Chile ocurrieran en otro planeta. ¿Cómo te está yendo en los estudios?, me preguntó. Iba a responder a esa extraña pregunta, cuando mi padre me arrebató el auricular. «Ricardo, no seas loco, coge tus bártulos y sal de allí... ¿Acaso no has visto que está ardiendo La Moneda?», le dijo.
El economista replicó con una serenidad olímpica, que sí que había visto las imágenes por televisión, pero que de ningún modo abandonaría su puesto. Aunque simpatizaba con el Gobierno de Salvador Allende, jamás había militado en un partido político. Su gestión había sido la de un intachable profesional y de ello podía dejar constancia el jefe del sindicato, un hombre de derechas. «Quiero traspasar el cargo de manera ordenada. Yo no tengo nada que ocultar», dijo al colgar el aparato.
El yacimiento que administraba, uno de los más productivos en su área, queda en medio del desierto de Atacama, a 1.500 kilómetros de Santiago. Debido a esa enorme distancia, no sólo los civiles sino que los mismos oficiales de la región, ignoraban la barbarie que se había desatado en Santiago y que paso a paso se extendía al resto del país. El 12 de septiembre, una patrulla del Regimiento Blindado Atacama, trasladó a Ricardo a la cárcel pública de Copiapó, capital de la provincia.
Mi padre, un abogado de amplia trayectoria, asumió la defensa de aquel ingenuo como quien camina a ciegas por la oscuridad: ¿Quiénes eran sus jueces? ¿Cuáles los cargos que se le imputaban? «Ninguno», le dijo el jefe militar de la zona: «Posiblemente se trate de un error. Para mí que mañana o pasado don Ricardo sale en libertad». Pero el encierro se prolongaba y el reo, de origen español, dedicaba su tiempo a alfabetizar a los reos comunes y a tallar piezas de ajedrez en un palo de escoba.
El 17 de octubre, Augusto Pinochet decidió que ya era hora de que la población y los militares norteños se enteraran de por dónde iba la cosa. Para tal efecto envió a una misión aerotransportada, dirigida por el coronel Sergio Arellano Stark, que más tarde se conocería como la Caravana de la Muerte. Por donde pasaba la comitiva del alto oficial con sus verdugos, quedaba una estela de sangre y de luto. Instalado en el penal de Copiapó, Stark pidió echar un vistazo a la lista de los detenidos.
Años más tarde, el capitán Daniel Jorquera reprodujo para la viuda de Ricardo, las palabras que pronunció el militar en esa ocasión. «¿Dice usted que el preso García es un pan de Dios? Válgame su palabra: a ese huevón [gilipollas] hay que meterle bala porque es demasiado bueno para estar entre los vivos». Al día siguiente, el abogado Wurgaft recibió un telegrama firmado por el coronel, en el que se informaba que Ricardo había sido ejecutado por «desacato a la autoridad e intento de fuga». Invocando «razones de seguridad», el escrito no precisaba dónde fueron enterrados sus restos.
Mi tía Rolly se ha gastado los pies y la vida recorriendo el desierto en compañía del juez Juan Guzmán, quien desde hace años tramita esa causa perdida. Los militares que podían saber algo han pasado al retiro. Los viejos arrieros que recorren las quebradas se encogen de hombros: «Señora, nosotros no hemos visto nada».
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